El lugar de los hechos. Costa Este: Detroit


Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: Detroit – Cleveland – X-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Toronto y Niagara Falls

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (la revista Calibre .38 y este blog personal), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

La ventana del Rocket Coffe le ofrece a Jonno una vista perfecta de la carcasa hueca de la Estación Central de Míchigan. La Acrópolis de Detroit. Alguna lumbrera propuso conservar las ruinas icónicas. Para eso está todo el mundo aquí, en cualquier caso. Para mirar pasmados los edificios derruidos y hacer fotografías. La única diferencia entre los hipsters que se cuelan aquí en edificios abandonados y los turistas de mediana edad en calcetines y sandalias del Coliseo es que los primeros usan más filtros en sus fotos y los segundos llevan audioguías.

Monstruos rotos. Lauren Beukes

En nuestra siguiente ruta pretendemos recorrer la costa este de los Estados Unidos así que, estando en Niagara Falls, parecería lo más lógico atravesar el Rainbow Bridge y plantarnos en Búfalo en poco más de media hora y ya habríamos cambiado de país y exactamente en dirección a la zona que queremos conocer.

Pero ni somos lógicos del todo ni queremos dejar fuera de nuestro viaje alrededor de la novela negra una ciudad que, sinceramente, consideramos que merece la pena una visita aunque sea de unas cuantas horas, no solo por su importancia en el género sino también por haber sido una urbe eminentemente musical -y la música siempre ha estado unida a la novela negra-, quizás una de las pocas ciudades que podemos asociar a un tipo de música muy concreto. ¿Les suena de algo lo de la Motown? ¿The Supremes, The Jackson 5, Stevie Wonder, Marvin Gaye? Todos salieron de aquí.

Así que decidimos hacer cerca de cuatrocientos kilómetros adicionales -una minucia al lado de los que nos quedan por cubrir- y nos desplazamos hacia el oeste para, en cuestión de cuatro horas, atravesar el Detroit Windsor Tunnel y pasar de un país con educación y sanidad pública gratuita y universal a otro en el que un policía veterano como Harry Bosch, con cuatro décadas de carrera profesional, debe decidir en un momento dado en qué usa la indemnización recibida del ayuntamiento de la ciudad en la que presta sus servicios, si en pagar los estudios universitarios de su hija o el tratamiento con el que combatir el cáncer que le han diagnosticado.

Pero tiempo tendremos de visitar Los Angeles, de momento haremos escala en Detroit, una ciudad que se ha convertido en los últimos años en el símbolo de la muerte del sueño americano.

Y serán dos mujeres, dos excepcionales escritoras, quienes nos presten su mirada para ver la ciudad como requiere la ocasión: Joyce Carol Oates y Lauren Beukes.

Oates es uno de esos nombres que siempre aparecen en las quinielas de los premios Nobel de literatura -hola, Murakami- e incluso de los Pulitzer pero que, desgraciadamente, siempre queda en eso, en un amago que no termina de fructificar. Sí ganó, sin embargo, el Pepe Carvalho -que tampoco está nada mal- por su personal tratamiento de la violencia en la novela negra según dijo el jurado en 2020.

Detroit no podía ser una excepción a la regla.

Bajando por Woodward Avenue y en la salida I-75 hacia el centro de la ciudad, descampados llenos de escombros como en tiempos de guerra. En los colmados, en los escalones de entrada de las viviendas, los callejones y las escaleras te encontrabas con madres que dependían de las ayudas del Gobierno. Ojos con párpados somnolientos que apenas se abrían para cruzarse miradas, iris tan encogidos que parecían una puntada. Veladura de crack y cocaína, la boca floja de tal manera que una sonrisa adecuada era la llave, era factible ingeniárselas para que entregaran a su criatura por una papelina, es decir, nos la “prestaran”.

Hanna Jarret, la protagonista de Babysitter, deja en paños menores a la aprendiza de Anastasia de las cincuenta sombras. Madre de dos hijos, disfrutando de una vida acomodada en una urbanización de lujo situada a veinticinco kilómetros al norte de la ciudad -en palabras de la autora, solo se la puede definir “dentro del patriarcado como una mujer que un día fue deseable y ahora es, sobre todo, madre”-, no tardará en caer en las redes de un depredador sexual al que conoce en una de esas reuniones de mujeres influyentes en el hotel Renaissance Grand, en Renaissance Place, una ciudad vallada dentro de otra que, ya en los sesenta, olía a bancarrota.

En 1967 hubo incendios en las barriadas del centro, tiroteos por las calles, francotiradores en las azoteas, saqueos, coches patrulla volcados y en llamas, un pandemónium, pero al menos no traspasó los límites de la urbe, quedó confinado a «su territorio». Solo que ahora están invadiendo las zonas residenciales, «nuestro territorio».

Ambientada en los años setenta y escrita a modo de thriller, la novela está basada en hechos reales sucedidos en la misma época en la que transcurre, en la que uno o dos hombres de la zona que nunca fueron detenidos asesinaron a varios niños. Sin embargo, que nadie pretenda encontrar una novela de acción trepidante, uno de esos pasapáginas de manual que tanto abundan cuando se trata de recrear este tipo de hechos. No, Oates procesa de otro modo y su novela es una excusa para denunciar toda una serie de temas que, desgraciadamente, siguen vivos cincuenta años después: el machismo, el trato vejatorio que reciben las víctimas de violación -independientemente de la extracción social de las mismas, que se lo digan si no a Hanna- o ese racismo que ya parece inherente a determinadas sociedades y la explotación que conlleva de los migrantes que residen entre nosotros, lo que vemos personalizado en Ismelda, la asistenta que podría pasar desapercibida en cualquier otra novela y aquí es un personaje que adquiere un peso vital en la estructura familiar de los Jarret.

No es lectura cómoda pero sí necesaria, sin duda. Angustiosa por momentos, en ocasiones el lector querrá romper esa cuarta pared que le separa de los personajes para gritarle a la protagonista que huya de la mierda en la que se está metiendo.

Más reciente es la época en que se ambienta la segunda de las novelas que nos va a permitir conocer mejor Detroit. Concretamente, 2014, un año después de la declaración de bancarrota de la ciudad, una ciudad que muestra unos signos de abandono que consideramos impropios del primer mundo. Como ejemplo, el complejo industrial de Packard -al este de la ciudad-, en su momento la instalación de fabricación de automóviles más moderna del mundo y actualmente refugio de grafiteros, exploradores urbanos, aficionados al paintball y fiestas tecno underground. 

El destino de peregrinaje número uno de la América Moribunda -dice Jonno. Pero pese a todo está impresionado. La desolación generalizada. Ladrillos rotos y pilares de cemento que sostienen el cielo. Todo empantanado por malas hierbas y grafitis. La palabra “mierda” aparece mucho, lo que parece apropiado.

Fiestas como las que se celebran en Monstruos rotos, novela coral de Lauren Beukes con un amplio reparto encabezado por la inspectora Gabi Versado, una mujer de carácter que hace suyo aquello de que todos vivimos tres versiones diferentes de nosotros mismos: una vida pública, una vida privada y una vida secreta.

Junto a ella, un equipo variopinto integrado por Bob Boyd, un tipo grande y desaseado que viste trajes flamantes para impresionar; Luke Striker, hombre con quien la inspectora mantiene una relación de las que pertenecen a su vida secreta, pintas de cafre y “la clase de tío que uno espera encontrarse con las esposas puestas y no al revés”; Marcus “Chispitas” Jones, recién salido de la academia, siempre luciendo un peinado ridículo con trenzas pegadas al cuero cabelludo rematadas por una colita de rata; Mike Croff, el zángano y bromista del equipo; Ovella Washington, muchas horas de vuelo, de Antivicio a Robos y luego a Homicidios; y en el extremo superior de la pirámide jerárquica, el capitán Joe Miranda, apodado Ol’Blue Eyes no por el color de ojos (que son marrones) sino por su frialdad a lo Sinatra.

En paralelo a este nutrido equipo y desempeñando un papel crucial en la historia nos encontraremos a Layla, la hija adolescente de Versado quien, junto a su mejor amiga, juega a flirtear por internet con un posible pedófilo para desenmascararlo. A Jonno, un periodista freelance desesperado, que con su cámara casi de aficionado trata a toda costa de conseguir la exclusiva del horror aunque tenga que introducirse en el corazón de las ruinas que invaden la ciudad. O a TK, un drogadicto de pasado turbio y ahora reformado, que procura garantizar la seguridad de su familia de la calle al tiempo que trata de encontrar su sustento introduciéndose en casas embargadas para buscar algunos bienes y enseres que vender. Y por supuesto, Clayton Broom, el escultor loco por la fama que protagoniza una de las tramas más surrealistas e inquietantes de todas.

Y el centro de todos estos personajes, la ciudad y una trama que comienza con el hallazgo del cuerpo de un niño -del tronco de un niño, concretamente- que ha sido pegado a los cuartos traseros de un ciervo. Una ciudad devastada por la ruina económica que Beukes describe como nadie ofreciendo al lector pinceladas precisas que van salpicando la novela.

Las carreteras de Detroit están construidas como radios que parten del centro hacia fuera con los kilómetros marcados. Se puede recorrer en línea recta la avenida Woodward, cruzar Eight Mile (que viene a ser la frontera de la ciudad), continuar y ver cómo el deterioro urbano se transforma en una zona residencial de extensiones de césped plagada de todoterrenos y Prius, a veces juntos, aparcados en accesos vecinales ribeteados por rosales.

Una ciudad en la que, la educación -como tantas otras cosas- no es una de sus prioridades en el presupuesto público.

El colegio no se puede permitir el mantenimiento de la biblioteca, pero tiene cámaras de vigilancia y detectores de metal. Prioridades.

Una ciudad con degradados barrios céntricos como Mexicantown o Corktown que toman el nombre de su mayoría étnica, el segundo de los dos citados por la procedencia de sus primeros pobladores, casi todos ellos emigrados del condado de Cork (Irlanda) como consecuencia de la hambruna de la patata de la década de 1840 y en cuyos límites podemos visitar esa “Acrópolis” de la que hablábamos al principio.Al margen de la trama criminal que la convierte en una novela negra, Monstruos rotos debe su título no solo a los alterados cuerpos de las víctimas sino también -principalmente, podríamos decir- a las personas rotas que buscan recomponerse de algún modo en una urbe igualmente destrozada aunque en sus fronteras exteriores ofrezca un aspecto menos desolador. Una novela que nos obliga a preguntarnos cómo es posible sobrevivir en una ciudad -no necesariamente Detroit- embargada y desahuciada.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Cleveland

El lugar de los hechos. Canadá: Toronto y Niagara Falls


Un viaje alrededor de la novela negra

Canadá: Three Pines y Quebec – Montreal – Toronto y Niagara Falls

Etapa anterior: Montreal

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (la revista Calibre .38 y este blog personal), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

-¿Por qué tú nunca te pones un vestido así?

-Para usar un vestido como ese hay que tener costumbre desde los trece años.

Niágara. Henry Hathaway

Seamos sinceros: si hacemos escala en Toronto, la ciudad más poblada de Canadá aunque no su capital, no es por esa famosa torre desde la que podremos ver Toronto entero -lo sentimos, no hemos podido evitarlo- sino por ser la ciudad en la que una de las grandes de la novela negra estadounidense, Margaret Millar, ambientó sus primeros títulos. Y Millar se merece esto y mucho más.

La historia de Margaret Millar -del matrimonio Millar, en realidad- es, cuando menos, curiosa. Nacida en 1915 en Kichtener -a pocos kilómetros al oeste de Toronto- con el apellido Sturm, contrajo matrimonio en 1938 con Kenneth Millar, nacido en Los Gatos (California) pero a quien conoció en su adolescencia en el instituto de Kichtener. El matrimonio vivió al principio en esa pequeña localidad canadiense, donde Kenneth ejerció como profesor mientras Margaret se ocupaba del hogar y del cuidado de su hija recién nacida. Agobiada con ese papel hasta el punto de tener que guardar reposo por una hipotética dolencia cardiaca -los nervios, diría Margaret años después-, Kenneth le proveía de novelas policiacas a las que ambos eran aficionados, sin encontrarlas del todo de su gusto y afirmando que ella podría hacerlo mejor.

Y lo hizo, y en catorce días redactó su primer manuscrito que se publicó con el título de The Invisible Worm y firmando con el apellido de casada. A esa novela le siguieron otras dos y, ya residiendo el matrimonio en Michigan, Kenneth decidió dedicarse también a escribir, pero firmando con el seudónimo de John Macdonald para no ser confundido con su mujer. Posteriormente el seudónimo se transformó en John Ross Macdonald para terminar convirtiéndose en el Ross Macdonald con el que conocemos al padre del inmortal Lew Archer, detective privado.

Pero volvamos a Margaret, que es quien nos interesa en estos momentos, tiempo habrá de profundizar en Ross y Lew más adelante, así como de la obra de Millar ambientada fuera de Ontario.

En esas tres primeras novelas de Margaret Millar, el protagonista era el psiquiatra Paul Prye, descrito como un hombre atildado e irónico. Pero Millar no era muy partidaria de las largas series protagonizadas por un mismo personaje y fue creando otros como los investigadores privados Joe Quinn y Steve Pinata, el fiscal Meechan y el abogado Tom Aragon.

O el inspector Sands, policía de Toronto que ya aparecía en esas tres novelas del psiquiatra Prye y que protagonizó sus dos siguientes novelas: Muro de ojos y Las puertas de hierro.

En esta última, Lucille Morrow es la segunda esposa de un médico acaudalado. Vive feliz junto a su marido y los dos hijos de él, quienes la aceptan aunque sospechen que Lucille siempre fue detrás de su padre, incluso desde antes de la muerte, asesinada, de su madre. Un día desaparece tras recibir un extraño paquete. Días después, aparece totalmente desquiciada y al borde de la locura, por lo que es recluida en un sanatorio, donde transcurrirá el meollo de la novela.

Años más tarde, la Warner Bros adquirió los derechos para llevar la novela al cine, si bien nunca llegó a rodarse la película. Dicen las malas lenguas que por la negativa de varias actrices a interpretar el papel de la protagonista. En todo caso, el dinero obtenido por Millar sirvió para comprar la casa en Santa Barbara a la que se trasladó a vivir con la familia, ciudad que se convertiría en el escenario recurrente de sus novelas -rebautizada como Santa Felicia o San Félice- y de las de su marido -en este caso con el nombre de Santa Teresa.

Y si con Sands conocemos el Toronto de los años cuarenta, más actual es la visión de la ciudad que puede darnos el detective italovalenciano Larry Forlati, personaje creado por el escritor, periodista y editor Felip Bens.

Luigi Forlati escapó de Sicilia en los años treinta para afincarse en el Cabanyal para convertirse, con el paso del tiempo, en un próspero empresario y abuelo de un niño -Larry- que creció en Londres obsesionado por las novelas policíacas las películas de mafiosos.

Ya adulto y convertido en detective, protagoniza un debut literario, El caso Forlati, en el que debe remover sus orígenes sicilianos, acabando con su primo Junior -tercer capo de la familia- entre rejas y con él exiliado bajo una identidad falsa para tratar de escapar de la Famiglia y rehacer su vida.

¿Y dónde mejor que ocultarse que en una ciudad en la otra punta del mundo? Exacto, Toronto será su destino regentando una pequeña librería junto a Renata, una mujer de armas tomar. Una ciudad de clima extremo, con un durísimo invierno que hace que, con los primeros atisbos de la primavera, la gente se lance a la calle a disfrutar de la vida casi como si fueran ciudadanos del Mediterráneo. Una ciudad repleta de buenos clubes de música que hace las delicias de Larry, aunque sea difícil escapar de los largos brazos de su primo así como de las amenazas de los cárteles mexicanos. Si nos permiten, aquí les dejamos algunas recomendaciones que no les defraudarán: el Bovine Sex Club y su curiosa fachada, en el 542 de Queen St.; el Rex Hotel Jazz and Blues Bar -o simplemente The Rex- en el 194 de la misma calle; y, si lo que desean es una buena cerveza en el mejor ambiente posible, Mill Street Brewery, en el Distillery District debe ser su elección.

Ha llegado el momento de abandonar Canadá para iniciar un largo viaje alrededor de los Estados Unidos que, por su extensión, debemos repartir en dos rutas diferentes. Pero no podemos partir de Ontario sin hacer una breve visita a uno de los destinos preferidos por muchas parejas, así como por recién casados que lo elijen para disfrutar de su luna de miel.

Una de esas parejas es la formada por George y Rose Loomis, quienes deciden pasar unos días alojados en Rainbow Cabins, uno de los alojamientos de cabañas más cercanos a las cataratas del Niágara. El problema es que no viajan precisamente solos, puesto que Patrick, amante de Rose, les sigue los pasos. Y ya se sabe que los triángulos amorosos acaban trayendo problemas. En este caso, para uno de los dos hombres, que terminará desapareciendo entre las ensordecedoras aguas.

Estamos hablando, evidentemente, de Niagara, película de 1953 dirigida por Henry Hathaway e interpretada por Marilyn Monroe en el papel de femme fatale y Joseph Cotten como el celoso marido a liquidar. Junto a ellos, Jean Peters y Max Showalter como el otro matrimonio que pasaba por allí -atención especial a una maravillosa Peters como la inocente Poly Cutler que se verá involucrada en la trama sin pretenderlo.

A pesar de ser un film noir de manual, la película fue rodada en Technicolor para destacar la belleza y majestuosidad no solo de Marilyn -ay, ese vestido escotado que solo se puede lucir si se tiene costumbre desde niña- sino también de las propias cataratas y del omnipresente arcoiris que preside la población y sus puntos más emblemáticos.

Al margen de las propias cataratas y del túnel con vistas panorámicas a ellas, poco hay que ver en una población cuyo único recurso económico es ese pero, si tienen ocasión de pasar, aunque sea, una mañana en la ciudad, les aconsejamos que visiten la Rainbow Tower en Rainbow Center Plaza, a la entrada del Rainbow Bridge -ya les hemos advertido de la omnipresencia del arcoiris-, punto emblemático de la película con sus cincuenta metros de altura y sus cincuenta y cinco campanas con las que interpretar diferentes melodías, como ese Kiss que tanto gustaba a Monroe y tan poco a Cotten.

Ahora sí, ahora dejamos definitivamente Canadá para adentrarnos en los Estados Unidos de Norteamérica visitando, para empezar, una ciudad que pasó de ser el centro de la industria del motor a declararse  en bancarrota en 2013.

Nos vemos en Detroit.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Detroit

El lugar de los hechos. Canadá: Montreal


Un viaje alrededor de la novela negra

Canadá: Three Pines y Quebec – Montreal – Toronto y Niagara Falls

Etapa anterior: Three Pines y Quebec

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (la revista Calibre .38 y este blog personal), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

A Isabelle Lacoste siempre le sorprendía sentirse tan orgullosa cuando veía el centro de Montreal. Los arquitectos habían conseguido hacerlo impresionante y encantador a la vez. Los habitantes de Montreal nunca volvían la espalda al pasado. Los quebequeses, en cambio, sí, para bien o para mal.

Una revelación brutal. Louise Penny

Dejamos atrás Three Pines y la capital de Quebec pero no su provincia, pues ahora nos dirigimos a su ciudad más poblada: Montreal. En realidad, la comunidad metropolitana de Montreal, constituida por varias ciudades y barrios, algunas de ellas con personalidad administrativa propia.

Y tampoco nos olvidamos del todo de Armand Gamache, pues es aquí donde reside con su mujer aunque apenas resuelva casos. Eso lo deja para su “segunda residencia”, como hemos podido ver.

Situada en la isla del mismo nombre entre el río San Lorenzo y la Riviére des Prairies, cerca de su centro geográfico encontramos el Mont Royal -imprescindible dedicar unas horas a recorrer su inmenso parque, uno de los centenares que podremos encontrar a nuestro paso-, a cuyos pies se extiende la ciudad. Al sureste del monte y parque, el barrio financiero y comercial y corazón de la metrópolis; al noroeste, el apacible y residencial barrio de Outremont, el refugio tradicional de la burguesía francófona de Montreal en el que reside Gamache.

Uno de los grandes activos de la ciudad es el turismo y la oferta gastronómica puede llegar a desbordar al viajero, hasta el punto que dicen que para probar al menos una vez en cada uno de sus restaurantes habría que dedicar trece años de nuestras vidas comiendo fuera de casa.

Muchos de esos restaurantes se encuentran en el Montreal subterráneo -conocido como RÉSO por su acrónimo oficial en francés-, una red de túneles y pasajes comerciales bajo tierra que se extiende a lo largo de más de treinta kilómetros entre las plazas de las Artes y de las Armas repletos de tiendas, restaurantes, cines o museos. Si deciden hacer una visita, vayan con cuidado: el haber sido un espacio desarrollado sin ningún tipo de planificación inicial hace que incluso los propios vecinos de Montreal se pierdan en más de una ocasión por semejante laberinto subterráneo.

Un lugar sin duda recomendable para protegerse del frío invierno pero, sinceramente, nosotros preferimos caminar por la superficie, donde hay mucho y muy interesante que ver.

Gamache, como cualquier nacido o residente en Montreal, conoce Habitat, un extraño y exótico complejo de viviendas creado para la Expo del 67. Isabelle Lacoste jamás había estado en el interior de una de esas viviendas, así que no duda en ofrecerse voluntaria cuando toca visitar al padre de uno de los vecinos destacados de Three Pines en el transcurso de una investigación:

Aquellos edificios fueron considerados vanguardistas en su momento, y todavía lo eran. Estaban en Cité du Havre, en el río San Lorenzo, y eran un tributo a la creatividad y la imaginación. Una vez visto, Habitat no se olvida. En lugar de un edificio cuadrado o rectangular para alojar a la gente, el arquitecto había diseñado cada habitación en un bloque separado, como un cubo alargado. Parecía un montón de bloques de construcción infantiles revueltos, apilados unos encima de otros, uno conectaba con el de encima, otros con los de abajo, otros con los de al lado, de modo que la luz del día penetraba en el edificio y todas las habitaciones estaban iluminadas por el sol. Y todas las habitaciones tenían una vista espectacular, ya fuera del gran río o de la magnífica ciudad.

En todo caso, ya hemos dicho que Gamache y su equipo se mueven más por Three Pines que por Montreal, así que queremos recurrir ahora a una mujer que, si bien nació en Carolina del Norte, reside con su gato en la ciudad quebequense -concretamente en Centre-Ville, sobre ese laberinto subterráneo del que acabamos de hablar-, donde cubre el puesto de directora del Departamento de Antropología Forense de la provincia de Quebecy trabaja para el Laboratorio de Medicina Legal: se trata de la doctora Temperance Brennan, creación de la escritora nacida en Chicago Kathy Reichs.

Aficionada a comer de lo que pille en cualquier take away -libaneses, griegos, vietnamitas o italianos- y protagonista de una veintena de novelas -menos de la mitad de ellas editadas en España-, conoceremos a Temperance en la titulada Testigos del silencio, recién llegada a Montreal -estamos en 1994- dejando atrás un matrimonio fracasado y una hija, de nombre Kathy. Como regalo de bienvenida, un caso en el que deberá trabajar con los restos de un cadáver descuartizado y meticulosamente ordenado en bolsas de plástico, algo que le recuerda a un anterior asesinato, el de la joven Chantale Trottier, de dieciséis años de edad.

Será el primero de muchos casos en los que abundan la casquería y los huesos, motivo por el cual nuestra doctora es conocida como Bones. ¿Les suena?

Seguro, porque mientras las novelas son, en nuestra opinión, prescindibles -un personaje que no se hace querer, demasiado presuntuosa y altiva con sus colegas y novelas demasiado extensas para lo poco que cuentan, como vendidas al peso-, en 2005 un guionista y productor estadounidense se inspiró en la escritora Kathy Reichs -también antropóloga forense- y en su personaje para crear algo muy diferente a la versión literaria, empezando por trasladar la acción a Washington D.C. y siguiendo por dotar a su protagonista, igualmente llamada Temperance Bones Brennan, de un carácter mucho más empático que la original. Por cierto, que además de antropóloga, Bones es escritora de exitosas novelas de misterio protagonizadas por la antropóloga Kathy Reichs. Un lío, como pueden ver.

Doce temporadas nada menos -casi doscientos cincuenta capítulos de una hora de duración- que dan buena cuenta del éxito alcanzado por la serie televisiva, producida por 20th Century Fox Television. ¿Una de las claves? Saber combinar investigaciones interesantes con la vida personal de Bones y el agente especial del FBI Seeley Booth, entre quienes existe tanta química -y no precisamente de la que encontramos en su laboratorio- que terminará pasando lo que tenía que pasar.

Y lo que tiene que pasar ahora es que debemos abandonar definitivamente la provincia de Quebec para dirigirnos al oeste, a Ontario, donde nos espera una de las fundadoras del género negro en América del Norte y una gran estrella del cine unida de por vida a unas faldas y unas cataratas.

¿Nos acompañan?

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Toronto y Niagara Falls

El lugar de los hechos. Canadá: Three Pines y Quebec


Un viaje alrededor de la novela negra

Canadá: Three Pines y Quebec – Montreal – Toronto y Niagara Falls

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (la revista Calibre .38 y este blog personal), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

Los tres volvieron las miradas perplejas hacia Beauvoir. El inspector había olvidado que Three Pines no tenía policías, ni semáforos, ni aceras, ni alcalde. El departamento de bomberos voluntarios lo llevaba la poeta vieja y demente, Ruth Zardo, y antes de llamarla a ella muchos habrían escogido perecer en las llamas. Allí ni siquiera tenían delitos menores. Sólo asesinatos. En aquel pueblo, si alguna vez se cometía un acto ilegal, tenía que ser el peor de los crímenes posibles.

Una revelación brutal. Louise Penny

Arrancamos esta segunda parte de nuestro viaje alrededor de la novela negra -recordemos a los lectores que en la primera nos centramos en Europa, Asia y África– en la que pretendemos realizar miles de kilómetros para recorrer toda América -desde Canadá hasta la Patagonia-, el Caribe y el Pacífico más criminal jamás conocido -visitando Japón, Hawaii, Australia o Nueva Zelanda-. Incluso, por qué no, nos atreveremos a hacer una incursión a la Antártida, continente en el que no hay ciudades como tal, pero sí varias bases polares en las que se ha matado mucho y bien.

Y queremos iniciar este largo recorrido por el único reducto francófono de América del Norte, visitando una pequeña población enclavada entre los espesos bosques de Quebec, justo en la frontera entre Canadá y Estados Unidos. Hablamos, por supuesto, del imaginario pueblecito de Three Pines, a tan solo tres kilómetros de la frontera con Vermont, lo que ocasiona que, curiosamente, sea una población con una numerosa ciudadanía de habla inglesa en un estado en el que lo que se impone es el francés. ¿Contradictorio? Gamache sabe explicarlo perfectamente:

Gamache pensó en las muñecas rusas. La cara más pública era América del Norte, y acurrucada en su interior estaba Canadá, y dentro de Canadá, Quebec. ¿Y qué había dentro de Quebec? Una presencia aún más discreta: la pequeña comunidad inglesa. ¿Y en su interior?

Un pueblo que puede recordar al lector al también imaginario Saint Mary Mead de la metomentodo señorita Marple, si bien sustituyendo la abierta campiña inglesa por los cerrados bosques canadienses, o las casas victorianas o de estilo Tudor por otras de madera y, seguramente, más acogedoras. Pero en lo que sí coinciden ambas localidades es en la espectacular ratio de crímenes cometidos por habitante, lo que obliga al inspector Armand Gamache a viajar allí desde Montreal -su lugar de residencia- con tanta frecuencia que, una vez jubilado, decide establecerse en este encantador si bien algo mortífero pueblecito.

La serie, autoría de la canadiense Louise Penny, consta hasta la fecha de diecinueve novelas -incluyendo una corta-, casi todas ellas editadas en España por Salamandra, algo de agradecer cuando ya estamos acostumbrados a sagas exitosas que, de pronto y sin saber muy bien por qué, quedan interrumpidas dejando a los aficionados con un cierto sentimiento de frustración. Una serie que, a pesar de ubicarse en un país situado en una latitud similar a la de los del centro y norte de Europa, no se prodiga en los litros de sangre y toneladas de vísceras que suelen regar los escenarios de estos últimos. En absoluto: en Three Pines todo es mucho más ordenado y aséptico.

Como ya hemos adelantado, la mayoría de los casos a resolver por Gamache y su equipo se desarrollan en esta localidad, aunque en ocasiones deba dirigirse a otros puntos de la provincia de Quebec -incluida la ciudad del mismo nombre- e incluso, en una ocasión, a París. Por tanto, es comprensible que terminemos conociendo el pueblo como si fuera nuestro habitual lugar de veraneo. De sus vecinos también iremos conociendo cosas, pero ya se sabe que, en estos lugares tan diminutos, todo el mundo guarda secretos, en ocasiones inconfesables.

En el centro del pueblo se erigen tres pinos de sesenta años de antigüedad que sustituyeron a los tres que se plantaron doscientos años atrás, cuando el pueblo se fundó y sirvió de refugio para los ciudadanos leales a la corona británica -los United Empire Loyalist- que debían emprender la huída de su país tras la declaración de independencia: esos tres pinos eran un código para que supieran que allí eran bienvenidos y podían considerarse a salvo. Y es curiosa la reacción de Gamache cuando conoce esa historia:

-Mon Dieu, c’est incroyable. Tan elegante. Tan sencillo -dijo Gamache realmente impresionado-. Pero, ¿por qué no he oído hablar de ello? Yo mismo soy un estudioso de la historia de Quebec y, sin embargo, es algo completamente nuevo para mí.

-Quizá los ingleses quieran mantenerlo en secreto, por si vuelven a necesitarlo.

Trump, toma nota, que cualquier día se te escapan por esa frontera miles de neoyorquinos o californianos hartos de esa patraña del “Make America Great Again”.

Sin embargo, el verdadero centro social del pueblo es, no podía ser de otro modo, el Olivier’s Bistro, restaurante y bed & breakfast regentado por el anticuario Olivier Brulé y su pareja, Gabri Dubeau, quien ejerce como cocinero. En el local, decorado con gusto y repleto de objetos antiguos que sirven de mobiliario a pesar de encontrarse a la venta, se dan cita la mayor parte de los lugareños, destacando el matrimonio formado por Peter y Clara Morrow -ambos pintores-; la psicóloga y dueña de la librería del pueblo, Myrna Landers; o Ruth Zardo, poeta ya anciana, gruñona, siempre acompañada por una pata de nombre Rosa que le sirve de mascota, aficionada en exceso al alcohol y un tanto desequilibrada.

Curiosidad: muchos de los poemas que Ruth tiene a bien leer en las conversaciones que mantiene con sus vecinos no son obra de Louise Penny sino de su amiga Margaret Atwood.

Y, como ya hemos adelantado, Gamache y su gente, casi otros vecinos más de Three Pines. Un equipo bien engrasado encabezado por el inspector jefe, hombre sosegado de algo más cincuenta años, corpulento, la alopecia ya asomando entre sus cabellos blancos, bigote siempre bien cuidado -”daba la impresión de ser un terrateniente de provincias dirigiéndose al pueblo”-. Viste siempre con corrección, traje de tres piezas y gorra de tweed. A pesar de ser francófono, habla inglés con un perfecto acento británico.

Es padre de dos hijos: Annie, abogada con propensión a los enfrentamientos dialécticos con quien se le ponga delante; y Daniel, residente en París con su mujer e hijas. Vive con Reine-Marie, con quien lleva casado desde tiempos inmemoriales, en el quartier de Autremont, barrio residencial al noroeste de Montreal, ciudad que visitaremos un poco más adelante. Para completar la familia, un pastor alemán de nombre Henri y orejas demasiado grandes, lo que para Armand le convierte en un cruce de pastor alemán y antena parabólica.

Es un hombre observador, paciente y buen conversador, lo que le hace asumir el papel del explorador según su hombre de confianza, el inspector Jean Guy Beauvoir, un joven en la treintena que lleva trabajando con Gamache desde sus inicios, adquiriendo tal grado de confianza que ya es habitual en la casa familiar, siendo frecuentes sus discusiones con Annie, la hija, cada vez que le invitan a comer. Dentro de los roles establecidos en el equipo, Jean Guy es el sabueso que va tirando de la investigación, siempre un paso por delante de los demás.

El equipo habitual lo completa Isabelle Lacoste, quien comenzó trabajando en Tráfico antes de incorporarse al clan Gamache, una mujer con carácter, inteligente y con un agudo sentido del humor. La cazadora del equipo, decidida y metódica. Y, junto a los tres mosqueteros, algunos becarios a los que Gamache suele dar cuerda, ejerciendo como el buen padre que es, para que cometan sus propios errores antes de comenzar a hacer valiosas aportaciones al resto. Por ejemplo, la inoportuna e impulsiva, pero en el fondo prometedora, Yvette Nichol, un desastre con patas a la que, en el fondo, hay que querer.

Louise Penny, nacida en Toronto y ganadora del Premio Agatha a la mejor novela de misterio en cinco ocasiones y en otras tantas del Premio Anthony -uno de los más prestigiosos del género instituido en recuerdo de Anthony Boucher, uno de los fundadores de la Mystery Writers of America-, aprovecha sus novelas para introducirnos en la historia de Canadá y, sobre todo, en la difícil convivencia entre francófonos y anglófonos con sus sucesivos referendos por la independencia de Quebec, así como para mostrarnos esas diferencias entre ambos que tan bien sabe apreciar un hombre tan respetuoso como es Gamache:

Gamache pensó que era una de las diferencias fundamentales entre los quebequenses ingleses y los franceses: los ingleses creían en los derechos individuales y los franceses sentían que tenían que proteger los intereses colectivos, proteger su lengua y su cultura.

Por supuesto, otra de las diferencias fundamentales entre ambas culturas y algo que, de paso, caracteriza a los franceses, es su gusto por la gastronomía. Así que aprovechen ustedes para disfrutar con unos buenos platos mientras puedan ya que, una vez vez crucemos la frontera -lo haremos por Detroit en su momento-, lo más probable es que deban alimentarse a base de tacos o perritos calientes apoyados en el capó del coche.

Gamache, no. Gamache es un gourmet que disfruta con los platos tradicionales de la región que prepara Gabri en el Olivier’s Bistro, cuidadoso incluso a la hora de preparar un simple bocadillo:

Beauvoir fue el primero en informar, entre bocado y bocado de un sándwich de jamón hecho a base de una loncha gruesa de jamón trinchada de lo que parecía ser un asado macerado con arce, con una salsa de miel y mostaza, y tajadas de cheddar curado en un cruasán recién hecho.

O con las exquisiteces que prepara su mujer, Reine-Marie, que tampoco nos importaría probar:

Aquella noche, al entrar en su propia casa, Gamache percibió el olor de la perdiz asándose. Era una de las especialidades vacacionales de Reine-Marie: las pequeñas aves de caza envueltas en panceta y cocinadas a fuego lento con una salsa de ponche y bayas de enebro. En condiciones normales, él se habría encargado del relleno de arroz salvaje, pero probablemente ya lo habría hecho ella.

Ya hemos adelantado que, si bien la inmensa mayoría de los casos a resolver por Gamache se desarrollan en Three Pines, en ocasiones debe abandonar su zona de confort y desplazarse a lugares tan distantes como las islas Charlotte -a cien kilómetros de la costa de la Columbia Británica, en el otro extremo de Canadá- o París, así como a otros más cercanos como el lago Massawippi, donde gusta de alojarse en el lujoso Manoir Bellechasse, hotel imaginario inspirado en el más real Manoir Hovey, situado en North Hatley, en el extremo norte del lago. Visiten si lo desean la web del hotel y venderán su alma al diablo por poderse alojar en él unos pocos días.

O, por supuesto, la ciudad de Quebec, a unos cuantos kilómetros al nordeste de Three Pines  y única localidad amurallada al norte de México, que visitará en varias ocasiones.

Una de ellas es cuando, encontrándose de baja tras una trágica operación policial, decide aislarse durante una temporada en casa de su amigo y maestro Émile Comeau. Estamos en pleno invierno y, junto a Gamache, podremos disfrutar de sus muchos cafés y restaurantes, su excelente gastronomía y su reputada repostería. Por poner un par de ejemplos, les podemos recomendar Chez Temporel, en el número 25 de Rue Couillard y a pocos metros de la catedral de Nôtre Dame de Quebec; o el coqueto Le Petit Coin Latin, en el número 8 de Rue St-Ursule, ideal para desayunar antes de comenzar una jornada turística por esas calles que tanto gustan a nuestro inspector.

Una vez más, Gamache se maravilló ante la belleza de la ciudad antigua y su laberinto de estrechas callejuelas, los edificios de piedra y los tejados de metal, cubiertos de espesas capas de nieve y hielo. Era como aterrizar en una ciudad ancestral europea. No obstante, Quebec era mucho más que una atractiva anacronía o un parque temático bonito: era un remanso de tranquilidad vivo y efervescente, una gentil población que había cambiado de manos muchas veces sin alterar su esencia. Los remolinos de nieve empezaron a caer con más fuerza, aunque apenas hacía viento. La ciudad, siempre hermosa, tenía un aspecto aún más mágico en invierno, con la nieve y las luces, las calèches tiradas por caballos y la gente que se resguardaba del frío con prendas de colores vistosos.

Hablamos de Enterrad a los muertos, novela en la que Gamache ahonda en la historia del país, convirtiéndose en un asiduo de la biblioteca de la Sociedad Literaria e Histórica, edificio en el que pueden consultarse miles de libros legados por la minoritaria comunidad inglesa de Quebec y en la que aparecerá muerto un arqueólogo obsesionado con la búsqueda de la tumba de Samuel de Champlain, fundador de la ciudad de Quebec en 1608.

Por cierto, que no nos resistimos a darles a conocer una de las teorías relativas al origen del nombre de la ciudad. Y es que hay quien dice que cuando, al llegar Champlain siguiendo el curso del río San Lorenzo, fue invitado por los nativos a bajar (kepec) de la embarcación, creyendo el explorador francés que ese era el nombre la región a la que acababa de llegar.

Ay, la importancia de los idiomas…

Terminamos esta primera etapa de nuestro viaje recomendándoles -aunque igual no deberíamos hacerlo- que prueben ustedes el Caribou, la bebida oficial del carnaval de invierno, una mezcla casi letal de oporto con otras bebidas de alta graduación a la que Gamache achaca su incipiente calvicie desde antes de los treinta.

Pero, antes de partir, una recomendación final: aunque las novelas de la serie suelen ser autoconclusivas y nada impide su lectura en cualquier orden, les aconsejamos leer al menos dos de ellas en el orden correcto: Una revelación brutal y Enterrad a los muertos. Podríamos decir que se trata de una misma  novela publicada en dos partes en la que se narran hasta tres tramas diferentes: la investigación de un asesinato en Quebec, la revisión del caso Olivier y la causa de que Gamache y Beauvoir estén de baja.

Por último, y para los más televisivos, tenemos que advertir de la existencia de una serie de ocho capítulos que consideramos prescindible en la que el actor británico Alfred Molina da vida a un Armand Gamache que no termina de parecerse, en nuestra opinión, al creado por Penny para las novelas. Evidentemente, nos quedamos con éstas.

No hay color.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Montreal

«Frankenstein o el moderno Prometeo», de Mary Shelley: asignatura aprobada


«Me puse a pensar en una historia que hablaba con los misteriosos temores de nuestra naturaleza y despertase terror apasionante; una para que el lector tema al mirar a su alrededor, para cuajar la sangre y acelerar los latidos del corazón.» Mary Shelley.

Mil versiones vistas en la televisión -no recuerdo ninguna en el cine, ni una completa de Peter Cushing, tampoco el Frankenstein de Mary Shelley de Kenneth Branagh-, películas de serie B, tal vez algún cómic… pero nunca, jamás, se me había ocurrido leer la novela original en la que se basan todas esas pobres versiones. Una asignatura pendiente, como se suele decir.

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La devoro en tres tardes, fascinado por esta historia contada en estructura de cajas chinas que arranca por la narración del aprendiz de marino Robert Walton a su hermana Margaret acerca de su proyecto de viajar al Polo Norte; que continúa con la narración que un Frankenstein derrotado efectúa a Robert Walton del modo en que concibió una criatura con sus propias manos, a la que dio vida y las consecuencias derivadas de semejante locura; que sigue con el repaso que la propia Criatura hace a su creador de cómo fueron sus primeros pasos por el mundo, solo e incapaz de despertar un sentimiento favorable en hombre alguno; de cómo sus iniciales buenos sentimientos se convirtieron en un deseo de venganza por haber sido traído al mundo y abandonado de inmediato por quien le dio vida; que vuelve al paso anterior, con Frankenstein de nuevo contando a Walton sus penurias, su maldición; y que finaliza como al principio, con el aspirante a marino Walton refiriendo a su hermana el desenlace final.

Dramón, dramón, dramón, me repito una y otra vez, nada que ver con lo que el cine nos ha mostrado -quizás, leo por ahí, la de Branagh sea la versión más coherente con la idea de Shelley-, pues la novela discurre por cauces no tan cercanos al terror mostrándonos a una criatura autodidacta, culta, incapaz de comprender la maldad, el crimen, que asiste, atónita, a la crueldad de que son capaces aquellos que, más o menos, son como él. Que aprende leyendo a Werther lo que es el abatimiento y la tristeza. De John Milton (El paraíso perdido), a conmoverse con la idea de un Dios omnipotente, a verse como un Adán monstruoso, solo y desamparado. A acercarse a Satanás, envidioso como él de la dicha de sus protectores (a la sazón, la familia -un padre ciego y su hijo e hija- en cuyo cobertizo se oculta y de los que ha aprendido a leer y hablar).

«¡Maldito creador! ¿Por qué creaste a un monstruo tan horripilante, del cual incluso tú te apartaste asqueado? Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su ima gen y semejanza. Pero mi aspecto es una abominable imitación del tuyo, más desagradable todavía gracias a esta semejanza. Satanás tenía al menos compañeros, otros demonios que lo admiraban y animaban. Pero yo estoy solo y todos me desprecian».

Creador y Criatura, amo y esclavo invirtiendo sus papeles una y otra vez.

Cierro el libro y lo hago con una sensación agridulce, feliz por haberlo leído por fin y maldiciéndome por no haberlo hecho mucho antes.

Pero es que, como tanta otra gente, como yo mismo en tantas otras ocasiones, me había fiado de lo visto en la televisión en lugar de beber de la fuente original.

Me lo apunto. Me he equivocado -me equivoqué en su día- y no volverá a suceder, que diría aquél.

Ricardo Bosque en Bluesky

Viaje al escenario del crimen en La Torre de Babel: «El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela negra»


Pocas cosas hay más placenteras para un escritor que ser entrevistado por una profesional para la que la charla no es un trámite, un tiempo de emisión que hay que cubrir, sino que se ha empollado el libro del que se va a hablar y se nota.

Además, en el caso de la periodista Ana Segura nos encontramos con una apasionada y entendida en el género criminal, por lo que es un lujo compartir veinte minutos en los estudios de Aragón Radio para hablar de novela negra y, por supuesto, de mi último libro (escrito a cuatro manos con Jesús Lens), «El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela negra».

Veinte minutos que dan para hablar de ciudades famosas por sus crímenes literarios; de personajes carismáticos como Jaritos o Montalbano; de otros más taciturnos (será cosa del clima) como Wallader; de mitos como Sherlock Holmes o Jack el Destripador; de encantadoras ancianitas como Miss Marple; de destinos tan exóticos en el género como Teherán, Ulán Bator, Gaborone o Beijing…

Veinte minutos que se hacen cortos, podríamos haber estado charlando dos horas, pero veinte minutos muy bien aprovechados que te invito a escuchar cuando te apetezca y tengas un rato. Dentro audio en este enlace:

https://www.cartv.es/aragonradio/podcast/emision/crimen-terror-y-geografia-el-lugar-de-los-hechos-de-ricardo-bosque-y-uketsu-el-fenomeno-que-llega-de-japon

Ricardo Bosque en Bluesky

«Crónicas marcianas», de Ray Bradbury: un libro siempre actual


Ya hace unos cuantos años me dio por imponerme el reto de leer (en algunos casos, releer) diez de esos títulos que se consideran fundamentales dentro del género de la ciencia ficción. Uno de ellos fue, obviamente, esas Crónicas marcianas de Ray Bradbury, publicadas de modo individual a finales de los cuarenta y conjuntamente como libro en 1950.

Crónicas del pesimismo, de la desesperanza, de la desconfianza en la capacidad del ser humano de hacer algo bueno.

Un canto a la desilusión, un grito contra la capacidad destructiva de la Humanidad, una crítica al analfabetismo norteamericano que solo piensa en reproducir su modo de vida allí donde va, incapaz del mínimo respeto por culturas diferentes, mala costumbre que no se quedó anclada en los años cincuenta sino que sigue plenamente vigente en la actualidad. Como se cuenta en el relato Aunque siga brillando la Luna, que narra la cuarta y definitiva expedición:

Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenernos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. No pusimos quioscos de salchichas calientes en el  templo egipcio de Karnak sólo porque quedaba a trasmano y el negocio no podía dar grandes utilidades. Y Egipto es una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí todo es antiguo y diferente. Nos instalaremos en alguna parte y lo estropearemos todo.

Crónicas marcianas es un rechazo frontal al racismo, tanto el de los terrícolas hacia los marcianos como el de los blancos hacia los negros en la sociedad estadounidense de la época, algo especialmente patente en la narración de la emigración masiva de los afroamericanos a Marte en la que un ridículo y viejo supremacista se retrata a sí mismo en su última frase de Un camino a través del aire.

Crónicas marcianas adelanta también, en el relato Usher II, lo que Bradbury desarrollará más adelante en la que tal vez sea su novela más conocida, Fahrenheit 451: su miedo por el poder de la censura y la quema de libros que supone la conocida como Gran Hoguera, con un literato de nombre Stendahl reconstruyendo la casa ideada por Poe y reproduciendo en ella los cuentos más terroríficos del de Boston.

Crónicas marcianas es la culminación de la destrucción de nuestro planeta, con el doloroso absurdo que supone contemplar cómo los robots siguen encargándose de las tareas domésticas en una acomodada casa californiana cuyos miembros han sido reducidos a cenizas en Vendrán lluvias suaves:

La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos –imágenes grabadas en la madera en un momento titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura… El resto era una fina capa de carbón.

ray-bradburyA pesar de tanta desesperanza, de tanto pesimismo, todavía tiene tiempo Bradbury para regalarnos algunos momentos deliciosamente jocosos, como cuando Los hombres de la Tierra de la segunda expedición son recibidos por los marcianos con frialdad, con total indiferencia, remitiéndoles de una casa a otra hasta conseguir recluirlos en la que más les encaja: un manicomio. O con esos Adán y Eva profundamente incompatibles, los últimos habitantes de Marte en Los pueblos silenciosos, dos únicos seres humanos en un planeta, condenados a encontrarse aunque sea vía telefónica, ansiosos ambos por saber cómo será el otro y, finalmente, con un hombre huyendo de la fea y casamentera mujer como alma que lleva el diablo.

Crónicas marcianas es, finalmente, un volver a empezar, un intento desesperado de resurgir de las cenizas, de comenzar de cero a millones de kilómetros. Lo hace, lo pretende, la familia que inicia El picnic de un millón de años, relato con que se cierra el libro.

-Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido…

Un libro, desde luego, que conviene tener siempre a mano y abrirlo de vez en cuando al azar, por cualquiera de sus paginas. Nunca decepciona, nunca deja de estar, lamentablemente, de actualidad.

Ricardo Bosque en Bluesky

 

Montalbacina: “Prescribir en caso de aburrimiento, apatía o astenia primavero-criminal”.


 

Las novelas de Andrea Camilleri deberían llevar, en la faja promocional que suele acompañarlas, la siguiente leyenda: “Prescribir en caso de aburrimiento, apatía o astenia primavero-criminal”.

Al menos, a mí la medicación me funciona de maravilla y constituye el mejor remedio para aquellos momentos en que me encuentro saturado del género, aburrido de leer siempre lo mismo, agobiado por la cantidad de lecturas pendientes -y con las que me siento comprometido- y que, vete tú a saber por qué, no me apetece acometer.

Y es curioso lo que acabo de escribir de “aburrido de leer siempre lo mismo”, porque con Camilleri -con Montalbano en realidad- se trata de combatir la enfermedad con una especie de vacuna, es decir, mediante de la inoculación de una pequeña dosis -algo más de doscientas páginas- del propio virus.

Porque, no nos engañemos, leer Montalbano es volver a leer lo mismo una y otra vez: los mismos tics de Catarella, las mismas disputas entre el comisario y su eterna novia, los mismos escarceos amorosos de Mimì Augello… Y, sin embargo, nada más placentero como volver a lo que ya es tu casa, allá en Vigàta, en Marinella, evitando ir a buscar a Livia a Punta Raisi cuando llega de visita -siempre en el peor de los momentos posibles-, luchando por el último cannolo con el dottore Pasquano, viendo como se le cae la baba al fiscal Tommaseo ante una mujer de bandera, conspirando con Nicolò Zito o ridiculizando a Pippo Ragonese.

Qué más da que el muerto sea el director de un supermercado o un viejo verde, chantajista y usurero; que un niño se dedique a robar meriendas o que un empresario aparezca muerto en su coche, en principio por causas naturales; que nuestro amigo Salvo deba frecuentar en el transcurso de la su investigación hipódromos o residencias de mafiosos; qué importa si en ocasiones Montalbano se hace trampas al solitario, olvidando indicios vitales para la investigación -serán los años, sesenta, que no perdonan- o si Camilleri le oculta información que termina apareciendo demasiado tarde.

Da lo mismo, lo importante es sentirte como en casa, pensar que formas parte de una gran y entrañable familia, disfrutar de unas estructuras perfectas, sin complicaciones -¿para qué hacer innecesariamente difíciles las cosas?-, repletas de grandes personajes y mejores diálogos, ágiles e ingeniosas hasta el punto de hacerte olvidar que, un día antes, habías prometido no leer más novela criminal al menos durante un par de meses.

Así se me quita la tontería y dejo de renegar de inmediato contra el género que tanto me apasiona.

Ricardo Bosque en Bluesky

Ricardo Bosque: «En todas partes del mundo se hace literatura criminal»


El pasado lunes tuve la ocasión de presentar en Librería Cálamo de Zaragoza el libro «El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela negra» (del que soy coautor junto a mi compañero Jesús Lens, aunque él no pudo estar presente) acompañado por José Antonio Algarra «Hutxu».

Una tarde muy agradable, buena acogida por parte del público y también por la prensa, como se ve en este artículo de Antón Castro publicado en la edición impresa de Heraldo de Aragón del 22 de enero cuya imagen dejo aquí por si te apetece echarle un ojo.

Ricardo Bosque en Bluesky

Ensayo: «Raf. El ‘gentleman’ de Bruguera», de Jordi Canyissà


Hace ya un par de meses, y como uno más de los muchos que iniciamos el éXodo de ese albañal en que se ha convertido en los últimos años lo que un día fue Twitter, decidí instalarme en Bluesky (aquí me tienes si me quieres buscar), y una de las primeras cuentas que decidí seguir, al margen de las que una aplicación me recomendó por ser ya seguidores míos en la red del pajarito, fue la de Jordi Canyissà, a la sazón (me enteré en ese momento) de autor de un ensayo sobre la vida y obra de uno de los historietistas que más me hicieron disfrutar en mi infancia e incluso primera adolescencia: Joan Rafart Roldán, conocido artísticamente como Raf.

Aprovechando mi buena relación con Papa Noel decidí hacerme con un ejemplar y, cumplidor el buen hombre, pude dedicar las navidades a disfrutar con su lectura, a conocer a ese genio de los lápices y pinceles -padre de múltiples personajes a lo largo de sus cuarenta años dedicados a las viñetas- que pasó por numerosas aventuras editoriales y que terminó sus días un tanto deprimido por la falta de trabajo consecuencia, entre otros factores, de los cambios en la industria del entretenimiento.

No conocía a la mayoría de sus creaciones más allá de, evidentemente, Sir Tim O´Theo u otros que me había leído de vez en cuando como Campeonio, Manolón conductor de camión, Doña Tecla Bisturín o Doña Lío Portapartes.

No conocía nada de su paso por El Jueves aun habiendo leído algunas de las historias publicadas en la revista satírica que salía los miércoles sin saber que él era el autor. Tampoco que había trabajado en alguna ocasión para Disney.

No conocía casi nada de Raf y este libro ha puesto fin a mi ignorancia al respecto, una obra imprescindible para los amantes del cómic.

Esta noche me espera Sir Tim en mi pueblo de adopción (que no es Bellota Village pero también tiene su puntito), así que encenderé la chimenea (tengo, aunque no viva en The Chims), me serviré un buen gintonic (para no tener que ir a por un embalse de los que sirve Huggins en El Ave Turuta) y me dispondré a leer otra vez con esas cinco aventuras recopiladas en un libro que ya he leído un par de veces en los últimos años.

Seguro que ahora lo veo con otros ojos y lo disfruto todavía más que en las ocasiones anteriores.

Ricardo Bosque en Bluesky