Un país de luto frente a un Gobierno de fiesta

img_6068

El PSOE había decidido que esta campaña electoral iba a ser un divertimento. Lo tenían todo listo: Una sucesión de bailes, besos, abrazos y declaraciones de amor con los que Pedro Sánchez pretendía cambiar el decorado de una legislatura que se le ha ido llenando de causas judiciales, sospechas de corrupción y explicaciones pendientes. Había que hablar de sentimientos, de entusiasmo, de alegría, de que bonito es el amor, de resistencia frente a quienes supuestamente quieren destruirlos. Había que convertir la política en un espectáculo populista, sentimentaloide, azucarado y desenfadado. Cualquier cosa antes que hablar de lo que realmente preocupa a los españoles.

El presidente necesitaba una campaña amable, casi festiva, en la que las imágenes sustituyeran a las explicaciones. Begoña Gómez en los mítines, los besos ante las cámaras, los bailes y esa exhibición de amor cursi convertida en argumento político. El PSOE quería que los ciudadanos participaran de una especie de fiesta colectiva mientras sobre el Gobierno seguían acumulándose los problemas: El caso Koldo, Ábalos, Santos Cerdán, las investigaciones que afectan a Begoña Gómez y a David Sánchez, las derivaciones del caso Leire Díez y las numerosas preguntas que todavía esperan respuesta. Una trama de asuntos judiciales que no se resuelve con una canción, un abrazo o una declaración de amor. Pero la realidad tiene la mala costumbre de irrumpir en las campañas electorales sin consultar a sus estrategas. Y esta vez ha sido Urda.

Sesenta y nueve muertos. Sesenta y nueve vidas truncadas en una nueva tragedia ferroviaria que ha dejado familias destrozadas y un país pendiente de saber qué ocurrió. Mientras el Gobierno preparaba su relato electoral, los equipos de emergencia trabajaban entre los restos de los trenes y los familiares recorrían hospitales buscando a los suyos. No hay espectáculo político que pueda competir con esa imagen, no hay discurso sentimental que consiga explicar a una madre por qué su hijo no ha vuelto a casa, a una mujer por qué su marido no responde al teléfono o a unos padres por qué tienen que identificar el cuerpo de su hijo.

Y lo que más duele es que España lleva demasiado tiempo viviendo de duelo en duelo. Desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, el país ha atravesado tragedias de dimensiones extraordinarias. No todas tienen la misma causa, ni todas pueden atribuirse al Gobierno, desde luego sería injusto y poco riguroso hacerlo, pero todas forman parte de una memoria colectiva que merece respeto y, sobre todo, respuestas cuando existen responsabilidades públicas que esclarecer.

La pandemia dejó, según el INE, 146.619 fallecidos por COVID identificado entre marzo de 2020 y diciembre de 2022. Una cifra estremecedora que marcó a toda una generación y cuya gestión sigue mereciendo una evaluación rigurosa. En 2021, el volcán de La Palma sepultó viviendas, explotaciones agrícolas y proyectos de vida. En junio de 2022, la tragedia de la valla de Melilla dejó hasta 37 posibles víctimas mortales, trece personas murieron en el incendio de las discotecas de Atalayas, en Murcia. En octubre de 2024, la DANA dejó 238 víctimas mortales según el balance oficial, una catástrofe que puso bajo sospecha la gestión de las alertas y de la emergencia y que sigue teniendo derivaciones judiciales y políticas. En 2026, la tragedia de Ceuta volvió a recordarnos que las fronteras también pueden convertirse en escenarios de muerte con un balance de 97 posibles víctimas mortales, eran en su mayoría, ciudadanos marroquíes, y no hay que olvidarlos por eso. Después llegó Adamuz, con 46 muertos, y ahora Urda, con otros 69. Dos accidentes ferroviarios que obligan a mirar de frente el estado de nuestras infraestructuras, los sistemas de seguridad, el mantenimiento y la capacidad de las administraciones para prevenir y responder, y la corrupción que se mueve en la trastienda del Ministerio de Transportes. Dos tragedias que no pueden despacharse con una comparecencia, una promesa de investigación exhaustiva y unos días de luto oficial. Hay una frase de George Santayana que convendría tener presente en estos momentos: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Recordar no es recrearse en el dolor ni utilizar a los muertos para alimentar una disputa partidista, es precisamente lo contrario: impedir que las víctimas se conviertan en una cifra que desaparece de la conversación pública cuando deja de ser políticamente rentable. Y en Urda hay, hay mucho que explicar porque las familias de las victimas no necesitan una campaña de comunicación, necesitan saber por qué murieron sus seres queridos, qué se va a hacer para que no vuelva a ocurrir y quienes son los responsables de esas muertes. El dolor de los ciudadanos no puede convertirse en una molestia para el calendario electoral.

Lo verdaderamente inquietante de esta legislatura es la sensación de que el Gobierno siempre encuentra una forma de esquivar el fondo de los problemas. Cuando la corrupción ocupa los titulares, se habla de bulos, de conspiraciones y de ataques personales. Cuando hay que dar explicaciones sobre la gestión, se busca un adversario al que responsabilizar. Cuando se produce una tragedia, se multiplican las declaraciones solemnes, las promesas de transparencia y las apelaciones a la unidad. Después, poco a poco, el asunto desaparece de la conversación política y el Gobierno vuelve a ocuparse de su supervivencia. Pero las víctimas no desaparecen, tampoco las familias que han perdido a alguien, ni los afectados que siguen esperando ayudas, ni quienes reclaman que se depuren responsabilidades. No se puede gobernar un país a base de gestionar el siguiente titular.

Pedro Sánchez, ignorando todo lo que llevamos a nuestras espaldas los españoles, que queda claro que le importamos poco o nada, quería una campaña de besos, bailes y amor, una campaña en la que el presidente pudiera presentarse como víctima de una persecución y convertir su intimidad en un escudo frente a las preguntas incómodas, pero Urda ha devuelto al país a una realidad que no admite coreografías. Hay 69 familias que tienen que aprender a vivir con una ausencia irreversible y millones de españoles que tienen derecho a exigir explicaciones.

España no necesita un presidente que le prometa amor eterno desde un escenario, precisa de un Gobierno que proteja a sus ciudadanos, que mantenga sus infraestructuras, que disponga de medios para investigar las catástrofes y que no confunda la comunicación política con la responsabilidad pública. Porque mientras el PSOE preparaba una campaña para entretener a los españoles, los españoles seguían enterrando a sus muertos, y esa distancia entre el espectáculo del poder y el sufrimiento de la sociedad es, quizá, una de las imágenes más desoladoras de esta legislatura.

Son las doce del mediodia. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior de es de 20 grados.

La corrupción mata: Oscar Puente.

img_6066

A los muertos no nos los devolverá nadie, pero a sus familias les debemos algo más que condolencias: la verdad, la justicia y la exigencia de responsabilidades.

Detrás de cada víctima hay una vida interrumpida y una familia condenada a aprender el significado de la palabra ausencia. Padres que no volverán a abrazar a sus hijos, hijos que crecerán sin sus padres, parejas que tendrán que enfrentarse a una casa vacía en la que falta alguien. Miguel Hernández escribió: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. No conozco una manera más precisa de acercarse al sufrimiento de quienes hoy buscan a los suyos, esperan noticias o intentan aceptar que alguien a quien amaban no volverá a cruzar la puerta de casa. Hoy es el día del dolor, pero después llegará la rabia, la necesidad de saber qué ocurrió, qué falló y si la tragedia pudo haberse evitado. Ninguna familia debería tener que librar, además del duelo, una batalla para conseguir respuestas.

Mientras tanto, Óscar Puente ha señalado la actuación de un trabajador del centro de control de Adif que autorizó al AVE a reanudar la marcha después del fallo del sistema LZB. El ministro ha tenido el santo cuajo de calificar la decisión de errónea e inexplicable. Ni que decir tiene que hay que ser un canalla de tamaño natural para cargar toda la responsabilidad de un sistema que falla de continuo, y del que el es el responsable sobre los hombros de un trabajador. La investigación deberá establecer qué sucedió y quiénes son responsables, pero hay una pregunta que no puede quedar sepultada bajo la explicación de un posible error humano: ¿Quién responde políticamente por el funcionamiento del sistema que debía garantizar la seguridad?

Los trabajadores tienen responsabilidades, pero también las tienen quienes dirigen, supervisan, mantienen y organizan los servicios públicos. Señalar al operario antes de que se conozcan todas las circunstancias no puede convertirse en una coartada para que quienes ocupan los despachos se laven las manos. Oscar Puente debería plantearse su dimisión o si el no se la plantea, Pedro Sánchez, el presidente del gobierno, debería cesarle, porque la responsabilidad política existe precisamente para que quienes dirigen un ministerio respondan ante los ciudadanos. Un cargo público no puede limitarse a esperar el resultado de una investigación judicial para decidir si debe rendir cuentas por su gestión.

Y hay un contexto que no puede ignorarse: la sombra de la corrupción sobre el Ministerio de Transportes durante la etapa de José Luis Ábalos. El caso Koldo y las investigaciones sobre presuntas irregularidades en contratos y adjudicaciones de obra pública han erosionado la confianza en una institución que administra recursos esenciales para el país. Los tribunales deberán determinar las responsabilidades individuales, sin que las sospechas puedan presentarse como condenas. Pero la exigencia de transparencia es ineludible. Aun no hay pruebas que permitan atribuir a esa corrupción la causa de este accidente. Sería irresponsable afirmarlo. Sin embargo, hay una verdad que conviene recordar: la corrupción mata cuando desvía recursos destinados a proteger a las personas, debilita los controles o coloca los intereses privados por encima de la seguridad pública. Por eso es imprescindible investigar, fiscalizar y exigir garantías. Cada euro público debe servir al interés general, no al enriquecimiento de nadie.

Tampoco se puede olvidar la actitud de Puente ante las preguntas incómodas sobre Renfe. Cuando un periodista cuestiona los fallos de un servicio público, la respuesta de un ministro debe ser información, no descalificación. Preguntar por la seguridad ferroviaria no demuestra una mente retorcida ni convierte a nadie en ultraderechista, es simplemente ejercer el periodismo y exigir explicaciones al poder. Cuando un ministro se permite el lujo de convertir su mala gestión al frente de un ministerio en un espectaculo televisivo, mientras las familias de las víctimas, en este caso las de Adamuz, intentan reconstruir una vida que ya nunca será la misma, estamos ante un especimen de la mejor raza de los desaprensivos, y no estoy hablando de prohibir el humor ni de exigir solemnidad perpetua, simplemente se trata de entender que hay momentos en los que el espectáculo sobra y la responsabilidad no admite distracciones, pero eso a Oscar Puente, me temo, que le da igual. Desgraciadamente al ministro le podemos considerar uno de los maximos exponentes de los seguidores de esta frase: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

Un país decente no se mide por la solemnidad de sus condolencias, sino por la verdad que está dispuesto a revelar, las responsabilidades que se atreve a exigir y la capacidad de impedir que vuelva a suceder. Los muertos no pueden esperar. Sus familias no merecen excusas, y ningún ministro debería dormir tranquilo si, teniendo la obligación de proteger a los ciudadanos, no lo ha hecho y ni siquiera ha sido capaz de explicar qué falló, porque probablemente no le conviene esa explicación.

Son las once de la mañana. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 15 grados.

La partida siniestra del sanchismo: cuando las fichas negras se comen entre ellas

Francisco Martín se ha quedado sin sitio en las listas electorales y sin el paraguas de protección política que le permitía seguir en primera línea, su dimisión como delegado del Gobierno en Madrid llega después de perder la batalla por su continuidad en el PSOE y en medio de las sospechas de que las guerras internas del partido han terminado pasándole factura. El hombre que estuvo cerca de Pedro Sánchez cuando este necesitaba recuperar el poder se encuentra ahora fuera del tablero. En esta partida siniestra, las fichas negras se comen entre ellas.

Francisco Martín no era un peón cualquiera era la torre, presidió Bancal de Rosas, la asociación que canalizó las donaciones para las primarias de 2017 en las que Pedro Sánchez recuperó el liderazgo del PSOE, y formó parte del círculo de confianza que acompañó al presidente en su regreso. Durante años ocupó puestos de responsabilidad en La Moncloa, hasta convertirse en delegado del Gobierno en Madrid, pero la fidelidad al líder no siempre garantiza un lugar cuando llega la hora de repartir las posiciones. Martín se ha quedado fuera de las candidaturas socialistas para las elecciones del 29 de noviembre y ha optado por abandonar su puesto. Su explicación —“No se dan las condiciones para continuar” — es tan escueta como insuficiente para despejar las incógnitas políticas que deja su salida. El trasfondo apunta a las heridas abiertas en las primarias municipales de Madrid. Martín había respaldado tácitamente a Enma López frente a Reyes Maroto, que contaba con el apoyo de Óscar López, secretario general del PSOE madrileño. Maroto ganó y Enma López quedó apartada de la dirección municipal. Meses después, Martín tampoco encuentra acomodo en las listas. Lo cierto es que no existe una prueba pública que permita afirmar que Óscar López ordenó su exclusión como represalia, pero la coincidencia alimenta esa interpretación dentro de una organización en la que las disputas internas rara vez terminan el día en que se proclama un vencedor. La pregunta no es solo por qué Martín se marcha, sino quién ha dejado de considerar útil su presencia y qué margen le quedaba para seguir ejerciendo el cargo sin respaldo orgánico, porque quedarse sin una candidatura no significa únicamente perder una expectativa electoral, significa también, perder influencia, capacidad de negociación y parte del paraguas político que protege a quienes forman parte del núcleo de poder. Mientras se mantiene ese respaldo, las decisiones incómodas se amortiguan; cuando desaparece, cada movimiento se vuelve más difícil, y así, Martín pasa así de ser uno de los hombres que acompañaron a Pedro Sánchez en su reconstrucción política a convertirse en una pieza prescindible. Shakespeare puso en boca de Julio César la célebre frase “Et tu, Brute?”  La traición, en política, rara vez llega con una declaración solemne, la mayor parte de las veces adopta la forma de una lista en la que alguien descubre que su nombre ya no aparece.

Su salida devuelve, además, a la actualidad Bancal de Rosas. En noviembre de 2025, Martín compareció en el Senado como expresidente de la asociación y declaró que esta había recaudado 128.908,08 euros mediante 2.385 donantes, sin aportaciones de personas jurídicas, y que el dinero se había destinado a gastos de campaña, también invocó la confidencialidad para no revelar la identidad de los donantes. El senador del PP Alfonso Serrano cuestionó esa falta de transparencia y planteó dudas sobre determinadas aportaciones, pero Francisco Martín rechazó las insinuaciones y defendió la legalidad de la actuación de la asociación. Por su parte, un informe jurídico encargado por la gestora socialista en 2025 habría señalado posibles incompatibilidades del sistema de micromecenazgo con la legislación sobre financiación de partidos. Esas dudas merecen aclaraciones documentales, pero no equivalen por sí mismas a una irregularidad declarada judicialmente, tampoco hay pruebas públicas de que la controversia sobre Bancal de Rosas explique su dimisión. Lo que sí queda a la vista es una paradoja conocida en el PSOE de Sánchez: quienes ayudaron a construir su poder pueden terminar descubriendo que no tienen garantizado un lugar en él. Francisco Martín pierde el puesto y el respaldo que lo acompañaba; Óscar López conserva el control orgánico del socialismo madrileño, y las preguntas sobre la financiación de aquella campaña siguen abiertas. En el tablero, las fichas negras se comen entre ellas. El alfil negro se come a la torre negra. Inaudito. La incógnita ahora es quién decide qué pieza debe sacrificarse y cuánto tiempo conserva su protección quien todavía cree jugar en el mismo equipo que el rey.

Son las once de la noche. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 14º

En la violencia los muertos siempre los ponemos nosotros

La convivencia democrática empieza a resquebrajarse cuando la política deja de intentar convencer al adversario y se propone destruirlo. No ocurre de golpe. Primero se descalifica, después se deshumaniza y, finalmente, se presenta la hostilidad como una forma legítima de compromiso político. España lleva demasiado tiempo recorriendo ese camino, y las últimas polémicas, desde las declaraciones atribuidas a representantes de Más Madrid sobre quemar la Comunidad de Madrid hasta los incidentes ocurridos en A Coruña, vuelven a situarnos ante una pregunta incómoda: ¿en qué momento hemos empezado a aceptar como parte del paisaje lo que debería provocarnos una alarma democrática? Conviene precisar los hechos en cada caso y no confundir una declaración, una amenaza y una agresión, pero esa cautela no impide señalar un problema de fondo: el lenguaje de la violencia se está abriendo paso en un espacio público que debería servir para resolver las diferencias, no para agravarlas. Cuando se habla de quemar instituciones o se producen episodios de confrontación que desbordan los cauces de la protesta, no basta con buscar una explicación partidista que permita absolver a los propios y condenar a los contrarios, hace falta preguntarse qué responsabilidad tienen quienes contribuyen a crear ese clima.

La respuesta empieza por quienes ocupan cargos públicos. Un político no es un ciudadano cualquiera cuando habla desde una tribuna institucional, ante sus militantes o a través de las redes sociales. Sus palabras tienen una capacidad de propagación y legitimación que no puede ignorar. Si, y me diréis esto es libertad de expresión. Ya. Claro. La libertad de expresión protege la crítica, incluso la más incómoda, pero no convierte la amenaza en una virtud ni obliga a confundir la provocación con la valentía, ni la incitación a la violencia tiene que ver con ella.

En El político y el científico, Max Weber distinguió entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La diferencia sigue siendo pertinente porque no basta con proclamar que uno defiende una causa justa; también hay que asumir las consecuencias previsibles de los medios que utiliza para defenderla. Quien alienta la confrontación para obtener un beneficio inmediato no puede desentenderse después del ambiente que ha contribuido a crear. Y, sin embargo, esa parece ser una de las tentaciones de nuestro tiempo. Cuando determinados dirigentes perciben que pierden respaldo, influencia o capacidad para marcar la agenda, algunos optan por subir el volumen, y en lugar de explicar sus errores, rectificar o discutir sobre resultados, convierten cada desacuerdo en una batalla moral entre quienes supuestamente representan el bien y quienes encarnan el mal. El adversario deja de ser alguien al que derrotar en las urnas y pasa a presentarse como una amenaza que debe ser neutralizada. Y parece que vale todo. Ese desplazamiento no es inocente. Si se convence a los ciudadanos de que el contrario constituye un peligro intolerable, cualquier reacción puede terminar pareciendo justificada. La desmesura se normaliza, el insulto pierde su capacidad de escandalizar y la siguiente provocación necesita ser todavía mayor para conseguir el mismo efecto. La política entra así en una espiral en la que nadie parece dispuesto a bajar primero la voz por miedo a que el gesto se interprete como una derrota.

Hay, además, un aspecto que me preocupa especialmente: la posibilidad de que actores con intereses e ideologías radicalmente distintos estén contribuyendo, cada uno por su cuenta, a alimentar esta dinámica. No sostengo que exista una coordinación entre ellos ni que haya una dirección común detrás de los episodios de crispación. Para afirmar algo así harían falta pruebas. Hablo de una coincidencia de incentivos que merece atención. A unos les puede interesar movilizar a sus votantes mediante el miedo; a otros, conseguir notoriedad, seguidores o presencia constante en la conversación pública. Algunos encontrarán en la indignación una herramienta electoral; otros, una forma de mantener su influencia, incluso quienes se presentan como enemigos irreconciliables pueden acabar beneficiándose de un escenario en el que cada declaración incendiaria provoca una respuesta todavía más agresiva y todos encuentran motivos para seguir alimentando el enfrentamiento. El resultado es perverso: quienes parecen estar en las antípodas terminan reforzando una misma lógica. La discusión pública se convierte en un intercambio de agravios, los matices desaparecen y la ciudadanía recibe el mensaje de que moderarse equivale a rendirse. No hace falta imaginar una conspiración para comprender que un sistema de incentivos puede premiar comportamientos perjudiciales para el conjunto de la sociedad.

Hannah Arendt advirtió en Sobre la violencia, la necesidad de distinguir el poder de la violencia. El poder político se sostiene en la capacidad de actuar colectivamente y en el reconocimiento de una legitimidad compartida; la violencia, en cambio, puede destruir esa legitimidad, pero no sustituirla de manera duradera. La idea resulta especialmente útil cuando se observa cómo algunos confunden la capacidad de intimidar con la fortaleza y el ruido con el liderazgo.

Tampoco los medios de comunicación somos ajenos a esta responsabilidad. Cada declaración extrema ofrece un titular inmediato, multiplica las reacciones y alimenta el ciclo de la polémica. Informar de ellas es necesario; convertirlas en un espectáculo sin contexto ni consecuencias es otra cosa. Las redes sociales añaden un incentivo adicional: la frase más agresiva suele viajar más lejos que la explicación más rigurosa, en ese entorno, la moderación puede parecer irrelevante y la exageración, una estrategia eficaz. Pero una sociedad democrática no puede organizarse alrededor de la indignación permanente. La discrepancia forma parte de su naturaleza, y sería un error pretender que todos los ciudadanos compartieran las mismas ideas o que el debate político se desarrollara sin tensión. Lo que debemos exigir es algo mucho más elemental: que la rivalidad tenga límites, que las amenazas no se disfracen de protesta y que la responsabilidad no desaparezca cuando el autor de una barbaridad pertenece a nuestro propio bando. Esa exigencia debe aplicarse sin excepciones porque no es coherente condenar una amenaza y justificar otra porque procede de alguien ideológicamente cercano ni tampoco cabe establecer equivalencias automáticas entre episodios distintos: cada hecho merece una investigación y una valoración proporcionadas a sus circunstancias. Precisamente por eso necesitamos menos propaganda y más rigor, menos condenas selectivas y más principios compartidos.

La convivencia no consiste en evitar los conflictos, sino en impedir que se conviertan en una forma de intimidación. Los representantes públicos tienen una obligación especial de preservar ese espacio común, aunque les resulte tentador explotarlo electoralmente. A los ciudadanos nos corresponde no premiar sistemáticamente a quienes convierten cada diferencia en una guerra. España no necesita una política sin adversarios, precisa de una política en la que el adversario siga siendo un ciudadano con los mismos derechos, aunque defienda ideas que nos parezcan equivocadas. Si perdemos esa distinción, el problema dejará de ser una declaración desafortunada o un episodio concreto de violencia y será que hemos empezado a aceptar como normal que la convivencia democrática tenga que pagar el precio de las ambiciones de quienes viven de la confrontación. Y ese precio, conviene recordarlo, nunca lo pagan solamente quienes pronuncian las palabras. Lo paga el conjunto de la sociedad, ya saben que cuando estalla la violencia en una sociedad, los muertos, las bajas siempre corren de nuestra cuenta. Les recomiendo que no se presten a ese siniestro juego.

Son las once de la noche. Llueve a raudales en La Toja y la temperatura exterior es de 10º.

 

Pedro Sánchez, esa fantasía #29N

La realidad tiene la costumbre de estropear los planes más hermosos. Dostojevski no conoció a Pedro Sánchez, pero, de haber coincidido con él, probablemente habría dedicado varios tomos de Los hermanos Karamázov a estudiar cómo un hombre puede convertir cada catástrofe en una oportunidad y además explicarla. Lo nuestro ya no es una crisis política: es una producción de Netflix con presupuesto de Estado, guionistas en busca de abogado y un protagonista que se niega a morir al final del capítulo porque todavía quedan tres temporadas de contrato. Si Berlanga levantara la cabeza, no sabría si ponerse a escribir el guion o pedir una subvención para documentarlo. Asistimos a una mezcla de La escopeta nacional, Los ladrones somos gente honrada y un sumario judicial que no hay secretario de juzgado capaz de ordenar sin recurrir a un exorcista. La diferencia es que en las películas uno compra una entrada, se ríe y se va a casa. En España uno paga la entrada, financia el decorado, mantiene a los actores y, cuando pregunta por el argumento, le llaman facha.

Pedro Sánchez continúa en el centro del escenario, por supuesto. Sánchez no abandona el poder ni, aunque se desplome el teatro, arda el patio de butacas y el apuntador salga corriendo con el extintor, él permanece bajo los focos, impecable, con esa sonrisa de quien acaba de descubrir que el incendio es una campaña de desprestigio de la oposición y que el humo procede de una estrategia de desinformación. Si se hundiera el Titanic, Sánchez comparecería desde un bote salvavidas para anunciar que España ha conseguido reducir la distancia entre la cubierta y el nivel del mar, que el capitán está comprometido con la transparencia y que el iceberg pertenece a una trama ultraderechista internacional. Luego besaría a Begoña justo antes de lanzarla al mar.

A su alrededor, el PSOE parece una comunidad de vecinos en la que ha reventado una tubería, el agua llega al quinto y el presidente de la escalera convoca una asamblea para denunciar que el verdadero problema es la crispación. Uno achica agua, otro niega que exista una inundación, un tercero acusa al vecino del segundo de haber comprado una fregona con financiación extranjera y un cuarto propone crear una comisión para estudiar la humedad con perspectiva de género. El fontanero, entretanto, espera en el portal con la factura sin cobrar y una orden de alejamiento del comité federal, mientras desde los balcones le gritan: ¡facha!

La especialidad de ‘Casa Sánchez’ es el olvido selectivo. No hablo de una pérdida de memoria convencional, de esas que preocupan a los neurólogos, sino de una modalidad política de precisión suiza. Se recuerdan los votos de una investidura, el discurso de un adversario pronunciado en 2016, el nombre del periodista que hizo una pregunta incómoda y hasta la matrícula del coche que aparcó en doble fila frente a Ferraz, pero basta con preguntar por determinadas reuniones, mensajes, intermediarios o contratos para que el cerebro del compareciente se convierta en una urbanización fantasma. Hay dirigentes del PSOE que parecen haber atravesado la vida pública como quien viaja en el metro sin validar el billete. Estaban allí, llegaron a su destino, compartieron vagón con todo el mundo y, cuando aparece el revisor, descubren una súbita vocación por contemplar el techo. “No me consta”, dicen. “No recuerdo”, añaden. “No tengo conocimiento”, concluyen. A este paso, los interrogatorios tendrán que empezar con un test de memoria y terminar con una merienda de galletas, porque algunos políticos salen de una comparecencia sin recordar ni el motivo por el que han entrado. Y es entonces cuando aparece el repertorio de explicaciones, esa antología del eufemismo que debería estudiarse en las facultades de Filología. Si surge una información incómoda, es una campaña de la derecha; si se amplía, una operación de la ultraderecha; si aparecen documentos, una maniobra de la fachosfera; y si alguien pregunta por qué nadie responde a lo que se pregunta, está contribuyendo a la crispación.

La izquierda de Pedro Sánchez ha vivido durante años instalada en una superioridad moral que parecía adquirida por oposición, no bastaba con discrepar del adversario: había que explicarle que era peor persona, peor ciudadano y, si se terciaba, peor especie zoológica. Se repartían carnés de decencia desde una atalaya ética tan elevada que para bajar de ella hacía falta un helicóptero del Ministerio de Transportes, pero la virtud tiene un inconveniente: cuando uno la vende como producto estrella, después debe acreditar la entrega, y la factura puede llegar en el momento más inoportuno. Porque presentarse como el departamento de calidad moral de la humanidad tiene sus riesgos. Si uno presume de ser el cirujano de la corrupción, cualquier mancha en la bata exige una explicación. No basta con decir que la mancha es pequeña, que la bata es de buena marca o que el cirujano de la oposición tiene las mangas más sucias. La cuestión es quién ha entrado en el quirófano, qué ha hecho y por qué el paciente lleva tres horas esperando a que alguien le opere. Aquí conviene recordar a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. La frase debería figurar en la entrada de algunos despachos oficiales, grabada en una placa de bronce y con un pequeño botón para actualizar los principios cada vez que cambian las necesidades parlamentarias. Lo que ayer era una línea roja hoy es una alfombra; lo que ayer resultaba inadmisible hoy constituye un ejercicio de responsabilidad histórica; y lo que ayer amenazaba la convivencia hoy es imprescindible para salvar la democracia. Las líneas rojas de este Gobierno tienen menos consistencia que una promesa de dieta en una pastelería de Viena.

Pedro Sánchez ha conseguido convertir la supervivencia política en una disciplina olímpica. Hay atletas que entrenan durante años para correr cien metros, pero, ya ven, él lleva años corriendo cien metros sin moverse del despacho. Pura magia. Cada revés se transforma en una epopeya, cada contradicción en una adaptación al contexto y cada derrota en una victoria moral que todavía no ha sido comprendida por el electorado. ¡Somos tan torpes que no le entendemos! Si pierde apoyos, está más fuerte que nunca; si se queda solo, lidera una resistencia histórica; si cambia de opinión, demuestra flexibilidad y si mañana defendiera exactamente lo contrario de lo que sostiene hoy, siempre habría alguien en televisión dispuesto a explicar que no estamos ante una contradicción, sino ante una lectura dinámica de las circunstancias geopolíticas. El problema es que gobernar y sobrevivir no son exactamente la misma cosa. Gobernar consiste en resolver problemas; sobrevivir políticamente consiste en conseguir que los problemas no terminen resolviendo al gobernante. Sánchez ha elevado esta segunda actividad a la categoría de arte contemporáneo:  en una exposición, una silla rota puede representar la fragilidad de las instituciones; en la Moncloa, una crisis puede representar una oportunidad para reforzar el liderazgo. Todo depende del catálogo y de quién pague la entrada.

La política española se ha convertido, además, en un concurso televisivo de duración indefinida. Cada mañana se abre el telón y aparece un nuevo episodio. Hay intrigas, empresarios, mensajes, declaraciones, dimisiones y personajes secundarios que aseguran no haber conocido jamás al protagonista, aunque hayan compartido con él tantas fotografías que podrían editar una colección de cromos. El ciudadano desayuna con una exclusiva, come con una rectificación y cena con una información que obliga a reinterpretar el desayuno. En esta situación, ya os digo que, los tertulianos deberían trabajar con casco y los españoles deberíamos contratar un seguro contra el sobresalto informativo. En cualquier otro país, un escándalo provocaría explicaciones, responsabilidades y quizá alguna dimisión. En España puede provocar un comité, dos entrevistas, tres comunicados, una comparecencia de cuarenta minutos y un documento de 180 páginas que demuestra, de manera irrefutable, que el Gobierno está profundamente preocupado por la preocupación de los ciudadanos. La montaña pare un ratón y, antes de que el ratón pueda salir corriendo, se constituye una comisión para estudiar si pertenece a una familia de roedores de extrema derecha. Pero lo verdaderamente fascinante es la fe inquebrantable de algunos dirigentes en la capacidad de los españoles para no darse cuenta de nada. Como si hiciera falta un máster en Derecho Administrativo para distinguir entre una explicación y una excusa, entre una denuncia y una condena, o entre una responsabilidad política y una pirueta verbal. Los ciudadanos pueden aceptar que una investigación no pruebe un delito; lo que no tienen por qué aceptar es que se les trate como si preguntar por los hechos constituyera una agresión a la democracia. Y mientras tanto, la izquierda sanchista continúa intentando resolver una contradicción monumental: quiere conservar la imagen de superioridad moral que la llevó al poder sin renunciar a la maquinaria política que le permite mantenerse en él. Es como pretender hacer una tortilla sin romper los huevos y, cuando alguien señala que la sartén está vacía, organizar una rueda de prensa para denunciar el machismo de la gallina.

No todo el PSOE es Sánchez, ni toda la izquierda comparte sus decisiones, ni cada denuncia implica culpabilidad. En cualquier organización hay personas honestas, servidores públicos competentes y militantes que creen sinceramente en sus ideas, precisamente por eso resulta tan perjudicial que la defensa del líder termine confundida con la defensa del partido, y que la defensa del partido se presente como una obligación moral de toda la izquierda. Una democracia adulta no necesita fieles que aplaudan por sistema, necesita ciudadanos capaces de exigir explicaciones a los suyos con la misma intensidad con que se las exigen a los adversarios. Shakespeare escribió en Macbeth que la vida es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”. No sería justo aplicar la sentencia a toda la política española, pero hay jornadas en que uno sospecha que el bardo de Stratford se quedó corto. Aquí tenemos ruido, furia, suspense, giros argumentales y una cantidad de actores secundarios que haría imposible repartir los camerinos, pero claramente lo que falta es alguien que recuerde que el teatro existe para representar una historia, no para que el protagonista se quede con el edificio. Y así seguimos, con un presidente que parece dispuesto a resistir hasta que el último español se aprenda de memoria su argumentario, un partido que necesita más explicaciones que una hipoteca con letra pequeña y una izquierda que debe decidir si su compromiso es con un tipo o un cargo, o con los principios que lleva décadas proclamando. Mientras tanto, el país real sigue con sus asuntos: el alquiler, las pensiones, los salarios, la sanidad, los problemas cotidianos de quienes no pueden permitirse convertir cada lunes en una nueva temporada de intriga política.

La escena final, por tanto, no necesita una cita solemne ni una metáfora sobre el destino de la democracia. Basta con imaginar una reunión en Ferraz. En la mesa hay veinte dirigentes, treinta teléfonos móviles y un informe de quinientas páginas. Alguien pregunta quién se hace responsable. Se hace un silencio sepulcral. Un asesor propone crear una comisión, otro sugiere cambiarle el nombre a la crisis, un tercero recuerda que hay elecciones a la vista, y el presidente, que lleva dos horas escuchando, se levanta, se ajusta la chaqueta, se arregla el pelo, se mira al espejo, sonríe, y anuncia que todo esto demuestra la fortaleza de la democracia española, pero sobre todo la de su persona. Entonces se abre la puerta y entra la señora de la limpieza.

—Perdonen, ¿van a terminar pronto? Tengo que limpiar el despacho.

Nadie contesta. La señora mira la mesa, los papeles, los teléfonos y las caras de espanto. Suspira, recoge una carpeta y sentencia:

—Madre mía. Yo había visto mucha mierda en este edificio, pero nunca tanta gente intentando demostrar que no la ha pisado.

Y se va con la fregona, que es la única institución de la sala que todavía tiene claro cuál es su trabajo.

Son las once de la mañana. No llueve en La Toja y la temperatura exterior es de 15º.

El Puente

Esta mañana he cruzado a pie el puente que une A Toxa con O Grove. El cielo estaba limpio, de un azul casi infinito, y el mar se extendía a ambos lados, luminoso y sereno. He caminado despacio, sin ninguna urgencia por llegar, mientras la perspectiva del puente se alargaba delante de mí y mis pensamientos tomaban caminos que no había previsto. A veces basta un paseo, una determinada luz, el silencio de una mañana junto al mar, para que algo que llevamos dentro encuentre por fin las palabras.

He pensado en los puentes y en esa extraña necesidad que tenemos los seres humanos de acercarnos unos a otros. Alguien, en algún momento, debió de mirar una orilla desde la otra y sentir que la distancia no podía ser una respuesta definitiva. Supongo que así nacieron los puentes: de la imaginación, de la voluntad de alcanzar lo que parecía inaccesible, del deseo de convertir una separación en un camino. Quizá por eso me conmueven tanto, siempre me han llamado la atención, pero más que por su arquitectura, porque contienen una de las aspiraciones más hermosas de nuestra existencia: la de encontrar al otro lado a alguien o algo con quien compartir el mundo.

Octavio Paz escribió en su poema El puente, incluido en Salamandra, unos versos que parecen contener toda una filosofía del encuentro:

“Entre ahora y ahora
entre yo soy y tú eres
la palabra puente
”

Siempre me ha parecido extraordinaria esa idea de que entre el yo y el tú pueda existir un espacio nuevo, un lugar que no pertenece enteramente a ninguno de los dos y que, sin embargo, ambos pueden habitar. Encontrarse con alguien quizá consista precisamente en eso: en descubrir que nuestra vida, sin dejar de ser nuestra, se ensancha cuando otra persona entra en ella, no para ocupar nuestro lugar, sino para abrir ventanas que desconocíamos, mostrarnos paisajes que nunca habríamos descubierto a solas y acompañarnos durante un trecho del camino.

Pero hay puentes que conducen hacia otras orillas, y también los hay que nos permiten regresar a quienes formaron parte de nosotros, aunque ya no podamos encontrarlos de la misma manera. Son caminos invisibles, construidos con recuerdos, que se abren de pronto ante una fotografía, una canción, una frase familiar o un gesto que creíamos olvidado, basta a veces un detalle insignificante para que el pasado se acerque con una nitidez asombrosa, como si el tiempo se hubiera vuelto transparente por un instante. Pienso en mi padre, entonces. Hay presencias que terminan formando parte de nuestra manera de mirar, de hablar, de entender la vida, personas que nos acompañan tanto que sus huellas se confunden con las nuestras, y llega un día en que el camino hacia ellas cambia para siempre. Ya no podemos buscarlas en los lugares de antes, ni escuchar su voz cuando nos apetece, pero descubrimos que existe otra forma de acercamiento, más silenciosa y delicada: el puente de la memoria. Mi padre sigue al otro lado de muchos de esos pequeños puentes que tiendo sin proponérmelo, en una imagen, en una costumbre, en algo que me recuerda quién fui cuando él estaba cerca. No es el mismo encuentro, pero tampoco es una ausencia absoluta. Hay afectos que encuentran una manera distinta de acompañarnos y permanecen en nosotros como una luz que ya no necesita estar delante para iluminar el camino.

Quizá por eso me gusta pensar que nuestra vida está hecha de puentes de muy distinta naturaleza. Algunos nos unen a las personas que nos enseñaron a caminar; otros, a quienes nos ayudaron a levantarnos cuando perdimos el rumbo, los hay que nos acercan a viejos amigos, a amores que dejaron una huella imborrable, a quienes compartieron con nosotros una época irrepetible, y también existen los puentes que todavía no conocemos, aquellos que el futuro irá tendiendo ante nuestros pasos y que nos permitirán descubrir a personas que hoy ni siquiera imaginamos. Esta última posibilidad me parece especialmente hermosa porque a  veces vivimos tan pendientes de lo que hemos perdido, de las puertas que se cerraron o de las orillas que quedaron atrás, que olvidamos mirar hacia delante. Sin embargo, la vida conserva una asombrosa capacidad para sorprendernos. En cualquier esquina, en una conversación que comienza sin importancia o en una tarde que parecía igual a todas las demás, puede aparecer alguien capaz de modificar nuestra manera de entender las cosas, una persona que llega sin anunciarse y nos descubre que todavía quedaban habitaciones por abrir en nuestra casa interior. No sabemos quiénes serán esas personas ni cuánto tiempo caminarán junto a nosotros. Algunas se quedarán durante años; otras apenas nos acompañarán un tramo. Pero quizá no debamos medir los encuentros por su duración, sino por aquello que despiertan. Hay personas que pasan fugazmente por nuestra vida y dejan en ella una claridad que permanece mucho después, otras llegan cuando ya creíamos conocer todas las formas del afecto y nos enseñan que el corazón no es un territorio cerrado, sino un lugar capaz de transformarse.

Julio Cortázar escribió en Rayuela: “Me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado”. Hay en esa frase una verdad que conviene no olvidar, por mucho que deseemos llegar hasta alguien, el encuentro necesita dos voluntades. Podemos ofrecer nuestra mano, vencer el orgullo, llamar después de un largo silencio o atrevernos a decir que echamos de menos a una persona, pero lo que no podemos es recorrer también el camino que le corresponde al otro. Los vínculos necesitan reciprocidad, esa disposición delicada a acercarse sin que siempre tenga que ser uno quien dé el primer paso.

Con los años aprendemos que no todas las distancias nacen de una gran discusión, de un enfado o una controversia, algunas comienzan con una llamada aplazada, una palabra que no supimos pronunciar o la falsa seguridad de que siempre habrá otra ocasión. Nos acostumbramos a dejar para después aquello que más importa, como si el tiempo estuviera obligado a esperarnos, y de repente un día descubrimos que hay caminos que se han vuelto difíciles de recorrer, no porque hayan desaparecido de golpe, sino porque dejamos de transitarlos poco a poco. No siempre es posible regresar a una antigua orilla, y quizá tampoco sea necesario hacerlo. Hay vínculos que pertenecen a una etapa de nuestra vida y que debemos aprender a contemplar con gratitud, sin exigirles que vuelvan a ser lo que fueron. La memoria puede conservar lo hermoso sin convertirlo en una obligación; el cariño puede permanecer sin que tengamos que forzar un reencuentro. También hay sabiduría en aceptar que cada persona tiene su propio rumbo y que no todos los caminos están destinados a encontrarse para siempre. Mientras avanzaba esta mañana hacia O Grove, he pensado en todo esto con una serenidad difícil de explicar. En las personas que siguen a mi lado, en las que me gustaría volver a encontrar y en aquellas que, sin saberlo, me están esperando en algún lugar del futuro. He pensado que todavía quedan conversaciones por empezar, confidencias por compartir, amistades por descubrir y afectos que quizá lleguen cuando menos los espere. Y me ha parecido una forma preciosa de mirar la vida: no como un inventario de lo que hemos dejado atrás, sino como un horizonte donde aún pueden aparecer caminos nuevos.

El puente seguía tendido sobre el mar, firme y silencioso bajo el cielo azul. He vuelto la mirada hacia la otra orilla y he comprendido que, en el fondo, los puentes no sirven únicamente para llevarnos de un lugar a otro, también nos recuerdan que nunca conocemos del todo el destino de nuestros pasos, que incluso cuando creemos haber llegado a una edad en la que casi todo está decidido, la vida puede reservarnos encuentros inesperados, y que quizá una de las formas más hermosas de envejecer consista en conservar intacta la curiosidad por lo que todavía no conocemos.

He terminado mi paseo y he dejado atrás el puente de A Toxa con esa sensación que producen algunas mañanas en las que el paisaje parece decirnos algo que necesitábamos escuchar. El mar seguía en su sitio, la luz continuaba acariciando las orillas y el camino de regreso era el mismo que había recorrido al llegar, sin embargo, llevaba conmigo una idea nueva, o quizá una certeza antigua que había vuelto a hacerse visible: estamos hechos de encuentros, de recuerdos y de esperanzas, de personas que nos precedieron, de otras que nos acompañan y de aquellas que todavía están por llegar. Y tal vez, solo tal vez, la vida consista en eso: en aprender a reconocer los puentes que nos ofrece el tiempo, en agradecer los que nos permitieron llegar hasta aquí y en caminar hacia los que aún no conocemos, sin exigirle al horizonte que nos revele de antemano lo que nos aguarda. Porque mientras haya una orilla por descubrir siempre habrá una razón para seguir avanzando.

Son las 3 de la tarde. No llueve en A Toxa y la temperatura exterior es de 20º.