Alicante, junio de 1996. Hogueras. La noche de los zapatos en la mano, del Hércules recién ascendido y de las lágrimas de rímel en la almohada. La noche en la que el fuego me lo metí en la glotis de la rabia, de las fotos borrosas de lejos que valían mucho más que los reportajes de iPad. Y de la conversación imaginaria y realísima sin necesidad.
- Para entrar al backstage, necesitas un pase VIP, xiqueta. - Un pase VIP. Cuando seas mayor, podrás tener uno.
No digo que se me generara un trauma, pero sí se me quedó dentro. Como un tumor benigno que no molesta, como un ovario con endometriosis. Y, seguramente de modo inconsciente, desde aquel instante, desde la noche de los zapatos en la mano, ando buscando pases VIP. No al recinto donde tú estabas en sí, sino (supongo) a la vida. La vida verdadera, vetada cuando tienes 11, 12 y 15 años, cuando tienes un cuerpo que te valga para nada, cuando a veces te sientes como la conciencia cuasi inerte de 'Johnny cogió su fusil'.
Y así me convertí en coleccionista de pases VIP. Pases VIP para departir con los Príncipes de Asturias, con el presidente del Gobierno, con Risto Mejide, con Ana María Matute, con Joan Manuel Serrat. Pase VIP en ARCO, en la Líber, en la recepción de la Infanta Elena, en primera línea de fuego cuando explota un tren o cuando una madre asesina a sus hijos. Pase VIP al Prado, pase VIP a la Borghese, pase VIP a la Acrópolis de Atenas y a la bragueta del Amor de Mi Vida. Porque, desde la noche de los zapatos en la mano, conocí a más hombres. Descubrí que había hombres que me gustaban más que tú, hombres por los que luchar y escribir, sino un diario en verso, sí un diario en griego antiguo, para salvaguardarlo de los cotillas. Me enamoré, me reventé, tuve una primera cita también el 17 de Octubre, 17 de Octubre de 1997, perdí la virginidad en 2004 y años después me quise exiliar a Zurich, a lo que queda del París antiguo en el que se murió Tristan Tzara, incluso a la isla del enemigo. Ya mucho antes me había olvidado de que te quería. Sin olvidarme jamás.
Y este preludio del Día del Amor, por fin me las vi a punto de sacar un pase VIP para tocarte. Y pensé que quizás, y sólo quizás, te expendería a ti un pase VIP para que me comieras el coño.
"Mójate", dije, cuando en realidad tenía que haber dicho "las historias de verdad bonitas no pueden acabar mal". O "me gusta que me roces el antebrazo y que arrimes tu cara a la mía cuando hables conmigo". O "una vez pensé que eras el adecuado para cambiar el mundo, pero me pasa lo mismo cada vez que me enamoro: creo que el amado es la persona perfecta, la media naranja de los tópicos, para cambiar el mundo, aunque seguramente siempre me equivoco, porque el secreto para cambiar el mundo lo aprendí con la Magia". O "cuántas veces soñé con besarte, cuando aún no sabía besar". O "habrá acaso zona más VIP que mi cuartel general, mi palacio en ruinas, donde me enamoré de otro y nunca me acordé de ti".
Y de golpe me veo paseando contigo, y nos cruzamos con un puñado de soldados nazis, con Napoleón, con el río de los venenos, nos cruzamos con todos los tunos del mundo, que habían tomado la ciudad para no cantarnos canciones, nos cruzamos con la vida hipócrita que explota los sábados en forma de croquetas y gambas rebozadas, que muy poco tiene que ver con la vida verdadera del 17 de Octubre, día del amor, a ver quién es el guapo que me dice que Octubre no se escribe con mayúsculas.
Eres un poco mi prehistoria y mi mentor, y me enseñaste tan a lo bestia a valorar lo intangible que estuve durante años sin preocuparme de tocar nada. Me enseñaste a vivir sin ojos y sin manos, pero con pase VIP. Pase VIP para brindar, para emborracharse y para ser la crónica sucia del baile del Metro de Madrid, del billete de autobús con el que no me perdí en Gran Vía, cuando Gran Vía era más alta y más hostil conmigo, porque con ella tampoco tenía pase VIP. Brindemos por lo que no te contaré nunca, brindemos por los subnormales que permitieron que sus sueños caducasen y no cogieron ningún tren, aunque luego cogieran un avión para hacerse un selfie en Punta Cana. Brindemos por los que no se saben de memoria el 'Bolero' que Google ignora, brindemos por todos los que me hicieron y todos los que te hicieron daño, brindemos por 7º de EGB y por la caja de rotuladores de la tómbola a beneficio del Cuzco. Brindemos por esa sonrisa, porque a veces también está muy bien mirar. Y, mirar, después de haber vivido sin ojos, está mejor. Brindemos porque Alicante se arrodille ante nosotros y nos presente sus respetos.
Mientras, la vida verdadera palpita, sufre, añora y manda correos electrónicos. Y tú preguntas si te lo regalo, y brindamos con Rioja, y recuerdo lo maravilloso que es manipular, engañar, robar, lo maravilloso que es el tráfico de influencias, lo maravilloso que es tener 33 años y no 13, lo maravilloso que es crecer y corromperse sin con eso he llegado a brindar contigo, aunque odies la cerveza y odies el tabaco, el mismo tabaco que te fumabas en Alicante, junio de 1996.
Al final has sido tú quien ha cogido el tren para venir a verme. Verte, que me sonrías encima, es tan alucinante que no le queda otro remedio que ser efímero.
- La quieres más a ella... ¡Reconócelo! - No, Lowenstein... sólo hace más tiempo.
'El príncipe de las mareas'
Paulo Coelho ha sacado un libro que se llama 'Adulterio' y, sin leerlo, ya me parece un sacrilegio. No sé de qué va la perorata de turno, es que el título en sí me ha hecho divagar. Adulterio. Una palabra preciosa, suena bien en la boca, golpea en el paladar desde luego mucho mejor que 'matrimonio'. Sin embargo, su melodía fonética es directamente proporciona a su mala fama.
Relacionamos 'adulterio' con traición, con dolor, con alguien que se va con alevosía temporalmente a filtrar al enemigo amor blindado por un sacerdote o un juez. Adulterio es una mujer de vida alegre cuya máxima aspiración en la ídem es arrebatar el marido a su legítima santa. Como si rubricar el certificado fuera un contrato. Como si se pudiera augurar un monopolio al amor. Y como si esas mujeres crueles, frívolas, malísimas personas, de las 'otras' sólo respirasen por la única razón de hacer daño, ja, el placer de hacer daño, el enormísimo placer de desgarrar la rutina de una señora encantadora que firmó, ante dios y ante los hombres, que ese marido es su marido. Y he estado divagando (como mujer a la que han puesto los cuernos más de una vez, y que los ha puesto, más de una vez, y a la que han abandonado por otra más de una vez, y que ha abandonado por otro más de una vez) y me he dado cuenta de que, como dice el tópico, no todas las infidelidades son iguales. No todos los restregones tienen larga vida, y no todos los adúlteros (ni, mucho menos, las 'otras') buscan dejar de serlo. Y me he dado cuenta de que, de vez en cuando, creo en la gente.
Creo en la gente que se busca para quererse sin plasmarlo en redes sociales. En la gente que se busca cuando, seguramente, no debería buscarse, si a la opinión pública, el sentido común y los compañeros de trabajo les preguntas. Quererse no significa buscarse a diario, pero buscarse creo que sí significa quererse. Quererse porque sí, buscarse porque sí. Sin ataduras, sin explicaciones, sin tener que acordar ir a casa de suegros, cuñados, primos, amigos comunes, sin cumplir un contrato social artificioso y estúpido, sin más. Sin compartir una hipoteca, una serie de televisión favorita o una cena a cuatro en el japonés. Creo que Sabina escribió algo parecido en una canción. José Córdoba lo escribió en todas. Quererse porque sí, buscarse porque sí, aunque a veces hasta tú mismo dudes sobre si es correcto quererse o buscarse. Probablemente no lo sea, pero quién habló de corrección, quién pensará en corrección el día de mañana, cuando se esté pudriendo, cuando se esté matando o cuando lo maten, qué más da. Creo en la gente que, cuando toma café, no mira el móvil, porque prefiere mirar la clavícula del otro. Creo en la gente que no necesita el aplauso, el pulgar hacia arriba colectivo, la sonrisa, la empatía, la firma en el registro civil o el beso ante el cura. Creo en la gente que se quiere porque les vino dado quererse, aunque su amor no beneficie a nadie; ni perjudique a nadie, puesto que los secretos, cuando de verdad son secretos, no lastiman ni supuran. Creo en los que se besan no como animales, sino como humanos que comprenden que un sentimiento, lo que es un puto y puro sentimiento, no es un arma. Creo en quienes se quieren y se buscan sin pretensión de oficializar algo, porque oficializar sería escenificar, infringir daño quizás, marear, destrozar. Creo en los que se protegen y se esconden de la vida para verse diez minutos.
A ver quién tiene los santos huevos de decirme que eso no es amor.
A mis 78 años recién cumplidos, diez de los cuales los he pasado en este pueblo de Albacete al que no llega Internet, quiero/ deseo / necesito reciclar, o establecer, una serie de principios que creía olvidados, pero que espero no olvidar nunca. Dicho lo cual, manifiesto, con una mano en el pecho y otra sobre la biografía de Rocío Dúrcal, lo siguiente:
- No me interesa hacer amigos. Es más, he llegado a un punto en el que no me interesa el mínimo contacto con seres humanos. A lo largo de todas mis vidas, he conocido a un porcentaje considerable de la población mundial para afirmar, sin temor a equivocarme, que todo el mundo es idiota y que, el que no lo es, muy probablemente sea un hijo de puta. He estado echando cuentas y creo que sólo considero válidas (ergo, me importan de verdad) a siete personas de este planeta y, de esas siete, cuatro son hombres. Ese es el nivel.
- No me interesa "hacerme un nombre". Ya tengo muchos nombres. Mis amigos me llaman Larisa, Lari, nena, neni, Julieta, Sandra, imbécil o tía. Mi madre me llama "hija" (como no podía ser de otra manera) y yo ya empiezo a llamarla "madre" en lugar de "mamá", lo cual implica que ambas tenemos una edad.
- No me interesa mostrar al mundo mis creaciones. Dado que el mundo está lleno de personas estúpidas, no considero que cuenten con ningún mérito para ganarse el privilegio de disfrutar de mi obra pictórica y literaria, magna, sublime y superior a la media de sus ignorantes conciencias. ¿Te imaginas lectores, qué sé yo, alicantinos, gallegos o murcianos? Qué sopor, en serio.
- No me interesa España. Madrid me asquea en particular. Madrid tiene alma de yonky, de suciedad infecta, de basura restregada por la acera en la que picotean palomas con lepra. Madrid es vómito, así que mi intención es no volver a pasar dos días seguidos en esa ciudad. Lo bueno es que en el Senado no tienes obligación de ir todos los días.
- No me interesan tus sobrinos. No es necesario que compartas conmigo toda mínima anécdota nimia y estúpida que estos digan/realicen. No sólo no es necesario, sino que es cargante, molesta, irrita y, si no fuera porque hay vigente un Código Penal, quizás acabaría en violencia física y verbal.
- No me interesa Internet. De algunos de los mejores momentos de mi vida hay fotos, pero nunca las he hecho yo y, por supuesto, no las he subido a 'la nube'. En un mundo dominado por la sobrecomunicación, atestado de idiotas, concibo la felicidad absoluta como la ausencia de seres humanos. La ausencia de público. La ausencia de imbéciles. El verdadero triunfo es no existir, vivir oculto, vivir ignorado, sin llevar en el bolsillo un geolocalizador ni ir dando cuenta de lo que comes, documento gráfico mediante, a un grupúsculo de seres que, menuda coña, se hacen llamar 'amigos'.
- No me interesa compartir. Hay algo más adictivo que contarle al mundo absolutamente todo: no contarle absolutamente nada. Por la parte que me toca, aspiro a abrazar sin una cámara delante, a perder la cuenta de los besos sin buscar el 'me gusta' colectivo, aspiro a ser feliz sin tener que disimular que lo soy. Y sin inventarme las ganas de fingir que lo soy.
Mañana vendo el iPhone a un moro y el 3 de julio se me acaba el contrato de permanencia con Vodafone. Conservo un Nokia de 2006 que, con suerte, está vivo.Que os den mucho por el culo.
Me gusta que mi vida salga en el papel couché, pero más me gusta no salir yo. Yo, que le cogido la mano a Ana María Matute y la polla a tu persona. Yo, qué he escupido en la cabeza de Álvarez Cascos y compartido confidencias con las chicas de Lunae. Que me he fumado un porro con los Estopa, que he discutido con Rosa Díez sobre la manera de tratar a los idiotas en redes sociales. Yo, que he estado de cóctel con la Infanta Elena y de borrachera con Joaquín Reyes. Yo, chaval. Que tengo 57 años y tres hijos, yo soy una persona muy sincera, yo soy una señora, un poquito de respeto, usted no sabe con quién está hablando.
Yo, que he visto amanecer en Roma y atardecer en Eleusis. Yo, que he tenido un orgasmo en Atenas. Yo, que sé el secreto para cambiar el mundo, que tengo un Ángel de la Guarda analfabeto y media docena de amigos humanos. Yo, que practico a diario el cohecho y el tráfico de influencias. Despacico conmigo. Que tengo un despacho con vistas a Atocha y no vengo más nunca al AVE.
Si el día que te abracé se alinearon los planetas, seguramente esta mañana han vuelto a hacerlo, porque se me ha salido el corazón por la boca corriendo, calle abajo por todo Albacete, después de que mi mejor amiga, la madre de mis hijos, me escribiese el mensaje que explica lo mismo que este post, pero mejor. Ya está. Ella alega que la culpa la tiene el Pato Donald. Yo alego que soy un idiota, soy un bromista, soy como todos ustedes. Idos todos a tomar por culo, Dadá no existe, Dadá no significa nada, ni puta idea de épica tenéis, pandilla de idiotas que vais al psicólogo y yo acabo de tener una revelación defecando, una inspiración, oh. Caca.
("Esa es la actitud")
Que me da igual en el idioma que me lo digas. Que sé cómo va esto, chaval. Que tengo antecedentes. Que guardo un plano de instrucciones desde 1992, desde antes de llegar si quiera a conocerte, mucho antes ya te quería, como dice la canción. Es la ventaja de tomar apuntes, y de estar loca, y de haber dormido con recortes de la Súper Tele, que se te quedaba la tinta pegada al pecho y sólo te preocupaba que se ensuciasen las partes color carne del papel. Pero vosotros seguid pagando terapeutas, que no sabéis lo que es la magia.
Porque, cuando el mundo brilla, es alucinante. Pero, cuando explota, oh, Dios mío, cuando explota, cuando revienta en diamantes, cuando me pierde el ego de que estoy más cerca de ti, yo, mi, me, contigo, más cerca de lo que sé, más cerca de lo que diría un imbécil, del qué sabe nadie, la vergüenza pasa pero la cita queda, dime qué es lo qué puedo hacer, cómo te puedo tener en mi vida, como dice la canción. Que no me importa, que sí me late.
Porque yo engañé al Amor de Mi Vida contigo. El que no lleva cuernos es porque no lo sabe.
(Atención, alerta cursi) Tú eres todos los poemas de amor y todas las canciones desesperadas. Eres lo cursi con mayúsculas y la crueldad supina. Quizás no es casualidad que justo el otro día encontrase, en el diario de 2007, la fecha exacta en la que me enamoré de ti. No sé si la vida tenía un plan, pero nunca perdí el tiempo luchando contra lo inevitable. Quererte es lo inevitable. Quererte es lo infame, lo estúpido, lo parnasiano, lo idiota.
Todo lo que tengo que decirte te lo dije mejor, comonunca, como siempre. Y a tu lado todo el mundo es tonto, a tu lado sobran los demás mortales, y no me digan que exagero, no ose nadie que no te haya tocado la cintura a decirme que exagero si quiera un poco.
Todas las musas te guardan pleitesía, todos los poemas hermosos acaban hablando de tus cejas, todas las canciones bonitas del mundo se hicieron para ti. Y me da igual todo, y lo voy a consentir todo, consiento incluso que me digan que es mentira lo que estoy diciendo, que el Sistema Solar no tiene un pacto contigo, porque claro que lo tiene, y qué más da, si son palabras. Son palabras ignorantes, todo sonido que salga de la boca de un humano y no sea para alabarte se convierte en eso, en una palabra ignorante. Que es muy fácil caer en la herejía contigo, apuntarse a tu religión, tu religión, que otros se adelantaron en fundar, quizás sin saber que el árbol de la ciencia es tu cuerpo. Todos los humanos son feos si se comparan contigo.
No entiendo cómo alguien puede caminar a tu lado sin que las arrugas de las comisuras le rocen la nuca. No entiendo cómo alguien puede pasar un solo día de su vida triste cuando te ha oído decir que la quieres. Aunque un día ya no la quieras. Y sólo espero que no te haya hecho daño, porque tendría que matarla.
("Podría ser peor")
Me queda el resto de la vida para plagar de hipérboles las calles de Praga, para lanzarme a hacer pintadas en los cielos reventados de las ciudades grises, para extender los brazos y decir qué pasa, si yo conozco esta guerra, si sé lo que es correr en camisón por la calle de madrugada con los muslos llenos de sangre y la boca llena de vino, ¿a mí me vas a hablar de utopías? ¿A mí me vas a decir que no? Que no ya me lo dijeron hace más de dos décadas, ¿pero quién te has creído que soy, niña? Usted no sabe con quién está hablando. Que al final el método sí valía, ¿puse yo en duda que valía, puse yo en duda, puse yo? Tampoco eres el primero al que sólo amo en los años bisiestos. Porque no tenéis ni puta idea de épica, ni puta idea. Ya te llamo esta tarde. Y tengo el resto de la vida. El resto de la vida para volver a besarte en la boca.