LOCA (I)
En 2015, la añorada Ediciones Nevsky, capitaneada por James y Marian Womack, publicó The Best of Spanish Steampunk, una antología de relatos en inglés que buscaba ofrecer una panorámica del género visto por autores y autoras de lengua hispana. A la colección contribuí con el relato «Mad» («Loca»), ambientado en una España de 1888 alternativa, que permanece inédito en castellano y que se serializará aquí en sus cuatro partes.
1.
-¿No tienes miedo de olvidar a padre?
Rosario había querido contarle a Carmen que desde hacía unos meses sentía en su pecho un peso como el de un adoquín. Se sentía estúpida por no haber reunido fuerzas antes, por no haber confiado aquella angustia a su hermana durante la semana que ella había estado de visita. Ahora casi no quedaba tiempo. Se estaban despidiendo en el andén del tren lanzadera.
-Soñé con él -continuó Rosario-. Paseábamos por la alameda del cortijo. Me hablaba pero me costaba oír lo que decía. Su voz se iba haciendo pequeña y más pequeña. Entonces le perdí de vista. Le llamé. Había desaparecido.
-No se ha ido -dijo Carmen cogiéndola del brazo-. Nos está guardando Yo hablo con él en todas las sesiones. Deberías probar. En Madrid seguro que también hay muy buenos médiums.
Rosario cerró los ojos. Comprendió que Carmen no podría entenderla ni en un millón de años. El reloj de la estación marcaba casi las cuatro.
-Es la hora de irme -dijo Carmen-. El responso de aniversario fue precioso. Dale de nuevo las gracias a Arturo. Es muy buen hombre. Eres afortunada. Ahora dame un abrazo.
Se abrazaron. Rosario sintió que debía responder algo a su hermana mayor. Consolarla. Decirle que ella también encontraría un buen marido. Pero prefirió ser sincera y no lo hizo. Intentó no pensar más, dejar de pensar.
– ¿Cuándo llegas?
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (y VIII)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
VII.
Sede de la Sociedad del Gas, París, 1937.
La sirena sonó a las cinco marcando el fín de la jornada de trabajo. Jacques Bergier esperó paciente a que los empleados de la Sociedad abandonaran taciturnos la planta. Cuando el último de ellos atravesó la verja de hierro, el ujier de casaca azul y botones dorados le hizo un gesto para que le siguiera. Sin mediar palabra alguna le guió por una serie de corredores y escaleras que le desorientaron por completo. Entraron a un edificio adyacente construido en hierro y cristal. Se detuvieron frente a una enorme mampara traslucida. El ujier señaló la puerta enmarcada en ella en la que se leía escrita en caligrafía adhesiva “Laboratorio de ensayos” y se retiró sin más. Bergier tomó el picaporte. Antes de girarlo adivinó a través del vidrio esmerilado, entre las sombras de material y mesas, la figura de una persona.
Bergier acababa de concluir los estudios de Ingeniería Química en la Escuela Superior de París. Escuálido y diminuto había nacido en la Rusia zarista. Su familia, de honda tradición rabínica, se había visto obligada a huir de las persecuciones contra los judíos desencadenadas por la guerra civil entre los ejércitos rojo y blanco. En 1936 Bergier se había convertido en ayudante de uno de los más importantes físicos franceses de la historia, André Helbronner. Esa era la razón última de aquel misterioso encuentro en la Sociedad del Gas. Un sobre sin remite había sido entregado en el despacho de Helbronner uno días atrás. En su interior se detallaban las instrucciones que Bergier estaba cumpliendo en aquel momento.
Al otro lado de la puerta, Bergier se encontró con un hombre que frisaba los sesenta. Llevaba unos anteojos ovalados colocados sobre la nariz y el pelo peinado con raya en medio. Estaba sentado en un taburete junto a un escritorio repleto de tubos de ensayo y matraces. Al acercarse a él pudo ver que el lado derecho de su rostro estaba surcado de las profundas irregularidades que dejan las quemaduras severas.
El hombre no se presentó ni le tendió la mano.
Tengo entendido que Monseiur Helbronner está muy interesado en desvelar los secretos del átomo, dijo el misterioso personaje. Por las noticias que me han llegado sobre sus estudios ya han conseguido la desintegración del polonio y fabricado agua pesada. Créame. Les felicito por el hallazgo. Demuestra que poseen un gran intelecto. Ustedes, al igual que otros sabios, están ya muy cerca de alcanzar el éxito. Por eso me he permitido ponerles en guardia. Sus trabajos, los de todos ustedes, son muy peligrosos. Créanme. Lo sé por experiencia.
Bergier prefirió no protestar. El hombre continuó.
Liberar la energía del núcleo atómico es más sencillo de lo que ustedes creen. Y cuando se logre no habrá marcha atrás. Se fabricarán explosivos con unas simples briznas de metal. La radioactividad resultante envenenará el mundo. Este es un secreto que los alquimistas conocen y han tratado de preservar desde hace siglos.
El joven químico contuvo el impulso de burlarse de aquel lunático.
¿Alquimia? Créame, Monsieur, esto es mucho más serio que convertir el plomo en oro. Buscamos el saber, no hacernos ricos.
Eso es precisamente lo que me preocupa. Los alquimistas han explorado la transformación del espíritu tanto como la de la materia. Sabían que el conocimiento conduce al desastre si la conciencia no está preparada para recibirlo. Así lo demuestra el fracaso de otras civilizaciones que conocieron el átomo antes que la nuestra. De eso quiero advertirles a usted y a su maestro, como ya he advertido a investigadores en otros países, como hace años advertí a Wells y a Prokop con tan poco éxito. Como puede ver no tengo la menor esperanza de que recapaciten.
Bergier no aguantó más.
¿Prokop? ¿Aquel checo demente que afirmaba haber descubierto una sustancia que explotaba los martes y los viernes? Llevo suficientes años tratando con presuntos magos y alquimistas y todos ellos no han resultado ser más que estafadores y charlatanes.
Piense lo que quiera, Monsieur Bergier. Pero déjeme avisarle de algo más. Vienen tiempos tenebrosos para la humanidad. Usted mismo va a sufrirlos. Si continúan con sus investigaciones es probable que también sen los últimos. Repítaselo a Monsieur Helbronner. Buenas tardes.
El hombre se levantó, dobló su abrigo sobre su brazo y se dirigió hacia la puerta.
Dígame al menos su nombre para que pueda trasmitirle su mensaje, dijo Bergier algo confundido por la súbita despedida.
Me conocen como Fulcanelli, contestó el hombre antes de desaparecer por la puerta.
Bergier no volvió a encontrarse con aquel personaje cuyas desoladoras profecías resultaron ser ciertas. Dos años después las hordas de Hitler se derramaban sobre Europa y sus científicos. En abril de 1940 las tropas alemanas entraban en Copenhague. Niels Bohr quemó los archivos del Instituto de Física Teórica y disolvió la medalla de su Premio Nobel en ácido para que su oro no fuera requisado por los nazis. Un año más tarde, Werner Heinseberg viajó hasta la capital danesa para intentar convencer a Bohr de que se uniera a él en su intento de desarrollar una pila atómica para Hitler. De haber aceptado, quién sabe si Alemania nazi hubiera sido capaz de producir bombas nucleares antes del final de la Guerra. En 1944 el hijo de Max Planck era fusilado por la Gestapo acusado de traición. Mientras tanto el físico Frederic Joliot-Curie, yerno de Marie Curie, lanzaba cócteles molotov a los carros nazis durante el levantamiento de Paris. Jacques Bergier se unía a la Resistencia. Tras ayudar a los Aliados a localizar y bombardear la base de los V2 en la Isla Peenermünde, el químico fue detenido, torturado e internado en Mauthausen de donde consiguió escapar con vida. Su mentor André Helbronner no fue tan afortunado. Arrestado cuando intentaba escapar hasta Inglaterra, murió gaseado en el campo de concentración de Buchenwald. Del hombre que se hacía llamar Fulcanelli tan solo conocemos que tanto los esbirros nazis como la Resistencia le buscaron sin descanso durante la guerra para extraerle quién sabe qué secretos. Después de la liberación de París su rastro se evapora por completo.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (VII)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
VIII.
Pasadena, California, 1952.
Un fogonazo plateado cegó a Jack Parsons. Sintió en la cara una oleada de calor, un empujón gigantesco que le hizo saltar hacia atrás hasta que el borde de su banco de trabajo se clavó en su espalda. Mientras caía al suelo vio como una llamarada se elevaba hacía el techo impregnándolo de material inflamable. Quedó tumbado boca arriba. Intentó mover la cabeza pero no pudo. Se tocó el pecho. Estaba casi desnudo. Lo cubrían unos pocos jirones de ropa. Su piel se adhería a sus dedos.
Qué ha pasado, Jack, qué has hecho, se dijo.
Paralizado, Parsons vio cómo las llamas carcomían las vigas. No tardarían mucho en desplomarse sobre él. Entonces comprendió. El fuego. No podía haber acabado de otra forma. Sonrió. Recordó el ritual de invocación a Babalón seis años antes. Recordó un pasaje. “Ella te absorberá y te convertirás en llama viviente para ella”. Se vio con claridad presidiendo el altar que había erigido sobre la llanura desértica de Mojave. A su lado, su entonces querido Hermano H, vestido con una túnica blanca y un candil en la mano. Su querido L Ron Hubbard, futuro fundador de la Iglesia de la Cienciología.
Se habían conocido al final de la guerra, cuando Ron había sido licenciado del ejército y se ganaba la vida vendiendo al peso relatos de extraterrestres y naves espaciales. Parsons era un ávido lector de aquellas revistas de papel barato. Fascinado por sus historias, invitó a Hubbard a alojarse en su mansión, un caserón victoriano majestuoso y decrépito heredado de su padre y cuyas habitaciones alquilaba siguiendo una estricta política de admisión. Solo bohemios, anarquistas y ateos. Jack quedó enseguida prendado de aquel timador de ojos verdes y maneras suaves. No le importó siquiera que su novia Betty y Hubbard comenzaran a verse a escondidas. Parsons ansiaba que su nuevo amigo entrara por completo en su vida.
Jack trabajaba en los laboratorios de química de Caltech. Pese a no tener un título universitario, su talento natural era de tal magnitud que Theodore Von Karman, el gran físico húngaro exiliado, le había tomado como protegido. Juntos habían fundado el Laboratorio de Propulsión a Reacción en 1939. Habían desarrollado reactores a alimentados por infinitas variantes de combustibles sólidos para cuya fabricación Parsons parecía tener un don sobrenatural. Los mismos que alimentarían los cohetes que Wernher von Braun envió a la Luna.
En cada nuevo lanzamiento de prueba, en cada nuevo ensayo, Jack recitaba el himno al dios Pan. Un colega del Laboratorio le había llevado una noche a una de las misas secretas celebradas por la logia local de la Iglesia de Thelema. Parsons se sintió atraído sin remedio por aquella serie de rituales basados en la idea del despertar a la Humanidad y que propugnaban el amor libre. Se unió a ella. Se convirtió en Thelemita.
Parsons era un hombre apuesto y poseía una personalidad magnética. Era brillante, sensible y entusiasta. No tardó en llamar la atención de sus hermanos y superiores. Noticias sobre su aptitud llegaron pronto hasta Inglaterra, hasta los oídos del líder de la Iglesia de Thelema: Aleister Crowley, aquel que en su tiempo tuvo entre sus nombres La Bestia y El Hombre Más Malvado del Mundo.
Crowley se encontraba entonces inmerso en una doble batalla. Cada domingo, en los agrestes bosques de Sussex, organizaba rituales mágicos contra las fuerzas nazis. Encapuchados, agitando ramas de muérdago, Crowley y sus seguidores formaban dos círculos que giraban en sentidos opuestos mientras concentraban sus letanías en muñecos de tela que representaban a Hitler, Himmler, Hess y Goebbels. También lanzaban encantamientos con el propósito de construir un muro alrededor de las costas inglesas que alterara el curso de los V2 que estaban demoliendo Londres. La otra batalla que Crowley estaba librando en los primeros años 40 era por mantener su supremacía mágica. Su rival el millonario Dr Karswell, estaba empeñado en robar del Museo Británico cierto pergamino que contenía unos caracteres rúnicos de desbordante poder con el que pretendía derrocar a Crowley. Karswell no era el primer competidor con el que se había enfrentado en su larga carrera. Durante los años 20, La Bestia había conseguido una apurada victoria en singular combate mágico contra Oliver Haddo, despiadado hechicero obsesionado con crear un homúnculo siguiendo el procedimiento ideado por Paracelso. Crowley prevalecería finalmente sobre Karswell, pero no tendría el mismo éxito con su siguiente enemigo, el brujo Kosmo Gallion, quien hizo descender sobre el ya anciano ocultista una cruel maldición que le condenó a vivir sus últimos años postrado en una cama entre insoportables dolores. Gallion regiría como Brujo Supremo de Inglaterra durante casi veinte años hasta que su intento de obtener su propio cohete llamó la atención del MI5, que ordenó asesinarle.
Volviendo a 1942, el carisma de Parsons consiguió que Crowley le nombrara sumo sacerdote de la logia californiana de su Iglesia. Y así fue como Hubbard se introdujo en ella, encontrando allí un harén de devotas a la que seducir y una crédula víctima en la persona de Jack, que le adoptó como consejero y padre espiritual.
Meses después, tras una serie de ensayos fracasados, Parsons tuvo una epifanía. Comprendió que debía imitar el principio químico del Fuego griego y utilizar asfalto en vez de pólvora para el combustible de sus cohetes. Atribuyó su iluminación a espíritus trascendentes e intentando mantener su conexión con ellos pidió a Hubbard que le ayudara a invocar un Elemental usando el Ritual de Babalón.
No existe unanimidad sobre el auténtico propósito de aquel rito celebrado en el desierto de Mojave. Algunos especulan que Parsons solo buscaba convocar una nueva compañera sexual una vez Betty se había unido a Hubbard, la mujer pelirroja subida a lomos de una pantera que aparecía con recurrencia en sus sueños. Los más paranoicos afirman que Babalón era en realidad uno de los nombres de Kali, a la que Parsons quería abrir un portal hacia nuestro mundo. Dos son, en todo caso, las certidumbres que manejamos sobre lo que sucedió durante aquellos tres días de cánticos y hechizos interrumpidos. Primero, que Parsons vislumbró que su muerte sería violenta. Segundo, que se convenció de que Hubbard le abandonaría.
A su vuelta de Mojave, Jack esperó a que al Elemental se materializara. Hubbard se excusó. Dijo que se ausentaría unos días por un viaje a Florida. Betty se marchó con él. No volvería a verles. Se fugaron con el yate y el dinero de la compañía que Parsons había fundado por consejo de su amigo. Jack intentó comprender, no enfadarse. Comenzaron a llegarle sobres. Uno cada dos días. Cada uno de ellos contenía una fotografía. Instantáneas de Betty y Hubbard durante sus actos sexuales. En el yate. En un coche. En la habitación de un motel. Posturas. Ángulos. Reflejos. Betty siempre mirando a cámara. Una foto en cada puerto. La irá consumió a Jack. Decidió invocar una tifón que hundiera el yate siguiendo el mismo ritual que John Dee empleó para invocar la galerna que destruyó la Armada Invencible. Funcionó. La marejada fue tal que la guardia costera hubo de salir en rescate de los amantes fugados.
Quién sabe si por tristeza o por la energía vital perdida en la invocación, Parsons no se repuso de aquella traición. El FBI investigó su filiación mágica. Abandonó la logia pero para entonces su pase de seguridad ya había sido revocado. Perdió su empleó en Caltech. Sobrevivió unos años preparando efectos especiales para películas de bajo presupuesto. Pasaba la mayor parte del tiempo en el garaje de su mansión, ahora vacía. Hasta que por accidente vertió un matraz con sales de mercurio, la sustancia con la que los alquimistas buscaban la transmutación del metal impuro en oro.
Una nueva explosión sacudió los cimientos de la casa. El garaje se llenó de luz. El techo cayó sobre Parsons. Cuando los bomberos le encontraron aún agonizaba. Dicen que susurraba una y otra vez “Babalón, Babalón.”
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (VI)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
VI.
Residencia de H G Wells en Baker Street, Londres, 1933.
Señor Wells, le agradezco que haya aceptado recibirme, dijo Leo Szilard en un inglés trabajoso. Quería expresarle en persona mi más profunda admiración por su obra. Hace unos meses terminé la lectura de El mundo emancipado y quedé impresionado.
Herbert George Wells entornó los ojos y asintió en un gesto de agradecimiento. La emoción de su interlocutor era evidente. Wells se encontraba en aquel punto en el cénit de su fama. Sus obras eran leídas en todo el mundo. Por fin se le había reconocido como el “historiador del futuro” al que desde siempre había aspirado a convertirse. Incluso se le había otorgado completa libertad para intervenir en la producción de la adaptación cinematográfica de su recién publicada novela, La vida futura. Pero pese a sus logros, Wells siempre estaba dispuesto a recibir los elogios de alguien como Szilard, uno de los científicos más prometedores del mundo.
El húngaro Leo Szilard acababa de llegar a Londres huyendo por segunda vez en su vida. Convencido de la inminencia de la catástrofe nacionalsocialista, había escapado de Berlín la noche anterior al incendio del Reichstag. Esquivando controles y aduanas había llegado hasta la capital del Imperio Británico, donde eligió alojarse en el Hotel Imperial en Russell Square atraído por sus baños turcos. Szilard creía que el mejor lugar del mundo para pensar era una bañera. La primera huída de su vida la había acometido una década antes, apenas salido de la adolescencia. Szilard y su hermano Bela habían escapado de un convulso y aterrorizado Budapest tras el golpe de estado del 19. Leo y Bela anhelaban estudiar física en la Universidad Técnica de Budapest en la que aún enseñaba el célebre Theodore Von Karman, quien afirmaba ser descendiente del mismísimo Rabino Judah Löew de Praga. Pero el nuevo gobierno protofascista culpaba a los judíos de la hiperinflación y la miseria y les había vetado el acceso a la universidad. Cuando los hermanos Szilard intentaron acceder a las aulas profanadas con pintadas contra comunistas, judíos e intelectuales, un grupo de camisas negras se encaró con ellos. La paliza que recibieron les convenció de la necesidad del exilio. Pero en la vida de Szilard aún habría una tercera y última huída. Durante la Crisis de los misiles en Cuba de 1962, convencido de que las bombas termonucleares caerían sobre Washington, Slizard abandonó los Estados Unidos a toda prisa y se embarcó de regreso a Europa.
El Leo Szilard de aquella tarde de 1933, sentado en el borde de un confortable sillón con una copa de brandy entre las manos, conmovido por estar en presencia de su admirado HG Wells, era todavía un joven físico, genial e irreverente, sin una posición académica fija, que gustaba de leer libros de ciencia ficción y mecánica básica mientras tomaba interminables baños. No tardaría sin embargo en convertirse en un científico eminente. Una década después Szilard formaría con Eugene Wigner, Edward Teller y John Von Neumann el llamado “cuarteto húngaro,” responsable junto con Oppenheimer del Proyecto Manhattan. Oppenheimer bautizaría la primera prueba atómica como “Trinidad” y a sí mismo como “El destructor de mundos,” citando las escrituras hinduistas a cuyo estudio Wigner consagraría su vejez. Edward Teller, aterrorizado por la posibilidad de que aquella explosión incendiara la atmósfera de la tierra, sería uno de los creadores de la siguiente bomba, la de hidrógeno. John Von Neumann terminó sus días aquejado de un cáncer de huesos contraído merced a la lluvia radioactiva causada por las pruebas nucleares del Atolón bikini. Ya moribundo, convaleciente en el hospital, John recibía las visitas de su hermano Michael quien distraía sus dolores leyéndole fragmentos del Fausto de Goethe.
Señor Szilard, usted ha trabajado con el Profesor Einstein. Hábleme de él, hágame el favor. Tengo mucha curiosidad.
Szilard sintió una punzada de decepción. Wells no parecía estar demasiado interesado en él más allá de los cumplidos que pudiera proporcionarle. Respondió al escritor sin demasiada gana. En efecto, Einstein y Szilard habían desarrollado juntos un nuevo modelo de refrigerador doméstico unos años antes. Las neveras de la década de los 20 usaban gases tóxicos para su funcionamiento. No era infrecuente que un fallo de fabricación, un golpe o el mero desgaste de materiales produjeran fugas de estos vapores letales. Sacudidos por la muerte de una familia berlinesa, los dos amigos habían patentado un nuevo sistema de enfriamiento que no precisaba de química alguna.
Pero el Szilard ansiaba tratar otro asunto. El que le había traído a Baker Street.
Verá Señor Wells, tengo mucho interés en hacerle una pregunta.
Bien, usted dirá.
Corríjame si me equivoco, pero el profesor cuya conferencia sobre el poder del átomo ocupa los primeros capítulos de El mundo emancipado es un trasunto del Profesor Soddy y sus conferencias sobre el radio, ¿no es así?
Por supuesto. Es obvio que así es.
Gracias. Así lo pensé, dijo Szilard arrastrando las eses con su acento húngaro. Cuando caí en la cuenta comencé a sospechar que el personaje del científico Holsten que aparece unos capítulos más adelante también se basaba en una persona real.
En la novela de Wells Holsten era un físico de intelecto incansable, solitario y obsesivo, que alcanzaba la desintegración de una minúscula partícula de bismuto en una dramática reacción explosiva de la que, aparte de unas quemaduras, salía ileso. Cual moderno alquimista, Holsten obtenía como derivado de aquella deflagración gas radioactivo y polvo de oro.
Esa es otra cuestión, amigo mío, dijo Wells removiéndose en su sillón. Ese personaje era fruto por completo de mi imaginación. Y más vale que así sea. Usted ha leído la novela y comprende cuales serían las consecuencias del descubrimiento de Holsten: Una nueva Gran Guerra.
Con todo el respeto, señor, permítame que dude de su afirmación. Le contaré una historia. Le ruego paciencia. Hace unas semanas concluí mi segunda relectura de El mundo emancipado. Quedé cautivado de nuevo con el hallazgo de Holsten y quise preguntarme por su mecanismo. El problema me tuvo en raya unos días. Una mañana, desayunando mientras tomaba un baño leí en el periódico el resumen de una conferencia del Profesor Rutherford en la que tildaba de paparruchas cualquier discusión de obtener del átomo una fuente de energía. Me desanimé. Salí del agua. Fui a dar un paseo pese a que aquel era un día gris y miserable. Caminando por Bloomsbury me paré ante la luz roja de un semáforo. No suelo hacerlo. Acostumbro a ir tan absorto que desde que llegué a Londres he estado a punto de ser atropellado ya varias veces. Mientras esperaba a que la luz cambiara al verde pensé en el bismuto de Holsten. Aunque usted no lo describe de esa manera comprendí que Holsten debería de haber golpeado aquella masa con un neutrón, y que aquel choque había hecho que esta emitiera dos neutrones que chocaron de nuevo con el resto de la materia produciendo otros cuatro, que se doblarían en número una y otra vez produciendo una reacción en cadena. El bismuto no es capaz de producir algo así y esa era la imposibilidad había oscurecido mi juicio durante días. El semáforo pasó al verde y mientras cruzaba la calle comprendí que mi error era no haber pensado en abstracto. El bismuto era solo un señuelo. Lo importante era la reacción.
Wells le miraba con detenimiento. Le miraba por primera vez.
Por eso sé que Holsten existió. Usted publicó El mundo emancipado en 1913 pero Chadwick descubrió el neutrón tan solo el año pasado. Por tanto solo dos posibilidades explican que usted poseyera ese conocimiento en aquel entonces. O bien Holsten es usted o bien es un científico real al que usted conoció. Utilizando la Navaja de Occam, no tuve más remedio que abrazar esta segunda opción. Así que ya me encuentro en disposición de hacerle mi pregunta. ¿Quién es Holsten?
Eso ya no importa, dijo Wells.
¿Por qué?
Porque Holsten está muerto. No sobrevivió a la explosión.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (V)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
V.
Instituto de Física Teórica, Copenhague, 1932.
Profesor Bohr, hemos pensado que para celebrar el centésimo aniversario de la muerte de Goethe, representaremos durante la conferencia una versión de Fausto.
Niels Bohr asintió complacido a la propuesta. Cada año organizaba una reunión a la que invitaba a los mejores físicos del continente. Se había convertido en una tradición que la última noche de la conferencia los colegas más jóvenes del Instituto y los estudiantes de doctorado montaran un número humorístico inspirados por litros y litros de Carlsberg.
Bohr era un hombre de cejas pobladas, tranquilo, de nobles maneras y siempre bien vestido, que pese a su apariencia nada extravagante había alcanzado la más celebre de sus ideas de la manera más insólita. Siendo estudiante había tenido un sueño extraño. Se vio a si mismo en medio de una nube incandescente a la que identificó como un sol aunque no desprendía calor alguno. Escuchó varios silbidos. Vio unas esferas nacaradas cruzando frente a él a una velocidad vertiginosa. Orbitaban alrededor de la nube. Dejaban a su paso estelas que se convertían en unos filamentos plateados y finos como el alambre. En un momento dado aquel sistema solar en miniatura se sacudió con violencia y Bohr despertó. Fue así como comprendió que el átomo compartía esa misma estructura. Un núcleo en el centro. Electrones girando en torno a él. Bohr sin embargo no había sido el primer científico en soñar un descubrimiento. Unas décadas antes, tomando una siesta, agotado por horas de incesante trabajo, Mendeleiev había soñado que los elementos químicos se colocaban uno a uno como piezas de un rompecabezas. Había soñado la Tabla Periódica.
Tras una semana de estimulantes discusiones llegó la noche del 12 de Abril, la última de la conferencia. El telón se abrió en el pequeño auditorio del Instituto. Unos cuarenta físicos llenaban el patio de butacas, entre ellos Werner Heisenberg, Paul Dirac y Paul Ehrenfest, amigo íntimo de un antiguo funcionario de patentes llamado Albert Einstein. Sobre su regazo descansaba una copia del pequeño programa de mano, dibujado a mano por un poeta local y mimeografiado por los estudiantes en el que constaba el elenco de la función y los personajes que representaban. Los jóvenes físicos habían decidido tomarse a sana burla a sus maestros y habían sustituido los personajes de la grave obra de Goethe por científicos famosos. Así Mefistófeles se había convertido en el irascible y maleducado Wolfgang Pauli, quien firmaba todas sus cartas como “El azote de Dios”. Paul Ehrenfest había tomado el papel del orgulloso y atormentado Fausto y su amigo Einstein aparecía ridiculizado en un pequeño papel como el rey de las pulgas. El rol de Dios estaba reservado, cómo no, para el anfitrión, Niels Bohr.
En la adaptación de la obra, Fausto vendía su alma a Mefistófeles a cambio de obtener el conocimiento sobre la fuerza que mantiene unido el universo. Tras varios surrealistas números musicales, que incluían la actuación de los Electrones Borricos en un número titulado “La noche de Walpurgis cuántica”, Fausto moría rodeado de periodistas y fotógrafos mientras clamaba en defensa de la belleza de sus teorías. La obra reservaba también un epílogo a James Chadwick, quien tan solo unos meses antes había descubierto el neutrón, partícula con la que se cerraba el modelo atómico y que, como el personaje de Chadwick advertía mirando al público, terminaría por cambiar el mundo.
Y así fue.
Pocos saben que aunque Chadwick fue quien primero demostró la existencia de aquella partícula sin carga en un artículo científico, un joven físico italiano llamado Ettore Majorana había avanzado esa posibilidad, aunque de manera informal, dos años antes. Majorana era un protegido de Enrico Fermi. Pequeño, moreno, de ojos penetrantes, su pista se nos pierde en 1938 a consecuencia de una de las desapariciones más desconcertantes y radicales que puedan imaginarse. Majorana subió a un barco que había de llevarle de Nápoles a Palermo pero jamás llegó a poner el pie en el puerto siciliano. No dejó tras de sí rastro alguno. Desapareció en el aire. Se dice que se convirtió en monje carmelita o pordiosero. Hay quienes argumentan que emigró de incógnito a la Argentina y allí trabajo hasta el final de sus días como ingeniero de caminos. Otros inclusos afirman que se suicidó tirándose por la borda de aquel vapor. Lo que es casi seguro es que si Majorana era tan brillante como sus mentores afirmaban, este hubo de vislumbrar el nuevo mundo que el estudio átomo había abierto. Majorana no sería el único. Paul Ehrenfest se suicidó un año después del congreso de Copenhague. En su nota afirmaba sentirse incapaz de vivir en el cosmos aleatorio y caótico alumbrado por la mecánica cuántica.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (IV)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
IV.
Universidad de Glasgow, Escocia, 1908.
«Es mi convencimiento que una raza capaz de transmutar la materia no necesitaría ganarse el pan con el sudor de su frente. Tal raza podría transformar los desiertos y las gélidas llanuras polares hasta convertirlos en un Jardín del Edén.»
Frederick Soddy levantó la vista de su atril. Podía percibir el aliento contenido del público. Frente a él, formando un muro, se elevaban los bancos del anfiteatro hasta donde le alcanzaba la vista. Círculos concéntricos rebosantes de miradas curiosas, inquisitivas, desaprobadoras. Aquella era la última de su serie de clases magistrales titulada La interpretación del radio. Sabía que también sería la más controvertida.
Carraspeó. Tenía un mensaje crucial que debía comunicar a toda costa a la Humanidad.
«No solo eso, señoras y señores. Los mitos y supersticiones de la Antigüedad ofrecen justificación a esta otra creencia que mantengo. A saber: que una raza olvidada de hombres transitó por la misma senda por la que la ciencia nos está adentrando ahora.»
Un rumor se elevó desde los círculos inferiores poblados por sus colegas, hombres de levita adusta y ceño fruncido. Soddy apartó su mirada de todos ellos. Continuó.
«Sin duda, esta civilización conoció el poder latente en la materia. Conoció el poder del átomo. Lo usó en su beneficio, como nosotros pronto lo usaremos para iluminar nuestras ciudades y propulsar nuestros cruceros. Pero quizás por un error, el dominio de esa raza sobre la Naturaleza se revirtió con la más desastrosa de las consecuencias: su aniquilación completa. Así nos lo indica el recuerdo de cataclismos y holocaustos que alberga la memoria colectiva de la Humanidad. Incluso el arte. El retablo de la Catedral de Colmar en Suiza contiene una representación de la Resurrección de Cristo en el que el halo que le rodea al surgir de entre los muertos posee el inconfundible tinte azulado del radio al desintegrarse.»
Hizo una pausa. Alzó los ojos. Antes de continuar dejó que capturaran dos o tres miradas embelesadas aquí y allá.
«Está a nuestro alcance, señoras y señores, que la Historia no vuelva a repetirse. Muchas gracias.»
La parte superior del anfiteatro explotó en aplausos. Las luces de la sala se encendieron. Sin mirar al público, Soddy cerró su portafolio y descendió del estrado. El público desbordó las escaleras y se reunió en torno suyo en un coro de felicitaciones y aplausos, sonrisas y manos tendidas, mientras los académicos se retiraban silenciosos, grises, severos, saliendo en fila por los vomitorios.
No quiso mirarlos.
A nosotros nos queda la pregunta. ¿A que “raza olvidada” se refería Soddy? Una lectura detallada de la versión escrita de sus conferencias en Glasgow nos hace abandonar toda duda. La esotérica mención del profesor no era una mera conjetura. Procedía de una certidumbre. Durante sus estudios junto a Rutherford, Soddy se había convencido de que la inmensa reserva de energía albergada en el átomo era el Vril descrito por Bulwer-Lytton en su relato. La radioactividad desprendida por el uranio, el torio y el radio, el resplandor cobalto que generaba su desintegración, se correspondía con la de aquel fluido prodigioso que había alimentado la civilización subterránea de los Vril-ya. La que había causado su caída en desgracia y también su esplendor.
Durante las tres décadas siguientes muchos vieron en el radio una fuente de vitalidad y juventud. Ignorantes de sus consecuencias, proliferaron los productos radioactivos que anunciaban sin reparos virtudes curativas, casi milagrosas. Aguas medicinales capaces de sanaciones portentosas, dentífricos blanqueadores, fabulosos extractos alimenticios, cremas rejuvenecedoras. Pero el poder que supuestamente había permitido a los Vril-ya desterrar la decrepitud y la enfermedad hizo descender sobre la humanidad una nueva maldición. Muchos de los que consumieron productos radioactivos durante aquellos años sucumbieron a causa de terribles tumores de boca, piel, estómago. Marie Curie no fue una excepción Tras años sufriendo temblores en las extremidades y dolores inexplicables, acostumbraba a transportar viales con isótopos en los bolsillos, murió de leucemia en 1934. Aún hoy, los tres cuadernos de tapas negras en las que anotaba sus descubrimientos emiten tanta radiación que yacen en una urna de plomo en las catacumbas de la Biblioteca Nacional de París.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (III)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
III.
Residencia de los Curie, París, 1903.
Vayamos fuera si tienen la bondad, quisiera mostrarles algo, dijo Pierre Curie al levantarse.
Los invitados dejaron sus servilletas sobre la mesa y se pusieron en pie. Paul Langevin seguido de Ernest Rutherford y su esposa Mary salieron del comedor. Siguiendo las indicaciones del servicio franquearon la puerta que llevaba al jardín. Se apoyaron aliviados sobre la blanca baranda. La tibia noche de Junio había aligerado la carga impuesta por la etiqueta de los corsés y los cuellos almidonados. Un ligero olor a humedal llegaba desde el cercano Parque Montsouris. Los campesinos anticipaban un estío caluroso, muy distinto al de aquel año sin verano de 1816 en el que un puñado de bohemios encabezados por Lord Byron y atrapados por la lluvia torrencial en una villa suiza se divirtió inventándose historias sobre seres de ultratumba que bebían la sangre de los vivos y criaturas resucitadas mediante la electricidad.
La cena que los Curie habían organizado aquella noche representaba una doble celebración. La de la visita a Francia del eminente Ernest Rutherford y de la exitosa defensa de tesis de Marie aquella misma mañana en La Sorbona.
Qué nos tiene preparados, Monsieur Pierre, dijo Rutherford en inglés. El cartógrafo del átomo hablaba un rudimentario francés. Su mujer actuaba de intérprete.
Puedo asegurarle que Pierre lleva semanas encerrado en su laboratorio, se anticipó Langevin.
Mientras Mary Ruttherford susurraba a su marido la traducción de aquellas palabras, Pierre colocó un delgado cigarro en sus labios. A sus 44 años era un hombre apuesto. Su cuidada barba no albergaba una sola cana. Langevin se aprestó a encender una cerilla a su maestro.
Marie, que se había quedado dentro dando las últimas indicaciones a los criados, apareció en ese momento. Se detuvo en seco. Contempló cómo Paul tendía la llama hacia su marido. El resplandor anaranjado iluminó el rostro de Pierre, concentrado en prender su tabaco. Langevin y ella se miraron. Quedaron suspendidos. Paul y Marie habían sido amantes hasta esa misma tarde. Se habían citado en un modesto y discreto hotel del barrio decimocuarto mientras Pierre concluía sus experimentos en el laboratorio que el matrimonio poseía en la Rue Curvier. Marie había acudido a la cita con Paul con la convicción de que aquella sería la última, de que el fin formal de su periodo de estudiante marcaba también el final natural de su affaire con él. Pero Paul se negó a aceptar la ruptura. Discutieron. Marie se arrogó primero a su papel de madre y esposa. Después razonó que la infelicidad que Paul sentía junto a su mujer no hacía merecedora ni a ella ni a sus hijas de una traición semejante. Paul se obcecó. En un último intento Marie apeló a la culpabilidad que debían sentir por su deslealtad al que era mentor de ambos. Entonces Paul claudicó.
Marie, ordena que apaguen las luces, dijo Pierre interrumpiendo las cavilaciones de su esposa. Esta titubeó antes de entrar de nuevo en la casa.
Las lámparas del piso de abajo se apagaron. Los criados cerraron las contraventanas del piso superior. Marie regresó al jardín. Solo el aura nocturna de la ciudad y la tenue incandescencia de los cigarros encendidos iluminaban a los cinco. Del bolsillo derecho de su chaleco Pierre extrajo un vial. Lo sostuvo contra el cielo entre sus dedos índice y pulgar. Sus manos temblaban. Temblaban desde hacía años. Un resplandor azul cobalto emanaba de aquel pequeño tubo de cristal.
¿Qué es?, exclamó la mujer de Rutherford.
Radio. En una solución de sulfuro de zinc.
Entonces es cierto, susurró Rutherford en inglés.
Si, amigo mío, tal y como usted predijo. Luz que no toma energía de fuente alguna. La luz del átomo.
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (II)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.

II.Cueva de los Tayos, Ecuador, 1871.
Un resbalón, un traspié, dio comienzo a una de las aventuras más increíbles que se hayan narrado nunca: la del ingeniero norteamericano Edward Bulwer-Lytton y su accidental acceso al majestuoso reino subterráneo de los Vril-ya.
Bulwer-Lyton se encontraba en la Amazonía ecuatorial evaluando la idoneidad del terreno para futuras prospecciones mineras. Sus tratos con los nativos Shuanan no habían sido del todo desfavorables. Fascinados por su cabellera pelirroja más que por las bagatelas que les había ofrecido, esta tribu de jíbaros había dado al ingeniero precisas indicaciones sobre cómo aventurarse en los escarpados cañones en los que este esperaba encontrar yacimientos de osmio y platino. Desgarbado, misántropo, enojadizo, la decisión de Bulwer-Lytton de convertirse en explorador por cuenta propia había sido por encima de otras consideraciones una excusa, una maniobra con la que esquivar los requerimientos asociados a la enorme fortuna que había heredado y que como primogénito se suponía debía administrar.
Demasiado confiado en su buena estrella, acompañado por tan solo un traductor asustadizo y borracho que había reclutado a regañadientes en Guayaquil, Bulwer-Lytton se adentró en la zona prohibida a los Shuanan cuyas creencias afirmaban que allí residían los dioses y que estos gustaban muy poco de ser molestados por los hombres. Según su propio testimonio, el americano no tardó en encontrar la entrada tal y como le había sido descrita por los Shuanan, y pese a que no contaba con demasiadas horas antes de la llegada del anochecer, decidió hacer un primer reconocimiento y adentrarse en aquella caverna llamada de los Tayos por las aves nocturnas semejantes a búhos que en ella moraban. Según describió él mismo, aquella oquedad dejada en paso franco por un río desecado, le recibió con la negrura más abisal que jamás antes había visto.
A la luz de la linterna de gas su sombra se angulaba contra las cavidades. Las paredes multiplicaban el eco de sus pasos cien veces. Bulwer-Lyton afirmó no haber sentido miedo en aquel breve paseo pero nosotros podemos permitirnos el dudarlo. Como única precaución el ingeniero llevaba una cuerda atada a la cintura. El otro extremo, a una roca junto a la entrada de la gruta. Cuando en su mano derecha quedaban solo una pocas decenas de metros de soga decidió volver sobre sus pasos. Pero antes de girar en redondo su pie palpó el vacío. Incapaz de reaccionar a la sorpresa el cuerpo del ingeniero se venció hacia delante. Cayó. Gritó. Sabemos que su alarido despejó la nube etílica del traductor que salió huyendo despavorido. Continúo gritando mientras caía. En su descenso el cuerpo de Bulwer-Lytton se golpeó con violencia contra los muros del abismo. Su cabeza chocó contra un saliente. Todo se nubló para él y ya solo hubo silencio.
Aún contusionado, con la mandíbula abotargada por los choques contra el basalto, el norteamericano despertó. Sus ojos percibían un resplandor azulado. Pensó que procedía de alguna especie desconocida de liquen fosforescente. Se alegró. De algún modo se sintió menos solo. Los costados le dolían por la tensión que su peso ejercía sobre la cuerda. Estaba suspendido en el aire. Miró hacia abajo. Gracias a las reverberaciones de la luz sobre el limo pudo ver que se encontraba a solo unos pocos metros sobre el suelo. Hacia arriba, la fluorescencia iluminaba la cuerda cuya vertical se perdía en una negrura idéntica a la que le había recibido a la entrada. Llamó al traductor sin demasiada convicción. Lo intentó tres o cuatro veces. Por el rabillo del ojo vio que la luminosidad azul titilaba y se hacía más intensa. Alguien o algo se acercaba. Pidió ayuda. Aquel brillo cian se hizo más intenso. Olió ozono. Oyó pasos.
A partir de este punto el relato de Edward Bulwer-Lytton se tornaría completamente inverosímil si no fuera porque existe, para quien esté dispuesto a aceptar sus implicaciones, una acumulación de pruebas indirectas que lo apoyan. Según relató el ingeniero en su diario de viaje, en su rescate acudió un ser altísimo y esbelto, sin grasa corporal apreciable, de piel nívea, casi transparente, y cuyos ojos, acostumbrados a la penumbra subterránea, eran oscuros por completo y carecían de párpados. Aquella criatura llamada Zee pertenecía a la aristocracia de una raza antediluviana que se hacía llamar Vril-ya y que antes del cataclismo bíblico se había retirado bajo la corteza de la tierra construyendo allí enormes ciudades. Adaptada en su fisionomía a la vida en el Hades, esta raza adoraba la energía de la que tomaba su nombre, el Vril, un fluido azul de indescriptible naturaleza “ni eléctrico ni magnético y ambos a la vez” según escribió Bulwer-Lytton, un fluido capaz de propulsar vehículos, curar enfermos, alumbrar metrópolis y también destruirlas. Y es que como Zee le contó mediante telepatía en el trascurso de los meses que permaneció bajo su indulgente arresto, los Vril-ya habían sido una civilización hermosa y única, una utopía en la que por siglos no se conoció la escasez ni el hambre, gobernada con severa mano por una dinastía de reyes cuyo militarismo exacerbado la había empujado hacia una inacabable secuencia de guerras civiles. El odio que impregnó a sus gentes terminó por desmembrar el imperio en un mosaico de reinos sumidos en eterna lucha. Bulwer-Lytton pudo finalmente escapar en el trascurso de una de estas batallas entre facciones enfrentadas por siglos. En sus combates, los Vril-ya hacían uso de unas varas de apenas medio metro de longitud que se cargaban con aquel singular fulgor azul antes de ser disparadas en un haz que desintegraba cualquier ser u objeto que encontrara a su paso. Lo cierto es que los Vril-ya despreciaban a los habitantes de la superficie y pese a la patente decadencia de su civilización, bravuconeaban con frecuencia frente al ingeniero con la posibilidad de una invasión que arrasaría por completo nuestro mundo.
Los escépticos niegan que hayamos de creer nada de este relato y apuntan que la expedición del salesiano italiano Carlo Crespi a la Cueva en 1927 no encontró allí ningún indicio de la existencia de una civilización intraterrestre. Soslayando este punto, si hemos mencionado que existe una acumulación de pruebas a favor de tan fantástico relato es porque resulta más que probable que la búsqueda de los Vril-ya fuera el auténtico propósito de las pesquisas del Profesor Otto Lindenbrock en las laderas de volcán islandés Snæfellsjökull en 1863. También parece más que posible que la malograda expedición de los Hermanos Carver al Congo en 1914 en busca de diamantes fuera aniquilada cuando estos se toparon con una entrada a los dominios de esta raza de gigantes pálidos. Y es casi seguro que en su desesperada búsqueda de la ciudad perdida de Z en el Matto Grosso brasileño el demente aventurero Perry Harrison Fawcett descubriera en 1925 otro portal al mismo mundo subterráneo que Bulwer-Lytton visitó y que allí encontrara la muerte a manos de estos belicosos seres.
Desde que el afortunado ingeniero publicara su narración, todos aquellos que decidieron no permanecer incrédulos a su testimonio comenzaron a buscar el origen de aquella asombrosa fuente de energía: Helena Blavatsky y su Hermandad Teosófica. La Sociedad Hermética de la Golden Dawn, a la que perteneció un joven Aleister Crowley. La escuela de la tierra cóncava de Peter Bender y su mortal enemiga, la Sociedad Vril, nebulosos grupos herméticos que florecieron en el exuberante y turbulento Berlín de entreguerras, y que pugnaron por la atención de Adolf Hitler hasta que en 1942 este decidió resolver la cuestión enviando una expedición a la Isla Rügen, una expedición liderada por el doctor Heinz Fisher, quien con el tiempo y un cambio de bando de por medio se convertiría en uno de los sabios responsables de la primera bomba de hidrógeno.
Pero no olvidemos algo. Aceptar la verosimilitud de la fabulosa narración de Buwler-Lytton nos conduce también a la más desasosegadora de las preguntas. ¿Reclamarán algún día los Vril-ya su dominio sobre la superficie de la tierra?
EL ÁTOMO AL SERVICIO DE LOS BRUJOS (I)
Descatalogadisima y casi inencontrable, Prosa Inmortal fue una revista literaria editada por John Tones y Francisco Serrano que entre 2013 y 2016 produjo cinco numeros. El primero de ellos, titulado «Los horrores de la ciencia», incluia mi primer relato de ficcion publicado, «El atomo al servicio de los brujos», que se serializara aqui en sus ocho partes.
Praga, Sacro Imperio Romano Germánico, 1603.
¿Cómo llaman a la criatura?
Gólem, mi señor.
El Emperador Rodolfo II tembló. No era ningún extraño a las ciencias arcanas. Estaba tan interesado por lo oculto que había mandado proveer un laboratorio en una de las estancias más profundas de su castillo. Allí realizaba sus propios experimentos herméticos. Desde que la corona de Carlomagno descansara sobre su frente, el Emperador había dado cobijo a los más notables alquimistas de su tiempo. Entre ellos el nefando galés John Dee, último discípulo del legendario Johann Faustus, huido de la persecución de las artes mágicas que el católico Jaime I había iniciado nada más acceder al trono de Inglaterra. Tras mantener audiencia con él, Rodolfo II le había ofrecido una quejumbrosa casa en el estrecho Pasaje de los Alquimistas, callejón amurallado contra miradas indiscretas por los vertiginosos tejados típicos de Bohemia. A cambio de su protección, John Dee había obsequiado al Emperador con un bello y extraño manuscrito de páginas floreadas e ininteligibles que con el tiempo vendría a ser llamado Voynich. No puede decirse sin embargo que el mecenazgo de Rodolfo II estuviera motivado tan solo por un afán luciferino por el conocimiento. Su esperanza era también que aquel proscrito excomulgado por el Papa de Roma, y con él el resto de alquimistas residentes en Praga consiguieran trocar el plomo en oro con el que llenar las moribundas arcas imperiales, vaciadas por las guerras sucesivas contra el otomano.
Agotados los intercambios de doblones por títulos nobiliarios, los mismos banqueros que sangraban a su tío materno, el Emperador Felipe II, habían dado la espalda a Rodolfo quien no tuvo más remedio que pedir prestado a los múltiples financieros judíos que habitaban en Bohemia para poder pagar la soldada de sus mercenarios húngaros. La falta de decisión y de estrategia del Emperador habían embrutecido la guerra haciéndola tan amarga y áspera que sus súbditos y sus prestamistas no hallaron otra alternativa que rebelarse. Y así se hizo común en Praga encontrar los cuerpos de funcionarios de la hacienda imperial defenestrados contra sus adoquinadas calles, convulsos aún, empapados en el charco carmesí de su propia sangre. Los prestamistas judíos por su parte no tardaron en cerrar sus cajas fuertes bajo siete llaves. Encolerizado, Rodolfo II hizo llamar a sus mercenarios y sofocó las revueltas de la gleba sin escatimar crueldades. Acto seguido, mediante edicto, ordenó expulsar a los judíos de todo el Reino de Bohemia bajo crímenes de usura, exiliándoles sin posibilidad de retorno ni del cobro de sus deudas.
Pero el precepto imperial no llegó a cumplirse.
Sí, El Golem. El Emperador conocía bien aquel nombre.
Poco o nada entendemos con seguridad sobre su funcionamiento. Lo único que sabemos sobre él ha llegado hasta nosotros por medio de las historias transmitidas oralmente de rama en rama de la genealogía rabínica. Los hechos parecen ser estos: Cuando los primeros cuchillos magiares se desenvainaron en Praga y vertieron sangre hebrea, el Rabino Judah Löew moldeó una gigantesca masa de arcilla en forma de hombre y a la que a continuación otorgó vida. Setenta y dos letras, se dice, contenía el cartucho con forma de estrella de seis puntas que aquella mole guardaba bajo la lengua insuflándole existencia. Animada por aquella cápsula dotada del mismo poder con el que Yahvé dio luz al universo, la criatura defendió durante tres días el ghetto judío conteniendo a las hordas magiares, tan irracionales en su odio que no retrocedieron siquiera ante la visión del monstruo. Solo se retiraron cuando el Emperador comprendió el alcance de las fuerzas que había desencadenado. Rodolfo II permitió a los judíos permanecer en Praga a cambio del perdón de sus deudas y de que El Golem fuera destruido para siempre. Pero el Rabino Löew, desconfiando del Emperador, confinó a su criatura en el ático de la Vieja Sinagoga de Praga donde continúa encerrada hasta hoy en día. El cartucho sagrado no está ya bajo su lengua, es cierto. Se desconoce dónde descansa. Es probable que haya sido custodiado por cada nueva generación de rabinos en previsión de que los servicios de la criatura fueran de nuevo necesarios. No nos es posible, por tanto, conocer la naturaleza de su fuente de su vida. Hay quienes sostienen que en realidad El Golem no estaba perfilado en arcilla y fango, sino que estaba fabricado de metal y engranajes, y que la inmensa energía del cartucho que lo animaba no procedía del poder de la Cábala sino de la sustancia que lo conformaba, obtenida por el Rabino Löew durante sus frecuentes despachos con John Dee y el resto de los habitantes del Pasaje de los Alquimistas. Ninguno de estos mismos eruditos, sin embargo, ha anotado en sus estudios una improbable coincidencia: Treinta años después, los nietos del Rabino Löew adoptaron el apellido Oppenheimer.
En capilla
El tiempo pasa. Tanto, que hasta los blogs parecen estar de vuelta. Este buen gabinete, con ya dos decadas en sus archivos, desempolva y quita cubiertas a muebles y sofas para publicar una nueva cronica de Minizita, quien en el pasado nos deleito con variadas cronicas como los sucesos en un McDonalds en vísperas de una huelga general, la vida cotidiana en Taiwan o lo que puede sucederte siendo auxiliar de producción en conciertos de música latina.
Como decimos, el tiempo pasa. A algunos por encima. Ese ha sido el caso del Padre Zito, a quien el Parkinson y la vejez han postrado en un estado bastante penoso antes de hora. En su cronica, Minizita nos cuenta como son los días previos a llevar a tu padre a una residencia de ancianos. Humor, ternura, horror cosmico. El final de una etapa.
Lunes
Estamos en capilla. 24h, 48h, varios meses… Lo hemos estado todo este tiempo, pero hasta hoy no he sentido la cuenta atrás. Me abate una sensación de pena difícil de explicar. Solo la puedo llorar.
Tengo todo pensado. Bueno, tengo pensada la logística del coche, que creo que es en todo lo que tengo que pensar. Un segundo. ¿Esto va a ser un melodrama ruso de finales del siglo XIX o un relato de ciencia ficción basada en la más increíble de las realidades?
Kiwi ladra porque Matilde, la vecina nonagenaria de mis padres que siempre que la veo me cuenta que ha empezado a teñirse el pelo ahora porque hasta este año no tenia ni una sola cana, sale de su casa religiosamente todos los día a las 15:00 para ir a comprar (lo se porque por la mirilla veo que lleva un carrito de la compra…, ejem). Eso sobresalta a Kiwi. No le sobresalta que al salir, Matilde de un portazo o que le mil vueltas a la llave hasta casi dislocarse la muñeca. No, no es eso. Lo que realmente sobrepasa a Kiwi es que la hora de llegada de esta señora coincide con su fase REM de la siesta. Tendremos que esperar un rato.
Miramos la TV, los informativos y luego un programa de tertulianos con estética futurista mal ejecutada. Igual es que está de moda, porque el otro día, grabando en el Campus Repsol… Tienen mi huella y acepté el reconocimiento facial ¿Será confidencial hablar del mobiliario de Repsol?. ¿Habéis visto Minority Report?
Mi padre me habla de lo antiguo que es el universo y de cómo son datos tan inmensos que son eso, inmensos. Me cuenta, que somos muy pequeños y que prácticamente nada importa. Mi madre está en su habitación hablando por teléfono con alguien a quien evidentemente le está dando consejos. Lo que más me gusta es el momento de después, cuando viene al salón y nos cuenta en qué anda y los líos de instituto entre octogenarios en los que está inmersa. Y claro, mi padre y yo la escuchamos atentamente y hasta nos atrevemos a opinar. Creo que en esos momentos somos una familia. No es que lo volvamos a ser, si no que lo somos a lo más pura «primera vez», como si nadie hubiese hecho daño a nadie, como si viviésemos en uno de los juegos primigenios con vidas infinitas de mi Raspberry Pi.
Son las 16:20 y Kiwi se pone a ladrar (solo había que esperar). Ahora Matilde se está descoyuntando la muñeca pero hacia el otro lado, supongo que para compensar. Según dice mi padre, Kiwi tiene cara de ser noble. A mi se me parece mas a Walter Matthau en Dos viejos gruñones. Mi madre sonrie y dice: «Eso Kiwi, cómetela». Como me gustan estas frases de humor negro que suelta de vez en cuando.
Animados, mi madre saca un maletón lleno de ropa. Empezamos a hablar de la pana, de los cordones, de los tirantes, del velcro… No voy a mencionarselo, pero la única ropa interior que hay son calcetines ejecutivos. Seguimos en una especie de niebla mental positiva.
Ahora estoy pensando que podría haber hecho fotos, como cuando mi madre, para ayudar a subir la cuesta a Pipo, le llevaba al veterinario en el carrito de la compra azul. O como, un día, estando mi abuela en el hospital, la vi tan guapa y tranquila que la grabé con mi cámara de fotos digital de «los 2000» (eran los dos mil y algo por entonces) diciéndole que parecía una estrella de Hollywood. Luego aprendí lo de la «mejoría de la muerte».
Pero no quiero hacer fotos, ni videos. No quiero convertirlo en una película. Me lo voy a guardar en la memoria. El video de mi abuela está en un ordenador con Windows XP.
Me marcho a casa. Al final no ha sido tan duro. Nada que no se calme llorando en silencio al lado de Toni, nada que no mejore con la curiosidad de saber lo que va a pasar el miércoles.
Martes
Seguimos en capilla.
He ido a preguntar a Google (la IA también da su opinión pero me satisface pasar de ella). He planteado al buscador si «estar en capilla» tiene una horquilla de tiempo en concreto. Parece que es la noche o momento justo anterior al evento. Que me disculpen los alumnos de la Universidad de Salamanca de los siglos XIV y XV pero me lo voy a saltar porque lo empírico de estos últimos meses, demuestra que «la capilla» puede ser más largo que un día sin pan.
Volviendo a hoy. La diferencia con ayer es que vamos a cargar el coche, bueno, a Pablito, que es mi querida furgoneta Berlingo del 2006, herida de muerte por un mal cambio de inyectores (se que no es nada sano querer a un objeto como tampoco lo es conducir un vehículo diesel, pero así es) y que recojo a Santi a las 23:59 en la T4. Me gusta que Santi venga, me gusta ir a recogerle aunque no siempre pueda o aunque a veces me revele. Al fin y al cabo, como se va a construir una hermana pequeña si no se revela alguna que otra vez.
Cuando Santi está, se rellenan muchos huecos, entre ellos, los de la memoria. Siempre he querido una baticao y por fin, este año se ha hecho realidad. Por mi cumpleaños, Toni, siendo plenamente consciente de que la decisión nos abocaba a la diabetes, compró el mega pack de Colacao para poder regalarme la Baticao. Que ilusión me hizo y que alegría me da cada vez que la uso o la veo esperándome encima de la nevera.
Santi me dijo que cuando era pequeña tuve una, la vintage, la que era una varilla con motor. Santi me devuelve la infancia a modo de abrazo, de confidencia entre los dos. También me recuerda nuestra familia, aquella en la que el uno hacia daño a la otra, con nosotros allí enmedio.
Santi ha hecho encaje de bolillos para estar presente el miércoles o quizá para decirnos que nos quiere sin decir «ni mu». No lo tengo claro, es probable que nunca se lo pregunte.
Santi es un superviviente.
Todavía no se lo he dicho pero mañana a las 9:00, Toni y yo pasaremos a recogerles con Pablito.
Miércoles
Ya es miércoles. Es el dia.
No me apetece mucho escribir. Tengo el cerebro “papa frita” (así me llamaba el único amigo que tuvimos en Chile. A él, yo le llamaba “Ratilla peluda”). Pero no quiero que se me olvide que después de toda una vida, esta mañana, a las 08:57, he conseguido aparcar frente al portal. Si a esto le añadimos que Toni está con Pablito esperando en el punto acordado, el día no ha empezado nada mal.
En el camino, he atropellado a un pájaro, pensé que iba a ser un mal presagio, pensé que el karma me acababa de encontrar y me había guiñado el ojo, pensé que tenía que contarlo como cuando se te cruza un gato negro. Pobre pájaro. Pobre gato.
Mi padre ha ido dejando caer preguntas sobre lo que nos íbamos a encontrar. Mi madre, que está sorda desde que, asi lo cuenta ella, un día hablando por teléfono empezó a escuchar de forma lejana la voz de su interlocutor, no entiende lo que pregunta mi padre y se enfada. Así que Santi y yo repreguntamos. No siempre funciona, claro. El interés por según qué cosas es volátil en este coche. Así que, volvemos a contar historias presentes, volvemos a buscar la entrada a un juego de la Raspberry Pi.
Hoy ya no estamos en capilla.
Llegamos a la residencia. Es un lugar agradable, rodeado de pinos y flores. Nos contó el director que, algunas noches, los jabalíes bajan a beber a la fuente que preside el jardin.
Parece un hotel de los 80 bien mantenido. Amplio, dos alturas…. Entramos y hay vidilla. ¿En qué estará pensando mi padre ahora? ¿Y mi madre? Por fin se separan. Han tardado 50 años en hacerlo.
He pensado en el momento histórico en el que estábamos y en la belleza de vivirlo. La memoria es caprichosa. He hecho una foto.
Color rápido
Este 2019 nos trajo la culminación de la saga Marvel. Sin hacer apenas ruido, 2019 tambien nos dejó Fast Color, una de las mejores peliculas superheroicas de la década. Las influencias de Logan (2017) o Midnight Special (2016) están claras ahí, en lo argumental, en ese mundo que se está yendo al garete y en el que necesitamos sostener una esperanza, aunque sea mesiánica, como una vela en la tormenta; o en ese descubrimiento paulatino e incrédulo de los propios poderes de El protegido (2000). Pero eso es lo de menos, como lo es también que la metáfora resulte tan transparente como la de los mutantes de La Patrulla X. Lo que Fast Color nos plantea es la historia de tres generaciones de mujeres afroamericanas, orgullosas y vulnerables, que se reencuentran y se cuentan historias sobre lo que han sido, sobre los secretos que guardan. Uno, el de las capacidades asombrosas transmitidas de generacion a generacion que no parecen tener uso ni propósito. Otros, el resultado de haber querido escapar de esa herencia. Secretos demasiado grandes como para compartirlos más allá de los lindes de una casa en mitad de la nada pero que el mundo exterior insiste en averiguar como sea. Fast Color es una bella, lírica y emocionante película en la que las estrecheces presupuestarias se compensan de sobra con el talento de su trío de actrices. Y parece que habra serie.
Capital y Trabajo
Una de esas noticias que mencionaba hace un par de semanas es que ando terminando los trabajos de documentación y escritura del libro Capital y Trabajo: 50 películas esenciales sobre (la) economía, que sera publicado por la Editorial UOC dentro de su excelente colección Filmografias Esenciales.
La idea del libro es sencilla: hablar sobre 50 films fundamentales para entender la economía, como realidad social y como ciencia. Y hacerlo de una manera atractiva, tanto para quienes quieren aprender economía o sobre la economía a través del cine como para quienes les interesa el cine con una temática económica, un subgénero mas amplio de lo que se sospecha (ahi estan Goldfinger o Cuento de Navidad; no todo es Gordon Gekko y Wall Street).
Ahora que he entrado en la ultima fase de redacción del libro, he creado una newsletter en la que compartiré el proceso. También encontrareis allí noticias y material adicional. En cierto modo, es una continuación natural de este blog en un mundo sin blogs.
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