La mirada volátil

"Lo único que nos tapará la boca serán los besos"

La foto del DNI

Imagen de Pixabay.

-No sé quién soy.

-No, no sabes quién es él. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado.

Miraba al suelo mientras se arrancaba el poco esmalte que le quedaba en las uñas de las manos. La luz blanca de aquel lugar le daba dolor de cabeza, y el murmullo del resto de las personas que estaban en la habitación resonaba demasiado alto en su pecho. El pitido de los números subiendo en la pantalla de la sala de espera le recordaba a las máquinas de respiración de los hospitales, y el calor empezaba a sofocarla. Fantaseaba con desahogarse con aquel desconocido (bastante desagradable, por cierto) que se tomaba demasiado en serio su mecánico trabajo.

-Ponga aquí el dedo índice de su mano izquierda. No, ese no. Esa es la derecha.

El funcionario observó los pellejos que rodeaban la uña y estaban llenos de sangre. Con disimulo le pasó el papel que había utilizado para limpiar la placa donde apoyar la huella dactilar y absorbió una gotita que estaba a punto de derramarse.

– Igual es solo nostalgia. La nostalgia siempre me ha parecido una mierda.

-No se puede tener nostalgia de lo que no se ha vivido. Lo tuyo… lo tuyo es melancolía. Deberías dejar de destrozarte las manos.

Llevaba tanto tiempo en silencio que su voz apenas resonaba en forma de eco débil en su mente, como si él también le hubiese robado las cuerdas vocales.

-Ahora el otro índice. Pero intenta hacer menos presión. Mientras tanto, mira esta pantalla, a ver si están bien todos tus datos. ¿Has traído la foto?

Rebuscó en su bolso con la mano que tenía libre y sacó el sobre donde estaban los retratos.

-Necesitas sacarte otras, tienes la mirada triste.

-Son mis ojos.

-No, tus ojos tampoco tienen la culpa. La mirada se educa, pero también se pervierte, se manipula y se saquea.

-¿Qué diferencia hay?

-¿Cómo?

-Entre nostalgia y melancolía.

Ella asintió dando por buenos los datos y él comenzó a teclear con dedos torpes. Después miró la fotografía unos segundos y se levantó de la silla para buscar a un compañero.

-La nostalgia siempre viene producida por un buen recuerdo. Es la añoranza de lo bien vivido. Pero no, tú no tienes eso, porque no has tenido lo segundo, ¿me equivoco?

-Hace unos años le regalé un libro a mi abuela, y recortó una página para enmarcarla. Así era ella, decía que los libros hay que viajarlos. La recuerdo a la perfección porque la tenía en la cocina. Los pensamientos más profundos siempre ocurren allí, no en la cama.

-¿Qué decía?

-“La vida es un pequeño espacio entre dos nostalgias. La de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero, que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.” ¿No es eso lo que me pasa a mí?

El funcionario volvió a sentarse con cierto gesto triunfador, como si se regocijara ya de lo que estaba a punto de decir.

-La foto no vale, el flequillo te tapa las cejas.

Ella lo miró, pero siguió sin decir nada. Solo se levantó y se marchó.

-Pero si no tengo ni DNI ¿cómo voy a saber quién soy?

-No es un documento lo que acredita tu realidad, eres tú misma y, aunque no lo creas, estás en ello ya. Solo que no se te ve bien en la foto, y llevas demasiado tiempo silenciada y negada. Es momento de volver a mostrarte.

Salió a la calle regurgitando los ecos de aquella conversación ficticia. El otoño acababa de llegar, más fresco y altivo que de costumbre. Un trueno le sacó de sus pensamientos y comenzó a llover al mismo tiempo que una lágrima salía de su ojo izquierdo. Él no la dejaba ni llorar. Sonrío. Igual era el primer paso a la libertad.

La habitación de los trastos

En casa de mis padres hay una habitación en cuyas paredes descansan todos los títulos y/o estudios que hemos conseguido entre los cuatro integrantes de la familia. También tiene una cama llena de ropa que siempre está de paso (buscando ser guardada, planchada o recogida), maletas vacías y estanterías con libros que ya nadie quiere leer. Lo de los títulos siempre me pareció bastante hortera y sin sentido pero a mi padre le hacía ilusión, así que enmarcó todos y los colgó. Me gusta pensar que están justo en la estancia menos habitada de la casa, porque a la gente le da exactamente igual lo que hayas estudiado (lo que cobras ya les suele importar más). Esa habitación fue la mía durante muchísimo tiempo. Es la más pequeña, calurosa y luminosa de todas y, de niña, eso me encantaba. Pasé bastantes años soñando allí, hasta que un día conseguí convencer a mi madre para mudarme a la habitación de invitados (que era tres veces más grande). Aun así, ese cuarto sigue siendo “el cuarto de Amaia”; una habitación mía que ya no tiene nada verdaderamente mío (solo el color morado y desgastado de las paredes, que insistí en que pintaran y hoy me parece horrible).

Pienso mucho en esa habitación y en lo que pensaría la versión de mí que en ella dormía. Supongo que seríamos amigas, pero de esa clase de amigas que lo son más por el cariño y los años compartidos que por tener verdaderamente cosas en común. Es raro eso de que haya lugares vivos y personas muertas. Recuerdo a la perfección que un día, en el colegio, nos pidieron como ejercicio redactar una descripción y yo la hice sobre ese cuarto; me pusieron un 10 (realmente adoraba ese cubículo diminuto). Fue la primera vez que sentí que destacaba en algo, que escribir igual no se me daba tan mal. También recuerdo a mi abuela pasando las horas sentada en mi escritorio, mirando por la ventana mientras el sol acariciaba sus mejillas. Y a la tía Teresa, cuando el alzhéimer ya le impedía pensar, acurrucada en ese mismo lugar hablando con mi Furby como si fuese un animal real. Recuerdo mis primeras resacas, mi primer novio.

El caso es que esa habitación ayer estuvo todo el día en mi cabeza, como si un corazón siguiese latiendo en ella. Estuve un rato sentada en su cama, esperando a que las paredes me dijesen algo que no pronunciaron. Es curioso como nos empeñamos en buscar afuera lo que casi siempre tenemos dentro. Sigo sin saber muy bien por qué esos escasos metros cuadrados retumban tanto en mí últimamente, imagino que solo están ahí para recordarme que no son otra cosa que hormigón y ladrillo y que soy yo, con mi mirada, quien les otorga significado.

Supongo que, precisamente por eso, se da la paradoja de que existan lugares vivos y personas muertas.

Encontrarse

“Decían que un día empezó a llorar y ya nunca paró. Las lágrimas colonizaron su rostro (envejecido antes de tiempo), haciendo de las arrugas pequeños canales para llegar al suelo. Decían que un día empezó a llorar y ya nunca paró, pero también hubo quien dijo que su lamento fue demasiado breve y liviano.

Contaban que el luto nunca le soltó la mano desde aquel entonces, y a la vez hay quien apuntaba que había practicado a la perfección eso de “a rey muerto, rey puesto”. Algunos no soportaban su estruendosa voz (siempre más alta de lo necesario), y otros confesaron que en los días de viento apenas se le escuchaba por el insignificante volumen de su palabra.

Decían, decían y se contradecían aquellos que juraban quererla sin entender que no se puede amar sin comprender a quien se ama.

Decían, decían y yo ya no sé ni qué pretendían quienes fingían saber de ella más que ella misma”.

Le había costado mucho llegar hasta allí; no fue fácil aceptar que lo que buscaba no era una persona, sino un lugar. La foto de la lápida estaba carcomida por las inclemencias meteorológicas, pero a Jare no le importó demasiado. A ella también le sorprendió la indiferencia por no poder conocer un rostro que llevaba años imaginando. La piedra era modesta y trivial; no había flores ni más restos de memoria que aquel escrito resguardado en un sobre de plástico.

“Hablaban quienes no saben callar, de la importancia de un silencio que nunca le otorgaron. Y decían, decían sin un ápice de culpa, que se volvió loca y huraña, que bebía demasiado y que jamás ayudaba, que se pasaba el día trabajando y que no salía de la cama. Que era egoísta y dramática, fría y demasiado sensible.”

Las palabras anónimas se clavaron en las entrañas de Jare, que tuvo que sentarse en el suelo para poder asimilarlas. ¿Cómo se empatiza con alguien a quien jamás has conocido?, ¿tendría la sangre algo que ver con eso?

“Decían, ha pasado más de un año y todavía dicen. Dicen que se lo merecía, que fue una cobarde, que debería haber hecho esto o aquello. Dicen, dicen y no se cansan de decir, como si las palabras no tuviesen dueño ni efecto y no fueran responsables de lo que mencionan».

Jare sacó las margaritas y dientes de león que había cogido por el camino. Las ató con una goma de pelo que llevaba en la muñeca izquierda y las colocó al lado de la maltrecha fotografía. Nada de lo que se había imaginado que ocurriría cuando empezó a buscarla había resultado como predijo y, sin embargo, sentía que todo había cobrado sentido.

“En fin, que dicen y, sobre todo, decían. Pero qué más da lo que decían, si nadie se acuerda de ellos y yo le nombro cada día”.

En la montaña, con la montaña.

Rompió el móvil y dijo que se le había caído (en realidad le asestó tres sartenazos para que dejara de sonar). Desde entonces reinaba el silencio y, poco a poco, iba recordando cómo era aquello de sentir paz y tranquilidad. Las personas no suelen estar contentas con la ausencia de palabras, pero romper ese aparato había sido el primer acto de amor propio que se regalaba en años, puede que en toda su vida. Un acto (si lo pensaba bien) de alguien totalmente imbécil, ya que tenía claro que antes o después tendría que comprarse otro. El capitalismo es así: nunca te deja ser al completo, solo admite pequeños reflejos de tu verdadera esencia. Alguien que no dice, que no cuida, que no juega ni consume, no es un ser productivo. Por eso devoraba cada segundo del mutismo, estirándolo hasta que su existencia fuera insostenible, fantaseando con que ese periodo de vuelta a las cavernas iba a durar para siempre.

Sabía (porque tonta no fue nunca) que podía llevar a cabo esa pataleta de libertad porque en cierta medida su posición era un privilegio.

-Dile a mamá que le diga a Laura que le diga al jefe que volveré el mes que viene. Que me ha surgido un imprevisto y, encima, estoy sin móvil.

Se lo dijo a su hermano cuando la dejó en la estación de autobuses, dos segundos después de que arrancase para no escuchar su respuesta.

A veces le daba por pensar que seguro todos tenían la convicción de que se había ido al otro lado del mundo, de vacaciones a cualquier país en desarrollo y con playas preciosas a los que la gente va a “encontrarse a sí misma” (algo que siempre le pareció tremenda subnormalidad). La realidad es que estaba a menos de media hora de su ‘vida’, rodeada de un bosque, a las faldas de una montaña promedio.

Probablemente, sus amigas se preocuparon a no verla el Jueves De Cerveza y los gatos del parque de abajo echarían de menos sus latas. ¿Qué hacía allí? Se lo preguntaba varias veces al día, pero no se esforzaba en encontrar la respuesta. Tampoco le importaba que pensasen que estaba equivocada y que se había vuelto loca (de hecho, nada le importaba menos que saber si era verdad que estaba perdiendo el contacto con la realidad).

Simple y llanamente el lunes decidió escucharse mientras se preparaba para hacer lo que todos aceptaban que había que hacer, aunque a casi nadie le apeteciese.

“Quiero llevarle flores al monte”.

Imagen de Couleur en Pixabay

No tenía ni idea de donde surgió la idea, ni a qué supuesto trauma de la infancia respondía, pero desde que ese pensamiento en forma de frase corta le asaltó, no pudo ignorarlo. Así que allí estaba, subiendo una cuesta demasiado empinada para unos pulmones que fumaban demasiado; con una botella de agua en una mano y un ramo de margaritas silvestres en el otro. Igual era verdad que se había vuelto loca.

El día era bonito en el sentido literal de la palabra: con un cielo azul, un sol fuerte, un viento amable y algunas nubes pequeñas, suaves y muy blancas.

“¿Cómo se le entrega un ramo de flores a una elevación natural del terreno?”

No tenía ni idea, pero sentía que tenía que ser en la cima; subió hasta ella decidida y muy nerviosa, como quien tiene una primera cita. Al llegar, el viento era mucho más fuerte, pero no dejó de ser amable; el torbellino se daba fuera y dentro de ella.

Se miró la mano: las margaritas estaban marchitas y a muchas les faltaban más de la mitad de los pétalos. Pero ella no, ella seguía entera, en la montaña, con la montaña, ambas más cuerdas que nunca.

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