La foto del DNI

-No sé quién soy.
-No, no sabes quién es él. Tú no tienes la culpa de lo que ha pasado.
Miraba al suelo mientras se arrancaba el poco esmalte que le quedaba en las uñas de las manos. La luz blanca de aquel lugar le daba dolor de cabeza, y el murmullo del resto de las personas que estaban en la habitación resonaba demasiado alto en su pecho. El pitido de los números subiendo en la pantalla de la sala de espera le recordaba a las máquinas de respiración de los hospitales, y el calor empezaba a sofocarla. Fantaseaba con desahogarse con aquel desconocido (bastante desagradable, por cierto) que se tomaba demasiado en serio su mecánico trabajo.
-Ponga aquí el dedo índice de su mano izquierda. No, ese no. Esa es la derecha.
El funcionario observó los pellejos que rodeaban la uña y estaban llenos de sangre. Con disimulo le pasó el papel que había utilizado para limpiar la placa donde apoyar la huella dactilar y absorbió una gotita que estaba a punto de derramarse.
– Igual es solo nostalgia. La nostalgia siempre me ha parecido una mierda.
-No se puede tener nostalgia de lo que no se ha vivido. Lo tuyo… lo tuyo es melancolía. Deberías dejar de destrozarte las manos.
Llevaba tanto tiempo en silencio que su voz apenas resonaba en forma de eco débil en su mente, como si él también le hubiese robado las cuerdas vocales.
-Ahora el otro índice. Pero intenta hacer menos presión. Mientras tanto, mira esta pantalla, a ver si están bien todos tus datos. ¿Has traído la foto?
Rebuscó en su bolso con la mano que tenía libre y sacó el sobre donde estaban los retratos.
-Necesitas sacarte otras, tienes la mirada triste.
-Son mis ojos.
-No, tus ojos tampoco tienen la culpa. La mirada se educa, pero también se pervierte, se manipula y se saquea.
-¿Qué diferencia hay?
-¿Cómo?
-Entre nostalgia y melancolía.
Ella asintió dando por buenos los datos y él comenzó a teclear con dedos torpes. Después miró la fotografía unos segundos y se levantó de la silla para buscar a un compañero.
-La nostalgia siempre viene producida por un buen recuerdo. Es la añoranza de lo bien vivido. Pero no, tú no tienes eso, porque no has tenido lo segundo, ¿me equivoco?
-Hace unos años le regalé un libro a mi abuela, y recortó una página para enmarcarla. Así era ella, decía que los libros hay que viajarlos. La recuerdo a la perfección porque la tenía en la cocina. Los pensamientos más profundos siempre ocurren allí, no en la cama.
-¿Qué decía?
-“La vida es un pequeño espacio entre dos nostalgias. La de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero, que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.” ¿No es eso lo que me pasa a mí?
El funcionario volvió a sentarse con cierto gesto triunfador, como si se regocijara ya de lo que estaba a punto de decir.
-La foto no vale, el flequillo te tapa las cejas.
Ella lo miró, pero siguió sin decir nada. Solo se levantó y se marchó.
-Pero si no tengo ni DNI ¿cómo voy a saber quién soy?
-No es un documento lo que acredita tu realidad, eres tú misma y, aunque no lo creas, estás en ello ya. Solo que no se te ve bien en la foto, y llevas demasiado tiempo silenciada y negada. Es momento de volver a mostrarte.
Salió a la calle regurgitando los ecos de aquella conversación ficticia. El otoño acababa de llegar, más fresco y altivo que de costumbre. Un trueno le sacó de sus pensamientos y comenzó a llover al mismo tiempo que una lágrima salía de su ojo izquierdo. Él no la dejaba ni llorar. Sonrío. Igual era el primer paso a la libertad.



