El autor de Lo espeso real y En la resaca elige sus citas favoritas de Indeterminación, de John Cage.
Selección de Daniel Freidemberg.

El libro compila conferencias que dio John Cage en los años cincuenta. Las conferencias consistían simplemente en contar anécdotas, pero de acuerdo a un cierto ritmo. Transriptas al papel, de acuerdo a una peculiar disposición, el resultado puede decirse que es poesía, sobre todo por el valor que adquieren cada palabra y cada frase en esa disposición, como si fueran elementos musicales. Para citarlas aquí no tenía como reproducir la disposición espacial en la página ni los variables espacios en blanco que suele haber entre palabras o entre frases, de modo que me limité a sugerirlos muy vagamente por medio del uso de barras. De todos modos, me parece que, aun cuando faltan elementos fundamentales, en buena medida el resultado permite traslucir la gracia y la sabiduría de las anécdotas (al autor seguramente le molestaría la palabra “sabiduría”), que mucho tiene que ver con los conocimientos del budismo zen en que Cage basó su pensamiento y su trabajo. Seguir leyendo »






«Una de las obsesiones de Anedda es mencionar la topografía: la otra, los días, horas y estado del clima, como si el poema fuera producto sincrónico con esos datos (…) Otra de sus obsesiones es el nombre y la sombra. Esto es, aquellos miles de millones perdidos en la historia, muertos sin nombre, en guerras que continúan sin fin, como si la especie humana debiera negarse a sí misma. (…)
Corre el mes de noviembre y, en el auditorio de la Casa Italiana de la Universidad de Nueva York, un periodista entrevista al escritor Erri de Luca por un cortometraje escrito y protagonizado por él: Di là del vetro/ Detrás del vidrio. Es cierto que no estoy ahí –sólo— por el film. Ya he leído varios libros de él –Montedidio, Tres caballos (cuya trama sorprendentemente ocurre en la Argentina de la dictadura) y El contrario de uno— y sé que es uno de esos fínísimos y escasos escritores que «descienden a la prosa para escribir poesía». (La expresión es de Alejandro Zambra).


Drácula llegó por primera vez a las librerías el 26 de mayo de 1897, con un precio de seis chelines y una tirada de tres mil ejemplares. Iba encuadernado en tela amarilla, con el título en letras rojas. Cuatro años después, se reeditó ligeramente abreviado en una edición barata para quioscos, a seis peniques, con una ilustración de portada que fue de las pocas a las que Bram Stoker tuvo la oportunidad de dar su aprobación. En ella aparece el conde como un comandante militar de pelo blanco, con un poblado bigote y una capa semejante a las alas de un murciélago, reptando boca abajo por los muros de piedra del castillo de Drácula: nada que ver con el galán seductor de incontables adaptaciones cinematográficas (más de doscientas, según el último recuento), ese hombre carismá tico con capa y traje de etiqueta que exclama portentosamente: «¡Son los hijos de la noche! ¡Sus aullidos son como música para mis oídos!». Es casi imposible hoy día deshacerse de la imagen de Max Schreck en Nosferatu, o de Bela Lugosi y Christopher Lee en sus respectivas versiones de Drácula, o de Gary Oldman en Drácula, de Bram Stoker, y acceder a la novela tal como Stoker la escribió.
«Victor Hugo leyendo frente a una pared de piedra» por Auguste Vacquerie, 1853. Musée D’Orsay


No subrayo libros. Solo si los estudio. Siempre he usado un cuaderno aparte para escribir las citas que usaré luego. No sé por qué no lo hago. Creo que me da pena. Si les parece una idea cojuda, lo entiendo. Uno no elige las cojudeces que hace en la vida. Toda mi biblioteca está en Lima. Vivo en París. Tengo algunos ejemplares aquí. Entre ellos, Los topos de Félix Bruzzone. No estaba subrayado hasta hace unos meses. Pero lo usé en un trabajo de investigación. Lo he leído muchas veces. Ahora lo publicaré en el Perú. Es una novela rara y maravillosa, pero eso ustedes ya lo saben. Eso fue lo que encontré.
Publicado originalmente en 1999, Sobre la felicidad a ultranza es el primer libro de Ugo Cornia (Módena, 1965), quien luego escribiría otros como Roma y La historia de mi tía. Este tomo llega a Argentina con traducción de Francisco de Julio Carrobles, en edición de Periférica; en ese catálogo también se consigue, por caso, 
Moby Dick (1851), de 
