UN TEJIDO INGENIOSO
Por Daniel Mendelsohn
Aristóteles no quedó precisamente impresionado por las aventuras de Odiseo. En el capítulo XVII de su Poética y a propósito de la relación entre el significado «esencial» de una historia y los episodios que la componen, el filósofo observa que
la trama de la Odisea no es larga. Un hombre lleva muchos años lejos de su patria, bajo la estrecha vigilancia de Poseidón y completamente solo. Mientras tanto, la situación en casa es tal que su hacienda es consumida por los pretendientes y su hijo es objeto de una conspiración. Pero tras un viaje lleno de tribulaciones regresa, y tras revelarse y atacarlos, se salva y destruye a sus enemigos. Eso es lo esencial; todo lo demás son episodios.
Este resumen resultará extraño a muchos. ¿Dónde —te preguntarás— están las famosas aventuras que la mayoría de la gente considera el meollo de la gran epopeya: las numerosas hazañas que ponen de manifiesto el ingenio, la astucia y la valentía del héroe de Homero durante su regreso de una década tras la Guerra de Troya? ¿Los lotófagos, que comen una flor que borra la memoria? ¿La seductora ninfa Calipso, que lo mantiene prisionero durante siete años, ofreciéndole la inmortalidad a cambio de que se quede con ella (una oferta que él rechaza de forma conmovedora para volver con su madura y mortal esposa)? ¿Su aventura de un año con la bruja Circe, que convierte a sus hombres en cerdos? ¿O su prolongada estancia entre los decadentes feacios, con su opulenta riqueza y sus resplandecientes palacios, su afición por la danza y la música —una de las muchas culturas que la epopeya presenta como una tentadora alternativa a Ítaca—, a cuya familia real el héroe, haciendo gala de sus famosas dotes retóricas, convence para que lo lleven de vuelta a casa?
Tampoco se menciona aquí el viaje al inframundo, donde, en uno de los momentos más conmovedores de la epopeya, Odiseo intenta —sin éxito— abrazar al tenue fantasma de su madre, de cuya muerte, durante su larga ausencia, no había tenido noticia. Tampoco se menciona la más larga de las aventuras, el encuentro con el gigante cíclope de un solo ojo, a quien el astuto Odiseo —celebrado repetidamente por Homero como polymêtis («muy astuto»), polyphrôn («que posee muchos tipos de inteligencia»), polymêkhanos («capaz de idear muchas soluciones») y poikilomêtis («de múltiples artimañas»)— derrota mediante un ingenioso juego de palabras con la palabra «nadie», el nombre falso que le da al cíclope cuando se conocen.
Todo esto, en el resumen de Aristóteles, se reduce a «un viaje lleno de tribulaciones».
En parte, esto se debe a que Aristóteles destaca acertadamente la importancia de esa otra parte, mucho más amplia, de la Odisea, lo que él denomina «la situación en casa»: la crisis que la larga ausencia del héroe ha provocado en su ciudad, cuyas instituciones políticas se están desmoronando; lo que sucede además con su esposa, Penélope, asediada por los pretendientes; y con su joven hijo, Telémaco, que se esfuerza por estar a la altura de la gran reputación del padre al que nunca conoció. Todo ello constituye lo que en los cursos de guion se denomina «lo que está en juego»: la crisis que debe resolverse con el regreso final del héroe; de lo contrario, el regreso a casa carece de sentido. Solo cuatro de los veinticuatro cantos de la epopeya están dedicados a las aventuras, que narra el propio héroe —famoso por su elocuencia— ante la hipnotizada corte feacia: su mayor hazaña de arte verbal.
Pero la razón principal por la que Aristóteles dedica tan poco espacio a las aventuras tiene que ver con la estructura de la epopeya. En la parte de la Poética dedicada a la Odisea, le interesa principalmente el funcionamiento de la trama. La trama de la Odisea es una que él admira por ser «compleja» (los numerosos altibajos de sus personajes, las múltiples escenas de reconocimiento con las que concluye el poema) y elogia por su «doble hilo»: el arco ascendente de la rehabilitación y el triunfo final de su héroe, entrelazado con el arco descendente de la caída de sus enemigos.
Aunque satisfactoria para Aristóteles, la propia complejidad narrativa de la Odisea —que se mueve constantemente entre el pasado y el presente, el recuerdo y la acción, Ítaca y esos viajes lejanos— es sin duda lo que ha hecho tan difícil llevarla con éxito a la gran pantalla, a pesar de que las aventuras parecen pedir a gritos un tratamiento cinematográfico con efectos especiales. El problema no es solo la enorme cantidad de acontecimientos que hay que abarcar. Homero también tiene una forma característica de integrar sus elaborados relatos dentro de otros relatos. Las historias se anidan unas dentro de otras; se relatan largas conversaciones dentro de otras largas conversaciones. El ejemplo más famoso de esta técnica se da en el canto XIX, cuando una anciana sirvienta que está lavando los pies al disfrazado Odiseo reconoce una cicatriz reveladora que el héroe se había hecho durante una caza de jabalíes en su juventud. En el momento en que se da cuenta de que el «mendigo» que tiene ante sí es su amo, perdido hace mucho tiempo, la narración se detiene para retroceder no a uno, sino a dos flashbacks anidados: primero a la caza del jabalí y luego al día del nacimiento del héroe, antes de volver al presente.
¿Cómo representar todo esto —la estructura y la técnica, así como la vasta historia en sí misma— en el transcurso de dos o tres horas?
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Una respuesta es que no se puede. No es casualidad que la adaptación dramática más escrupulosamente fiel de la Odisea no haya sido una película, sino una miniserie: la meticulosamente detallada L’Odissea (1968), de ocho episodios, una coproducción franco-italiana dirigida por Franco Rossi. La miniserie, un formato que en sí mismo es episódico, resuelve el problema de cómo entrelazar muchos episodios en un entramado más amplio que nunca se aleje del tema «esencial» de la historia —el regreso a casa de Odiseo, su naturaleza, orígenes y ramificaciones—, tal y como recomienda Aristóteles. La gran duración que permite el género posibilitó a los guionistas dar vida incluso a los personajes e incidentes más secundarios.
Pero una película —incluso una muy larga— tiene inevitablemente muchas más dificultades para entrelazar los hilos, organizando los episodios de una manera que no (y ahí está el truco) parezca «episódica». Es revelador que, de las muy pocas adaptaciones cinematográficas de la Odisea que han aparecido, dos —Ulysses (1954), una producción italiana disparatada y divertida protagonizada por un Kirk Douglas de capa y espada y Silvana Mangano como Penélope, y Anthony Quinn como Antínoo, el detestable líder de los pretendientes; y, más recientemente, El regreso (2024), con Ralph Fiennes y Juliette Binoche— realizan recortes profundos. La primera elimina la mayor parte de las aventuras (presentadas como flashbacks mientras Ulises contempla el mar durante su estancia con los feacios) y reduce la situación en casa a lo estrictamente necesario.
El regreso, por su parte, omite toda la primera mitad de la epopeya y comienza con el regreso del héroe a casa. Esto elimina naturalmente no solo los elementos sobrenaturales —los dioses, las ninfas, los monstruos, los romances divinos y los encuentros espeluznantes—, sino todo aquello donde Homero establece lo que está en juego. Bajo el influjo, tal vez, de enfoques recientes de los poemas homéricos como protoestudios de caso sobre el trastorno de estrés postraumático, la película reinterpreta lo que Aristóteles consideraba el arco triunfal del héroe como la sombría historia de un veterano traumatizado. En un momento dado, el propio Odiseo se burla abiertamente de la idea de los «héroes» cuando alguien le pregunta por la guerra. La Ítaca a la que regresa este Odiseo, interpretado por un Fiennes enjuto y ceñudo, refleja su estado de depresión: un puñado de chozas de color pardo habitadas por campesinos mal vestidos, con su palacio convertido en un lúgubre montón de piedras. Uno se pregunta por qué estaba tan ansioso por volver.
Para hacer justicia a toda la Odisea —es decir, tanto a su estructura como a su contenido—, se necesita, al parecer, un director que sea no solo capaz de producir un espectáculo visualmente cautivador, sino también experto en manejar tramas complejas y entrelazadas. Por eso, poco después del estreno de El regreso, algunas personas —entre ellas, yo— nos alegramos ante el anuncio de que el director británico-estadounidense Christopher Nolan estaba trabajando en una adaptación cinematográfica de la epopeya.
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Al fin y al cabo, Nolan se hizo famoso por dar giros a las tramas de una forma que no sería erróneo calificar de «polimêtis». Su primer largometraje, Following (1998), narra la historia de un joven londinense sin rumbo fijo al que le gusta seguir a gente al azar —al principio de forma inofensiva— hasta que uno de ellos resulta ser un astuto ladrón que atrapa a su acosador en una densa y, finalmente, mortal red de mentiras e ilusiones. Memento (2000), que le valió un gran reconocimiento, puso de relieve lo que se convertiría en otro tema recurrente en la obra del cineasta: la relación entre la memoria y la culpa. Un amnésico (Guy Pearce), empeñado en encontrar y matar al asesino de su mujer, debe recurrir a un elaborado sistema de fotografías y notas —algunas tatuadas en su propio cuerpo— para no perder la conciencia de quiénes son las personas, dónde ha estado y qué ha logrado en sus pesquisas. También en este caso resulta que el protagonista ha sido víctima de una estafa ingeniosamente compleja.
Lo que resultaba fascinante en Memento era la técnica empleada por Nolan para sugerir la realidad mental fragmentada de su protagonista y recrearla en el público. La película tiene dos hilos narrativos: una secuencia en blanco y negro que sigue los acontecimientos en orden cronológico y una secuencia en color que avanza en orden inverso. A medida que ambas se desarrollan, el público se acerca cada vez más a poder encajar las piezas de una forma que Leonard no puede. Este juego con la cronología se ha convertido en un sello distintivo de la obra de Nolan, sobre todo en su maravillosa incursión en la ciencia ficción, Interstellar (2014), un espectáculo en el que unos astronautas salvan a los habitantes de una Tierra moribunda y en el que el tiempo, literalmente deformado (hay un agujero negro), transcurre a ritmos diferentes para varios de sus personajes, con resultados a veces muy conmovedores. Dudo que fuera el único en la sala al que se le humedecieron los ojos durante la escena final entre el protagonista, aún joven (Matthew McConaughey), y su hija, ya anciana.
Los personajes culpables con pasados oscuros reaparecieron en otras películas de Nolan, sobre todo en la trilogía de El caballero oscuro, cuyo primer capítulo, Batman Begins (2005), retrata a Bruce Wayne/Batman (Christian Bale) como un hombre que, tras no haber podido evitar el asesinato de sus padres cuando era niño, se siente, en cierto modo, tan «culpable» como los extravagantes villanos contra los que lucha constantemente. Las películas de Batman de Nolan, oscuramente psicológicas, fueron acogidas con gran entusiasmo como una reinterpretación contemporánea de la antigua franquicia y tuvieron un enorme éxito internacional, pero, en mi opinión, carecían —quizá por necesidad, dada su naturaleza pop— del estimulante ingenio estructural de algunas de sus otras películas. En El gran truco (2006), una rivalidad obsesiva y, en última instancia, mortífera entre dos magos del Londres de principios de siglo —uno de los cuales ha provocado la muerte de la esposa del otro— da lugar a tramas dentro de tramas deliciosamente ingeniosas que permiten al director jugar a fondo con sus temas favoritos: la culpa y la inocencia, la ilusión y la realidad, la acción humana y sus consecuencias a veces imprevistas.
Y en la película ganadora de un Óscar Oppenheimer (2023), otro héroe lleno de culpa (Cillian Murphy, en el papel del líder moralmente atormentado del Proyecto Manhattan) queda atrapado en enredadas tramas tejidas tanto por él mismo como por otros. Aquí Nolan superó a Aristóteles al presentar no dos, sino tres hilos argumentales distintos que se entrelazan entre sí: uno sigue la participación de Oppenheimer en el desarrollo de la bomba atómica; el segundo se adelanta a la investigación gubernamental de 1954 sobre Oppenheimer, cuya autorización de seguridad se ha visto amenazada por sus antiguos vínculos con el Partido Comunista; y el tercero, ambientado en 1959, se centra en las audiencias del Senado a propósito del nombramiento de Lewis Strauss como secretario de Comercio y su implicación en la revocación de la autorización de Oppenheimer allá por 1954.
La tendencia de Nolan a la complejidad puede llevarle por mal camino. Nunca he sido capaz de entender con exactitud qué ocurre en El origen (2010), una elegante fantasía en la que unos «extractores» criminales futuristas utilizan tecnología punta para robarles a sus víctimas sus pensamientos más profundos del subconsciente —o para implantarles unos nuevos—, una hazaña que logran al adentrarse en sus sueños. (O algo por el estilo.) Aun así, la representación de los sueños era tan visualmente cautivadora que no estoy seguro de que me importara saber poco qué estaba sucediendo. Y la épica película del director sobre la Segunda Guerra Mundial, Dunkerque (2017), prácticamente sin diálogos, servía casi nada para entender aquel desastre histórico, pero resultaba gratificantemente deslumbrante para la vista (y el oído).
Fueran cuales fueran sus defectos, la obra de Nolan indicaba que podría ser, en efecto, la persona adecuada para abordar a Odiseo, otro héroe polifacético de inteligencia admirable y comportamientos oscuros, y la Odisea, un texto caracterizado por cambios temporales y juegos narrativos. El resultado, un coloso de tres horas de duración y 250 millones de dólares, la primera película rodada íntegramente en formato IMAX, es, al igual que Batman Begins, una actualización oscuramente psicológica de un clásico; como Memento, juega con los temas de la memoria y el olvido, mientras que, a la manera de Oppenheimer, entrelaza una profusión de arcos narrativos y temporales. Y del mismo modo que el saco de vientos indómitos que Eolo, el divino guardián de los vientos, confía a Ulises en el canto X —solo para que lo abra la recelosa tripulación que acompaña al héroe, con resultados desastrosos—, al final resulta ser una mezcla heterogénea: a la vez un vehículo para las virtudes del director y, al igual que en El regreso, un ejemplo de las debilidades inherentes al intento de modernizar una obra cuyos valores, a pesar de su atemporalidad, siguen siendo obstinadamente arcaicos.
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No es que Nolan no sea consciente de los valores del material original. En una entrevista publicada en The New York Times un mes antes del estreno de la película, habló de su amor temprano y formativo por la Odisea, con la que entró en contacto por primera vez a través de una representación teatral que vio cuando era un joven estudiante en Londres. Lo que le había marcado, según dijo, fue la imagen del caballo de Troya —el ingenioso invento de Odiseo que permitió a los griegos infiltrarse en Troya, mencionado varias veces en el texto de Homero y tema de una canción entonada por el bardo de la corte de los feacios— y el episodio de las sirenas y su canto.
No es de extrañar, pues, que la película, en todo su esplendor IMAX, resulte a menudo visualmente impresionante y, lo que es aún más interesante, que desde su escena inicial hasta la final encuentre formas de recordarnos que la epopeya se consideraba una forma de «canto» y, por lo tanto, era algo que su público original experimentaba de forma auditiva más que visual. Es un bonito detalle que la película de Nolan comience con Femio, el bardo de la corte en el palacio de Odiseo, golpeando rítmicamente el suelo con su bastón mientras entona palabras con conexiones bien conocidas con los relatos de Troya —«un rostro [es decir, el de Helena], un hombre, una canción»— y, más aún, que el papel de Femio lo interpretara el rapero Travis Scott: un astuto guiño del director a los orígenes orales e improvisados de la épica arcaica.
Como cabría esperar, la propia «canción» de Nolan reproduce con eficacia las texturas entrelazadas del original. Debido a la naturaleza de la narración épica, con sus amplios arcos narrativos, muchas «revelaciones» famosas se yuxtaponen necesariamente con las historias de fondo que las preparan. Cuando, en el canto XVII, Odiseo se acerca a la puerta de su palacio por primera vez en veinte años y divisa a su fiel y viejo perro de caza, Argos, ahora plagado de pulgas y tumbado sobre el montón de estiércol de la ciudad —una poderosa metáfora del propio guerrero demacrado—, el poeta hace una pausa para contarte la historia de cómo Odiseo adquirió y adiestró a Argos cuando era un cachorro, lo buen rastreador que era, y así sucesivamente. Del mismo modo, hay un momento culminante al final del canto XXI, cuando Odiseo revela por fin su verdadera identidad empuñando un magnífico arco que solo él tiene la fuerza suficiente para tensar; tensa su cuerda vibrante, nos dice Homero con tono significativo, tal y como lo hace un bardo profesional con su lira— y disparando una flecha que atraviesa doce cabezas de hacha alineadas: un truco, según nos ha contado recientemente el poeta, que solía realizar en tiempos pasados.
Nolan intercala las historias de fondo y las revelaciones de una forma adecuada para una dramatización y encuentra la manera de dotar a la tensión entre el pasado y el presente de interesantes texturas visuales. Al principio de la película, una imagen del ahora decrépito Argos, maltratado por los arrogantes pretendientes (liderados por el burlón Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, en un papel de chico guapo en decadencia), se funde en un flashback del joven héroe conociendo a su juguetón cachorro; un poco más tarde vemos a un Odiseo más joven (un Matt Damon con una espesa barba) realizando su truco de atravesar los hachas con las flechas mientras Penélope, con una sonrisa de indulgencia, observa la escena. Y Nolan ha sabido introducir el sonido del tensado de la cuerda del arco lo suficientemente pronto en su película como para que, cuando el héroe de nuevo en casa tire de la cuerda al final —como preludio de la matanza culminante de los pretendientes—, el momento tenga la intensidad escalofriante que se merece. Desde que Nolan empezó a publicar tráilers, Internet se ha incendiado con debates sobre la «precisión» del vestuario, los barcos, las armaduras y la dicción de la película, pero lo más auténtico de esta Odisea bien podría ser la densa trama narrativa, que logra reproducir el ingenioso entretejido de Homero.
Resulta que el arte de tejer es fundamental en la Odisea. Incluso quienes nunca han leído la epopeya probablemente hayan oído hablar de la historia —recordada por un pretendiente irritado en el canto II— de cómo la «ingeniosa» Penélope, tan ingeniosa como su marido, había mantenido a raya a los pretendientes durante tres años prometiéndoles que se casaría con uno de ellos cuando terminara de tejer un sudario para su suegro, Laertes, y luego, por la noche, deshaciendo lo que había tejido durante el día. Nolan sitúa esta escena en el «ahora» de la historia del regreso a casa: Penélope (Anne Hathaway, en una interpretación que oscila con acierto entre la autoridad firme y la angustia) explica su proceso de tejido a Telémaco y luego, señalando el palacio y la ciudad más allá, como si su propia civilización fuera una obra de arte gigante, hace una observación sobre la relación entre forma y contenido que, uno sospecha, el propio Aristóteles aprobaría: «La estructura no es nada sin el respeto del pueblo hacia lo que significa». Al igual que las astutas representaciones autorreflexivas del arte de los bardos en la Odisea, el comentario de la reina parece una reflexión sobre la forma en que las estructuras de elaborada textura de Nolan están pensadas para servir a sus temas recurrentes.
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Mientras que Aristóteles da poca importancia a las aventuras, Nolan ciertamente no lo hace; la película tiene un gran estilo visual. En la escena del Hades, las manos de los muertos —a quienes Odiseo ha recibido la orden de invocar mediante un ritual espeluznantemente sangriento— se retuercen hacia arriba, de forma inquietante, desde debajo de la arena negra de la orilla. Las tormentas en el mar —escenas a las que Homero dedica algunos de sus versos descriptivos más memorables— son impresionantemente aterradoras. Y es poco probable que se supere la interpretación que hace Nolan del episodio del cíclope: la enorme pantalla IMAX transmite con fuerza la inmensidad oscura de la guarida del gigante mientras los guerreros griegos, insignificantes en comparación con su torturador, deambulan ansiosos por ella. (A todo esto contribuye un diseño de sonido muy eficaz: toda la sala tiembla cuando Polifemo hace su entrada). En esta versión, no solo la visión del cíclope (Bill Irwin) es la que está deformada: algunos de sus rasgos se han retorcido violentamente noventa grados, de modo que el famoso «único ojo» se sitúa verticalmente en su frente, parpadeando de un lado a otro.
Polifemo no es el único personaje que sufre un cambio de imagen. En Homero, Circe toca decorosamente a los hombres de Odiseo con una varita mágica para transformarlos en cerdos; Nolan dota a la escena de una fisicidad repulsiva, ya que la bruja (una mujer de mediana edad, decididamente poco glamurosa y de tipo wiccano, interpretada con terrenal deleite por Samantha Morton) utiliza de manera violenta sus manos para masajearles los rostros hasta convertirlos en hocicos después de que se hayan atiborrado del guiso que ella misma les ha servido. En uno de los pocos momentos con tintes feministas, Circe sugiere con amargura que la transformación revela, más que oculta, quiénes son realmente estos hombres: «¡Han violado y saqueado por todo el mundo por tu culpa! Soldados asquerosos con el estómago vacío y la sangre en ebullición. ¡Míralos y conoce a tus propios hombres!».
Hay que decir que, por mucho que a Nolan le guste la extravagancia visual, el diseño de producción aquí es decepcionantemente poco imaginativo: los decorados y el vestuario, en tonos sepia lúgubres y ennegrecidos por la luz parpadeante de las antorchas, parecen sacados del almacén de Juego de Tronos. En Homero, el palacio de Menelao, el viejo compañero de Odiseo, es tan opulento que Telémaco, que ha acudido a entrevistar al indulgente y bastante sentimental rey espartano sobre el paradero de su padre, se queda boquiabierto: «Observa, Nestórida, grato a mi corazón, el resplandor del bronce, del oro, del ámbar, y de la plata y el marfil, en estos vastos salones.» [Versión de Carlos García Gual.] Aquí Menelao es un señor de la guerra matón que, al parecer, ha disfrutado maltratando a su esposa, Helena —la actriz keniano-mexicana Lupita Nyong’o, en un casting que desató miles de tuits—, cuyo rostro, de legendaria belleza, está cubierto en su mitad por profundas cicatrices. Este Menelao (Jon Bernthal, con un acento que recuerda vagamente al de Tony Soprano) se ríe a carcajadas diciendo que quizá ese famoso rostro ahora solo pondría en marcha quinientas naves.
Si la película tiene un único motivo visual unificador, es, como era de esperar, el caballo de Troya, que causó tanta impresión en el joven Nolan. Cuando lo vemos por primera vez, en un flashback inicial que remonta al final de la guerra, el enorme artilugio negro sobresale de la arena junto a la orilla del mar, abandonado allí para que lo descubra un grupo de crédulos guerreros troyanos; Odiseo también ha dejado allí a un joven soldado griego llamado Sinón (Elliot Page) para tender una trampa al enemigo, con el pretexto de que se trata de un regalo de los griegos (supuestamente) en retirada. Los troyanos se apoderan del caballo y matan al ingenuo joven, a quien Odiseo había mantenido al margen del plan maestro de los griegos. En la Odisea de Nolan, el único encuentro significativo que el héroe tiene en el Hades es con el fantasma de Sinón, quien reprocha a su comandante su duplicidad —el lado negativo de su gran astucia—. La imagen final de la película reitera este punto: el ojo ciego del Caballo, que recuerda al del cíclope, mirando fijamente desde los escombros humeantes de Troya —las mortíferas secuelas de otro de los ingeniosos planes de Odiseo—.
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Pero, en realidad, la única faceta de Odiseo —y, de hecho, de la Odisea— que se muestra en la película de Nolan es la negativa. «Quería que la película fuera accesible», ha dicho.
Quería que el mundo de la Odisea se percibiera como un mundo con el que el público moderno pudiera identificarse. No queríamos que se viera ni sonara como las películas anteriores ambientadas en la Antigüedad, ya que muchas de ellas se inspiran en determinados períodos del arte y la música, como la pintura neoclásica de la Europa de los siglos XVIII y XIX o las composiciones orquestales de la época romántica. Queríamos un tono terrenal, moderno y cercano para dar solidez a la historia.
Al igual que en El regreso, «terrenal, moderno y cercano» se traduce aquí en un énfasis en la angustia psicológica y en un «realismo» sombrío que canaliza astutamente la impaciencia contemporánea ante nociones como los «grandes hombres» y el «heroísmo». En esta Odisea no hay ingenio, ni humor, ni encanto astuto. En esta Odisea, el héroe no engaña al cíclope con su brillante juego de palabras sobre «nadie»; él y sus hombres simplemente le sacan el ojo al gigante y emprenden una huida inspirada en el fútbol americano. («¡Corred agachados por la entrada y luego abrid el paso!») Este Odiseo no mantiene ninguna brillante conversación con su divina protectora, Atenea —un delicioso leitmotiv del texto de Homero—, porque el papel crucial que desempeña en la epopeya esa impresionante diosa, con sus inquietantes «ojos glaucos», se ha reducido a un par de escenas en las que Atenea (Zendaya, envuelta en lo que parece un diseño de Jil Sander) le anima en sus momentos de duda religiosa. («¡Mira! ¿Quién mueve esas nubes? ¿Quién mueve esas aguas?»)
Tampoco puede este Odiseo cautivar a los feacios con su labia seductora y sus fascinantes relatos, porque Nolan ha eliminado por completo el encuentro con los feacios —una auténtica lástima, dada la encantadora representación que hace ese largo episodio de la vivaz princesa adolescente Nausicaa, que descubre al héroe náufrago y lo salva, y de sus padres, que la adoran—. Este Odiseo no rompe a llorar ante la aparición de su madre en el Hades, porque ese tierno momento también ha sido suprimido, junto con el encuentro más crucial que tiene en el inframundo. El fantasma de Aquiles, que había renunciado a una larga vida a cambio de la gloria eterna, le dice a su antiguo compañero que preferiría estar vivo, como el sirviente más humilde de un hombre pobre, antes que ser rey de todos los muertos: un rotundo respaldo al héroe de la Odisea, que no se detiene ante nada para sobrevivir.
Nolan elimina todo esto mientras conserva material que aporta poco a su historia o a sus temas. Una escena confusamente prolongada de una batalla contra una raza de gigantes caníbales llamados los lestrigones, un episodio menor del canto X, no aporta nada, salvo quizá una descarga de adrenalina para el público de entre dieciocho y veintiséis años.
Peor aún, este Odiseo no lleva a cabo su conmovedor rechazo a la oferta de inmortalidad de Calipso porque Nolan, siguiendo el ejemplo de la versión de Kirk Douglas, retrata a Odiseo como un amnésico durante los siete años que pasa con ella; ni siquiera sabe que tiene una esposa con quien volver. En una fusión de dos aventuras canónicas, Nolan hace que su Calipso (Charlize Theron) —aquí, aparentemente, no una diosa, sino una simple mortal— confiese a su amante que, durante todos esos siete años, le ha estado dando de comer loto para aliviar su angustia mental. «Quieres recordar, pero ¿y si recordar destruye tu felicidad?», murmura ella —una de las varias frases al estilo de Yoda que Nolan atribuye a un personaje que, en el original, es dueña de un impresionante estilo retórico—. (La Calipso de Homero, ante la orden de Zeus de entregar a su cautivo, arremete contra la doble moral masculina respecto al comportamiento sexual de las mujeres en un discurso memorable que no ha perdido nada de su frescura, ni de su pertinencia). La esencia del episodio de Calipso radica en que Odiseo recuerda a su esposa y la vida que ha dejado atrás: cuando lo conocemos por primera vez, en el canto V, está contemplando el mar, «sentado en la orilla. Nunca estaban sus ojos secos de lágrimas, y consumía su dulce vida añorando su regreso» [Versión de Carlos García Gual.]
Lo que este Odiseo sí recuerda es el Caballo y todo lo que Nolan quiere que represente. El clímax de su adaptación no es el logro triunfal de la venganza largamente aplazada ni la recuperación de la identidad del héroe, sino un momento de la noche anterior en el que Odiseo, disfrazado de mendigo, conversa con Penélope. Desesperada, ella insiste en que el marido que ella recuerda habría encontrado la manera de volver a casa si aún estuviera vivo. Con tristeza, Odiseo responde: «No siempre es fácil volver a casa. ¿Y si el Odiseo que conocías se hubiera perdido? ¿Y si viera cosas?… ¿Y si, al abrir las puertas de Troya, viera cómo diez años de ira se derramaban sobre esa ciudad en una sola noche?». Esto desencadena un extenso flashback de las atrocidades cometidas por los griegos durante la caída de la ciudad: las violaciones, las decapitaciones, las profanaciones de los santuarios. Por estos crímenes, el Odiseo de Nolan siente una culpa paralizante:
Les dejamos un regalo, una ofrenda de paz que ellos llevaron a su hogar. Violamos todo lo que se considera sagrado entre las personas y convertimos una lucha en una caza. Quemar las murallas de Troya fue como quemar el mundo entero… ¿Y si [Odiseo] supiera, aquella misma noche, mientras caminaba entre las llamas de la anarquía y el dolor, y en los días de sudorosas celebraciones que siguieron… ¿y si supiera exactamente lo que había hecho?
Mientras este rotundo discurso resonaba en mis oídos, se me ocurrió que no se parece en nada a los héroes de Homero —que, al fin y al cabo, se jactan alegremente ante los cuerpos mutilados de sus enemigos masacrados—, sino que se asemeja mucho a los héroes de las películas de Christopher Nolan. Este Odiseo atormentado y consumido por la culpa, despojado de humor e ingenio, de seducción y astucia, es un pariente del angustiado amnésico de Memento, de Batman, de Oppenheimer, hombres atormentados por un pasado con el que luchan de diferentes maneras. En declaraciones al Times en vísperas del estreno de su película, Nolan reconoció que, al leer diversas traducciones de la Odisea, se dio cuenta de que era el «texto original, presente en todo lo que he hecho antes».
Pero, independientemente de su fascinación de toda la vida por la epopeya, Nolan se ha limitado a rehacer al héroe de Homero a su propia imagen, del mismo modo que ha impuesto a las aventuras de Odiseo valores totalmente ajenos a Homero. ¿Es su nueva versión de la historia de Odiseo impresionante por su impacto visual y distintiva por su ingenio estructural? Sí. Pero, ¿es «esencialmente» homérica? En eso dejaré que Penélope tenga la última palabra: «La estructura no es nada sin el respeto de la gente hacia lo que significa».
Publicado originalmente en The New York Review of Books.