Fábula del miedo a volar
Siempre he pensado que Bob Marley nunca tuvo miedo a volar porque su cara era de encontrarse muy agustito, yo creo que siempre estaba cogiendo altura. A mí me pasaba todo lo contrario: tengo mucho pánico a volar. Una vez me salió un avión dentro de un Kinder Sorpresa y me entró un miedo que me comí el chocolate, el papel de aluminio que lo envuelve, el papel de las instrucciones y todas las piezas del avioncito por si acaso se le ocurría despegar.
Solo había un motivo de fuerza para que yo me montara en un avión, y ocurrió: se volvieron a unir los Café Quijano y Loco Mía. Así que no me quedó otra que salir corriendo para el primer avión que partía hacia Washington (Illinois). Iba con más miedo que Massiel cuando se enteró de que iba a cerrar la fábrica de Bacardi, que casi se muere del susto. Pues así estaba yo cuando llegué al aeropuerto, más tenso que cagando sin pestillo, tenía caquita. Habría dado lo que fuera porque me hubiesen pesado, me hubieran puesto una pegatina de Iberia y me hubieran metido en la cinta mecánica de las maletas; por lo menos donde van las maletas no hay ventanas y no se ve la altura tan grandísima a la que se vuela. Lo único malo de ser maleta en un avión de Iberia es que no sabes nunca en qué país vas a acabar.
Me monté en el avión, me senté, me puse el cinturón y el pitón de la moto. El avión se puede caer pero yo me quedo sentao. A continuación entró el chófer del aparato, que digo yo que para esto del avión seguramente haya que tener el B-1 y el de remolque, aunque por otro lado tiene que ser más fácil de conducir que un coche, porque ni tienen señales, ni semáforos ni líneas discontinuas y todo se lo dicen por los auriculares, así que yo creo que la mayoría de los chóferes de avión irán todo el camino haciendo sudokus o recortables, digo yo, y eso pensarlo me da muchísima seguridad. Lo más complicado para un piloto es saber cuál es el botón del parabrisas cuando llueve, la luz larga y, sobre todo, el freno de mano por si quieres hacer un trompo pa sorprender a los colegas.
De pronto, aparecieron en el avión una legión de azafatas y se pusieron a bailar delante mío moviendo las manos señalando para todos lados y haciendo cosas muy raras. Y dije yo para mí: «Hay que ver el tiempo que hace del Macarena y aún no han pillao el baile», parecía más bien que estaban bailando Los pajaritos.
El avión empezó a hacer un ruido que parecía un ensayo de Mayumaná, sonaba como si hubieran puesto en la cola del avión una hormigonera haciendo mezcla. Aquello empezó a coger altura y me dice la azafata que no me preocupe, que el flotador está debajo del asiento. «Qué graciosa —le contesto—. ¿Y si nos estrellamos en Albacete? A no ser que caigamos en la piscina del alcalde, el flotador me va a valer pa poco, así que si no te importa me puedes cambiar el flotador por un paracaídas o por una botella de ginebra Gordons pa aguantar el viaje que me queda».
Me trajeron de comer una bandeja llena de cosas, todo lo que te ponen de comer en el avión es a la jardinera. Me lo comí todo y a continuación me pusieron un café a la jardinera con un geranio pa mojarlo. Cuando me tomé el café me pegó un apretón de esos de caída libre, el café era soltón, de esos que no hacen noche. Me quité los dieciocho cinturones, el pitón de la moto, me saque el flotador del pato (que lo llevaba puesto a la cintura) y los manguitos y salí corriendo para el baño del avión.
Cuando entré lo primero que dije fue: «¡Ole el arquitecto, cómo ha sabido aprovechar el hueco, que tío!». Solo le faltaba el bidé, cómo había sabido colocarlo todo, hasta la jabonera. Lo mejor era la taza, de teflón como las sartenes: así no hace frenazo. Con razón no pusieron escobilla, caían las canoas solitas de un tirón sin dejar rastro, eso se agradece en un váter muchísimo. Lo malo de hacer tus cosas en el baño del avión son las turbulencias, que te puedes pegar un majazo contra la jabonera a la primera de cambio. Pero lo más peligroso del baño del avión es el momento de hacer caca. Amigos, si tenéis la necesidad imperiosa de hacer caca, cuando terminéis poneos de pie, no le deis al botón sentados, que cuando le das al botón aquello pega un rugido que chupa todo lo que pilla en su camino.
Al salir del baño me senté en mi sitio y el avión empezó a moverse al ritmo de Paquito el chocolatero. Yo no había pasao más miedo en mi vida. Se encendían muchas luces y escribí mi testamento en una servilleta mientras el chófer decía por los altavoces (que, por cierto, Dolby Pro Logic no son porque se escuchan mu malamente): «No se preocupen, estamos pasando por una zona de turbulencias, ciclones, tornados y tormentas eléctricas». Después de escucharlo la verdad es que te quedas mucho más tranquilo.
Cuando aterrizó el avión abracé a la señora jubilada de ochenta y seis años que llevaba sentada a mi lado y le dije a la azafata que solo había faltado que nos hubieran puesto la película Viven. Ahora entiendo por qué el Papa cuando se bajaba de los aviones besaba el suelo. Es normal, con el miedo que se pasa yo estuve a punto de pegarme un morreo con el suelo, con la vieja de ochenta y seis años y con el chófer del avión. Aunque, la verdad, se lo hubiera dado a la azafata, que estaba tela de buena, pero eso creo que también hubiera resultado demasiado peligroso.