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sábado, 22 de junio de 2013

El suicidio ¿un acto valiente o cobarde?

¿Tiene sentido calificar al suicidio como un acto de valentía o de cobardía? No lo creo. Si alguien elige suicidarse es porque dejó de sentir motivación vital, porque no pudo resistir una situación intolerable, porque al intentar escapar de ella perdió o creyó perder, que para el caso es lo mismo, la opción de cualquier otro camino. Si una persona agobiada solo ve una vía de escape ante sí, no es culpable por seguirla y nadie tiene autoridad para juzgarla. Condenar al suicida supone un juicio extemporáneo contra el último acto de una voluntad que dejó de ser libre para someterse al mandato de la desesperanza absoluta. Cada quien es producto de su historia, la cual escribe y concluye como mejor sabe y puede. Deberíamos estar hartos de juicios, condenas, ataques y discriminaciones, pero no es así, y mucha gente sigue suicidándose por falta de un apoyo efectivo y oportuno. La vida se defiende, la muerte no.

Ante la creciente estadística mundial de suicidios, creo importante alertar sobre esta tendencia, buscando prevenirla y en lo posible evitarla, sin olvidar el derecho de cada quien para decidir cuándo y cómo morir, en tanto no dañe a otros y persista en su decisión después de haber contado con la debida ayuda terapéutica. Al fin y al cabo es su vida y toda persona es responsable de sus actos. Pero hay actos individuales como el suicidio que son responsabilidad de todos, si por egoísmo o indiferencia no ayudamos a quien es incapaz de continuar luchando a solas. Es obvio que el suicida no contó con un apoyo externo suficiente ni con una esperanza de cambio que le prometiese un mejor futuro, y por eso renunció a este. Es obvio también que su miedo o sufrimiento fueron tan grandes, que en su decisión pesó poco o nada el dolor que su muerte podría causar a sus allegados. En lo personal me afecta que una vida, sea que la conozca o no, decida matarse por sentirse sola, desvalida, sufrida, indeseada, desprovista o inútil. Y también sé que, por haber vivido y tenido esperanzas antes de perderlas, la muerte jamás podrá borrar esa vida ni lo que hagamos en su favor cuando todavía es tiempo de hacer algo por ella.

Caminan por este mundo individuos que carecen de la capacidad de dar valor a su vida o a la de otros. Nacieron carentes de esa capacidad de valoración, o no les fue introducida en sus primeros años ni reforzada en los siguientes. Pero a diferencia de otros asesinos, rara vez un suicida es un psicópata, sino que frecuentemente se trata de alguien mentalmente sano y con una sensibilidad muy desarrollada. La mayoría de suicidios se registran en la población adolescente y en la de edad avanzada. Las causas más frecuentes incluyen el envejecimiento, la muerte o rechazo de un ser querido, la pérdida o carencia de imagen, de poder o de bienes materiales, el rechazo social o las enfermedades incurables. La dependencia del alcohol y otras drogas representa un suicidio progresivo, pero tan innegable como el de quien escapa a una vida intolerable por medio de una muerte rápida.

Todas estas causas revelan tardíamente en la víctima una falta evidente de amor por sí misma, una aceptación propia que brilla por su ausencia. Ambas surgen de la alienación colectiva  que lleva al ser humano a verse y a ver a los demás desde una perspectiva equivocada. Ciertamente hay personalidades débiles entre los suicidas, pero en su mayoría son casos que se cansaron de luchar contra esa despiadada manipulación colectiva que empuja al deber ser para manejarnos ideológicamente y explotarnos económicamente. Y cuando alguien no logra ocupar la posición que se le exige para ser aceptado y querido por sí mismo o por los demás, vive una situación agobiante que puede ser su límite, y entonces la inmadurez emocional en el joven, o la dependencia del qué dirán en el adulto, o la creencia de ser un estorbo en el anciano, los conduce a la decisión final que efectivamente termina con esa situación insoportable, pero que no la soluciona, puesto que nadie puede probar adónde nos conduce la muerte, sea natural, accidental, auto infligida o inducida por otros.



Una aproximación al suicidio más adecuada que verlo como algo cobarde o valiente, justificable o no, sería la de reflexionar: ¿Por qué es importante la vida? ¿Por qué nos aferramos tanto a ella? Aunque no sepamos qué representaba su existencia para el suicida, con este tipo de preguntas tendríamos un atisbo del motivo que lo llevó a salirse de un contexto sin sentido de continuidad y en el cual perdió la razón de ser. Desde tiempos remotos se dice que la vida es el bien más valioso, y que terminar con ella es el peor daño que un ser humano puede ocasionarle a otro o a sí mismo. Sin embargo no cesan las guerras, el asesinato, la delincuencia individual u organizada, la tortura, la discriminación, el irrespeto a los derechos humanos, el valorar la vida por logros y posesiones y no según lo que se es, entre otras conductas humanas repetidas siglo tras siglo, mostrando claramente que somos una especie enferma. ¿Enferma de qué? De miedo. Un miedo que se impone incluso al instinto por sobrevivir y que entonces se expresa a través del suicidio.

Al pensar en este tema surgen preguntas fundamentales: ¿Por qué vale la pena vivir? ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Cuál es mi peor miedo? ¿O mi mayor dolor? ¿Qué me veo incapaz de soportar? ¿Qué podría llevarme al suicidio? Hacernos estas preguntas nos hará conocernos mejor y poner en claro a qué nos aferramos, cuál es nuestra máxima prioridad, por qué esa persona, posesión o situación mide nuestro deseo de vivir, o por qué su pérdida equivaldría a morir. Aun siendo puntos de vista relativos y subjetivos, al ser los de cada quién son los únicos que en este caso importan.

Hurgando en nuestras motivaciones, aprendizajes, prioridades, miedos, creencias en el más allá y el más acá, haciéndonos oportunamente las preguntas adecuadas, encontraremos la mejor manera de restarle posibilidades a la del suicidio. Plantearlas en relación a quienes más queremos nos llevará a entenderlos y amarlos mejor y a prevenir su muerte por propia mano. No querer reflexionar sobre el tema será simple miedo a la muerte, desinterés por el tema o incapacidad para profundizar en la vida. Es comprensible. Adentrarnos en esta es bucear en la muerte, pues ambas forman parte de un mismo proceso inevitable que a todos nos afecta. Cualquier criatura medianamente feliz aborrece la sola idea de la aniquilación absoluta, pero cada hora desde que nacemos nos acerca a la hora final, y está en cada uno el concretar qué podría llevarnos a adelantarla. Evitar pensar en el asunto no impedirá que pueda suceder.


Considero que la mejor manera de honrar esta vida tan corta que tenemos es mirar de frente a la muerte y aclarar con esa confrontación por qué vale la pena vivir y de qué manera podemos existir con más dignidad y satisfacción vital, con más provecho personal y colectivo, con visión más clara acerca de la importancia que tiene cada vida. La más humilde o aparentemente insignificante es única e irrepetible, y el Universo no estaría completo sin ella. El valor objetivo de la vida no es algo relativo, no está definido por el éxito ni por el placer que contiene, y menos aún por leyes sociales o religiosas de convivencia. Al ser únicos, nuestro cuerpo y mente jamás volverán a existir idénticamente tal como son en este instante.

Preguntar ¿por qué respiras?, lleva a pensar en la fisiología o el instinto. Pero preguntar ¿por qué eliges amanecer cada mañana? ¿para qué te levantas de la cama? o ¿por qué vale la pena respirar otro minuto, otro día, otro año más? te conduce a la razón que tienes para seguir viviendo. Paséate con sinceridad por todas las respuestas a esas cuestiones, hasta llegar a una en la que tu respiración no dependa de otra persona o de una condición externa a ti, y luego apóyate en esa respuesta para amarte, aceptarte, respetarte, valorarte y vivirte, sabiendo que eres el dueño o la dueña de una vida irreemplazable que ninguna otra puede sustituir. Porque ninguna puede ser ni será jamás exactamente como la tuya o la del otro, así como ningún instante se repite ni jamás podrás bañarte dos veces en el mismo río mientras habites en este mundo cambiante.

Escrito por: Gustavo Lobig

lunes, 31 de octubre de 2011

La Eutanasia como una Decisión de Vida

Este es un tema que para muchas personas puede ser doloroso, vetado o inclusive pecaminoso. ¿Cómo alguien se puede atrever a cambiar los designios de Dios? Es aquí donde comienza a no tener sentido para mí, puesto que análogamente, al tratar de extender la vida con medicamentos, intervenciones quirúrgicas y conectados a máquinas artificiales se estaría violando ese mismo principio “divino”; y si así fuera, entonces todas las personas que decidan ser tratadas por una enfermedad mortal y logren combatirla estarían destinados a “arder en el infierno”, y sus médicos serían sus implacables verdugos. ¿Qué absurdo, no?.

Para comprender mejor esto es importante recordar que existen dos tipos de eutanasia, la que es decidida por el mismo individuo (el afectado) en plena facultad mental de sus actos; y la que es decidida por otra persona, cuando el individuo no puede tomar esa decisión. Cualquiera de las dos tiene el mismo propósito que es ponerle fin a una vida, sea cual sea la causa que origine tal elección.  En este último tipo de eutanasia, la ética tiene un protagonismo importante debido a los principios de la medicina cuya misión es curar y prolongar a toda costa la vida, así como las creencias religiosas que se imponen por sobre lo que debería ser “ético”.  Sin embargo, quiero hacer especial mención en el caso de la eutanasia que es decidida por el mismo individuo, ya que esta lleva consigo una gran carga de valentía. El decidir ponerle fin a la vida, en pleno conocimiento de sus actos, a mi juicio, no puede ser más que admirable.

Pongamos el ejemplo de una persona que haya sido diagnosticada con una enfermedad terminal que en su etapa final producirá un gran sufrimiento, ¿Por qué esta sociedad debe permitir que esa persona pase por todo ese dolor?; es más, todo está diseñado para prolongárselo, ¿Por qué? Por más que existan medicinas que puedan aliviar el dolor nadie debería intervenir en la decisión de la persona de tener que sufrir o evadirlo. Si es decisión del individuo evitar el sufrimiento pues nadie ni nada debería reprimir su voluntad.

Veo con mucha preocupación como casi todos los países del mundo tienen leyes que prohíben la eutanasia como medio para ponerle fin a la existencia del cuerpo físico, colocándoles de esta forma todo tipo de trabas a las personas que por cualquier causa deciden morir. Mas allá de analizar cada caso o situación personal, si una persona elige morir no le quedaría otra salida que buscar una alternativa como el suicidio o resignarse a sufrir espantosamente hasta morir, si fuese el caso de una enfermedad incurable.

He leído infinidad de escritos sobre este tema, y me he encontrado con que la mayoría de la gente que se opone a esta práctica lo hace movida por creencias religiosas, y con esto vuelvo al principio de este artículo y el motivo de mi reflexión. Me cuesta concebir que un grupo de personas decida lo que esté bien o lo que está mal en las elecciones que otras personas hagan sobre su propia vida, y menos aún si esas elecciones no perjudican ni dañan a nadie. Lo más alarmante es que aquellos que se oponen lo hacen por el mismo miedo a quebrantar sus propias leyes “divinas”, pretendiendo aplicar restricciones a quienes piensen distinto.

Mi opinión muy personal es que si una persona decide morir de una manera honorable, cuando aún tiene calidad de vida, sea cual sea la razón que conlleve a tal elección, y cuando la ciencia médica se declare incompetente, debería tener a su disposición instituciones u organizaciones avaladas por las leyes de cada país que brinden ese servicio de la misma manera honorable y respetable como lo es la decisión en sí. Decidir el uso de la eutanasia de manera consciente como último recurso es una elección que se toma en vida y debería ser respetada y hasta apoyada si lo vemos de una manera objetiva. Por ello, invito a que la gente abra su mente y vea este tema como algo que no tiene que verse influenciado por fanatismos absurdos ni por religiones impuestas, si nos atrevemos a verlo bajo una perspectiva amplia y diferente podemos encontrar un recurso que hasta podría ser utilizado por nosotros mismos si fuese necesario.

Entiendo que este es un tema muy complejo, amplio y que da a lugar a una infinita controversia. No obstante sentí la necesidad de exponer mi punto de vista. En una siguiente entrega escribiré mi opinión sobre la eutanasia que no es decidida por el individuo afectado. Por el momento querid@ amig@ ragunian@ me encantaría conocer que piensas sobre tan delicado tema. Tu opinión será más que bienvenida!

Escrito por: Rafael Baralt