Robert Redford es famoso como actor, director, productor y activista. Desde 1980, por medio del Festival de Cine de Sundance y el Instituto Sundance, trabaja para que las voces independientes desarrollen su arte —en el área del cine, el teatro y la música— y lleguen a una nueva y mayor audiencia. Hablamos con Redford acerca de cómo el cine independiente se convirtió en su pasión. “Para mí, las historias que vale la pena contar son las que hablan de una verdad que está oculta debajo de la verdad que se conoce o se cree conocer. Quise concentrarme en películas independientes para mantener vivo el espíritu independiente a través de la narración y creación de películas”. Escuche/Vea/Lea (en inglés)
Los hermanos Spierig se dieron a conocer dentro del terror australiano con «Undead», otra de zombis que les ha servido para encontrar coproducción en Hollywood. La justa, porque «Daybreakers», que ha sido rodada en las Antípodas, tiene un ajustado presupuesto de 21 millones de dólares. Han aprovechado la inversión para crear imágenes más estilizadas, de acuerdo con ese tono oscuro que impera actualmente en el género, sobre todo en su variante futurista.
Y es importante recalcar el tono anticipativo de la cinta, porque su argumento es una alegoría vampírica sobre el poder destructivo del capitalismo. Los Spierig son los autores de un guión que se apunta al mensaje por la defensa medioambiental, al recalcar los peligros a los que se enfrenta la humanidad de hoy en adelante.
Para crear mayor inquietud, imaginan que tan sólo dentro de nueve años el mundo estará dominado por los vampiros, que ya no serán unos mitos románticos como eran representados antaño, sino unos vulgares «chupasangres», unos explotadores agrupados en grandes corporaciones multinacionales, cuyo único objetivo es someter a la humanidad y controlar su aporte sanguíneo.
Por suerte para los humanos hay un vampiro rebelde que se enfrenta a los suyos, un investigador que quiere encontrar un sucedáneo en el laboratorio para evitar tanta sangría. Ethan Hawke encarna al vampiro concienciado con la desgana habitual con la que las estrellas de Hollywood protagonizan las películas hechas para el público adolescente menos exigente.
Resulta muy curioso que después de tachar a Mandela de “terrorista”, algunos que decían esto antes lo presentan ahora como si tuviera un lugar garantizado en el cielo.
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Hacía tiempo que se venía hablando de Invictus que es el título que Clint Eastwood ha tomado prestado de uno de los poemas escritos por Nelson Mandela en sus largos años de cautiverio. Estamos hablando de una producción en el que Morgan Freeman –que ya había interpretado a Dios en alguna ocasión- ha sido inspirador, productor y protagonista. Lo recordamos a ambos en Sin perdón, y también en Million Dollar Baby, dos catedrales del cine con las que este Invictus no podrá compararse. También es cierto que Freeman debutó como realizador en Bopha (USA, 1993), una de las películas más dura contra el régimen del apartheid, y más concretamente con los nativos que se avinieron a estar a su servicio aunque siguieron viviendo en los barrios de los pobres.
Se trata de una de las películas más esperadas de los últimos meses, y hasta hace días candidata, además, a triunfar en los próximos Oscar de Hollywood. Invictus. Está basada en la novela del periodista “liberal” (en Sudáfrica esta palabra fue casi sinónimo de “rojo”) John Carlin El factor humano, título por cierto tomado de una gran novela de Graham Greene que Otto Preminger llevó al cine en 1980, y que sin ser de las mejores de las suyas, describía muy bien la podredumbre del régimen del apartheid, pero sobre todo la miserable colaboración del gobierno británico. De ahí que la película levantara ampollas en Pretoria.
Ésta ya no es tan dura. Nos viene a decir que los blancos también tienen alma, aunque ésta no llega hasta el punto de renunciar aunque sea a parte de los privilegios que arrancaron a los nativos a sangre y fuego. Y es que en Sudáfrica cambió un sistema ya condenado por la historia y por los pueblos del mundo aunque el gobierno español (de Felipe González) seguía vendiéndole armas, y personajes como Reagan, Thatcher, Kohl o Manuel Fraga seguían tachando al ANC y a Mandela de “terroristas”. Fraga escribió un par de artículos en El País a principio de los 80 que estaría muy bien recuperar.
La película nos sitúa en unos años después de la caída del apartheid y de que Mandela saliera de la cárcel tras 27 años de cautiverio, y nos cuenta la historia de aquellos hechos cruciales en los que Mandela (encarnado por un Morgan Freeman casi alado), elegido presidente tras su salida de la cárcel, pidió el apoyo de la población negra aplastada durante años -y mayoritariamente seguidora del fútbol- a la selección de rugby -el deporte de los blancos en aquel país-, una selección cuyo capitán es interpretado por Matt Damon, un individuo que, por supuesto, tiene que cambiar su actitud y que sabe lo que está en juego.
Cuenta el nombre de su película la catarsis colectiva que llevó a Sudáfrica a superar el régimen de apartheid y la división racial del país a través del triunfo del equipo nacional de rugby en el Mundial de este deporte celebrado en aquel país en 1995, un momento en el que el “pueblo” se unifica bajo una sola nación, aunque, como no deja de apuntar Clint Eastwood, unos lo hacen muy arriba y otros muy abajo. Cierto, ha surgido una clase media negra que antes tenía la entrada del club vedada, pero no es menos cierto que los antagonismos sociales se han hecho más abismales si cabe. El neoliberalismo ha causado sus naturales estragos con la particularidad de que ahora gobernaba el ANC que se había metido la “Carta de la Libertad” en el bolsillo.
Este es el tema, Sudáfrica supera el “poder blanco”, pero sólo en lo político, en la vida cotidiana, ya no hay barreras basadas en la piel. Siguen las de las clases… Invictus nos habla de cómo ambos hombres trabajaron codo a codo para acabar con los prejuicios raciales dentro del equipo y dar así un ejemplo a todo el país. El objetivo de ambos fue que Sudáfrica fuera elegida como país anfitrión de la Copa Mundial de Rugby en 1995, durante su primer mandato como presidente, tras años de ser excluidos de las competiciones internacionales debido al apartheid. Como “liberal”, Carlin ha manifestado estar muy contento con la película. Confirma lo que ellos ya decían de siempre, había que hacer un cambio político radical, pero sin entrar en el ámbito sagrado de la propiedad.
Se podría discutir sobre los valores cinematográficos de la película, a Eastwood le sobra talento, los actores son magníficos, la película “entra”, incluso se podría caber otra lectura, la que se insinúa cuando Matt Damon descubre una Sudáfrica que antes desconocía…
Recordemos que Nelson Mandela ya se había paseado tras veces por la pantalla(*)…
Cuando estaba en la cárcel se hizo una película valiente sobre él, Mandela (Gran Bretaña-USA, 1987), una serie de la BBC producida por Richard Bamber en 1987, y obtuvo una gran éxito internacional. Entre nosotros, fue emitida por la TV1 en horas puntas a finales de la década, y conoció una distribución en los vídeo-clubes donde era reconocida como «de multinacional» o sea entre las más potenciadas. Escrita por Ronald Harwood basándose en la recopilación de los escritos de Mandela, se da cuenta de importantes trazos autobiográficos, contados de manera enérgica con ocasión de juicios como el «de Traición» y el de Rivonia, en el que salvó la vida para convertirse en el prisionero político más famoso del mundo.
Dada la hostilidad del régimen racista, la serie se rodó en Zimbabue en 1987 con una fuerte protección armada por parte del ejército de Robert Mugabe, un africano marxista que había accedido al poder después de ser considerado, justamente como Mandela, un peligroso terrorista.
La dirigió Philip Saville, responsable de algunos telefilmes con un sello claramente comprometido. En su momento, Mandela fue un éxito notable en los EE.UU. Estrenada en plena restauración conservadora, fue objeto de una campaña en contra de la prensa neoconservadora que consideraba a Mandela como un terrorista, no en vano la CIA colaboraba estrechamente con el régimen racista y Reagan lo justificaba) especialmente entre la comunidad afronorteamericana, fuertemente comprometida en movilizaciones contra el apartheid y presente a través de sus principales actores protagonistas que ponen todo su oficio y un alto poder de convicción.
En dos largos capítulos, la serie cuenta la trayectoria de Nelson Mandela (Danny Glover) desde que instaló el primer despacho de abogados negros junto con Oliver Tambo, su compañero inseparable que le sustituyó en la secretaria general del ANC o CNA.
En uno de los anuncios de Mandela se proclamaba: "Ponga un líder carismático en prisión y el movimiento puede convertirse en una cruzada". Una frase extraída de la serie, que también acaba con otra muy oportuna de Sören Kierkegaad que dice que mientras el tirano acaba su reinado con la muerte, el mártir lo inicia entonces.
Los 147 minutos del telefilme son fieles al texto propagandístico en el que se puede leer que Mandela «está actualmente en una celda de la tercera planta del ala de máxima seguridad de la prisión de Pallsmoor, diez millas al sur de Ciudad del Cabo. Su espíritu se cierne dramáticamente sobre el conflicto racial que en 1986, costó más de mil vidas y que, en el actual, lleva camino de duplicarse por lo menos. Para la mayoría del mundo exterior, la mujer de Mandela, Winnie (Alfre Woodard), de 52 años, se ha convertido en su sustituta y un símbolo de la lucha contra el movimiento antiapartheid, y todo su desarrollo, matizado con tintes sangrientos, hasta nuestros días».
En otro anuncio del telefilme se insistía en los siguientes términos:
«Desde su juventud, este hombre de color ha dedicado toda su vida a la defensa de los derechos humanos, tratando de conseguir la igualdad para los negros en su país, gobernado por la minoría blanca. En principio, Mandela intentó conseguirlo en base a poner de manifiesto el abuso del poder, no utilizando la violencia al pedir sus reivindicaciones en manifestaciones pacíficas, pero no logró su objetivo, aunque sí consiguiera concienciar la opinión pública mundial (...)»
«Mandela, poco a poco, se convirtió en todo un símbolo para su pueblo, lo que le supuso convertirse en un peligro a los ojos del gobierno, siendo condenado en 1963 a cadena perpetua, junto con sus más alegados colaboradores(...) Ha recibido diversas ofertas de su gobierno para concederle la libertad, pero este hombre siempre ha realizado la misma declaración: «Mientras mi pueblo siga como está, yo no puedo abandonar la causa por la que murieron muchas personas»...
Por lo tanto, no hay duda que se trata de un trabajo propagandístico, un «biopic» posiblemente en el sentido más noble, pero también más conformista del término.
El filme también se subraya su relación con Winnie que sabe que vivir con él será vivir sin él, y que sufre un impecable cerco policial, amén de un encierro infernal. Menor papel tienen los otros dirigentes del CNA, exceptuando quizás a Walter Sisulu, presente en casi todas sus actividades y compañero de noviazgo y de prisión.
Igualmente se ha cuidado la «corrección política» de sus discursos, dejando bien claro que ni Mandela ni el CNA son «comunistas», y que esta cuestión se deriva ante todo de la voluntad del gobierno racista de homologar -a la manera de Franco- toda oposición con el comunismo, algo que aún siendo cierto, no quita, primero, que el PC tuviera una gran importancia en el interior del CNA, y segundo, que tanto en la Carta de la Libertad (una verdadera propuesta constitucional que proclamaba Sudáfrica como una nación de todos, y abogaba por todas las libertades y por un nuevo reparto de las riquezas) como en los discursos de Mandela persistan unas fuertes concepciones antiimperialistas y socialistas.
Se le hace un retrato en siguiendo el modelo liberal de izquierdas, de manera que en la reconstrucción de sus famosas elocuciones durante el juicio de Rivonia, se subrayan las partes en la que Mandela enfatiza su admiración por el estado de derecho, y más concretamente por la Constitución norteamericana, dejando a un lado sus referencias socialistas e igualitarias.
Por supuesto, también se evitan otros aspectos polémicos como la adopción de la lucha armada, presentada desde el ángulo más oficialista, escamoteando sus conflictos con la izquierda panafricanista o la discusión sobre hasta donde llegaría el alcance disuasorio, y se ofrece el respaldo del patriarcal Albert Luthuli, presente en la primera quema del «pase» (una especie de «pasaporte» que convertía a los nativos en extranjeros en su propia tierra). Se trata pues de una biografía en la que, de un lado está el poder opresor representado por una política que, desde las primeras imágenes, se presentan como de terror para la mayoría africana. No hay titubeo al mostrar un gobierno brutal, una Policía cruel e ignorante, aunque se busca dejar clara la presencia de blancos, indios y mestizos en las actividades opositoras.
Y del otro, se presenta la resistencia negra personificada casi integralmente por Mandela. Sin dejar de ser esto lícito, y básicamente cierto, no lo es menos que la historia del CNA también tiene sus problemas, y está atravesada por numerosos debates y conflictos que no siempre se solucionaron con claridad, por ejemplo, en el caso de la lucha armada, suscitada a continuación de la célebre matanza de Shaperville. En este momento, Mandela es influenciado también por experiencias como la de la revolución argelina que coexiste con la gandhiana originaria.
Ni qué decir tiene que no se hace ningún apunte crítico hacia la persona Winnie Mandela a la que se había descrito como «la madre del pueblo negro de Sudáfrica...la encarnación del espíritu negro», entre otras cosas porque su parte turbia afloró justamente cuando Mandela fue liberado de sus cadenas como consecuencia de una crisis social sin precedentes en Sudáfrica, y una campaña de solidaridad internacional igualmente sin precedente, que culminó en el célebre concierto de Londres, que batió récords de público.
Más reciente fue Mandela y De Klerk (Mandela and De Klerk, USA, 1997), una miniserie de TV, dirigida por el eficiente Joseph Sargent, autor de algunas películas estimables, y muy reconocido en el medio televisivo donde ha ganado diversos premios, siendo especialmente reconocidos sus alegatos antinazis, y protagonizada por Sidney Poitier y Michael Caine, que ya habían trabajado juntos en La conspiración de Wilby, casi 25 años atrás. Ambas películas marcan un cierto arco en la apreciación de la situación africana.
En la primera, Michael Caine es un británico que se envuelto en un conflicto con la Policía obligado por una contingencia derivada de la actitud comprometida de su novia, una abogada liberal que defiende a un activista negro, Shack Twala (Sidney Poitier) que ya había estado prisionero en Robbe Island, y que resulta deliberadamente libre de los cargos que pesan contra él como parte de una maniobra policíaca animada por un policía tan inteligente como repulsivo (Nicol Willianson, el atribulado agente de "el factor humano"), y cuya finalidad es "cazar" a Wilby, un anciano a lo Luthuli que es presentado como el "cerebro" de la resistencia.
Aunque se muestra molesto por verse liado en una persecución política, y no desaprovecha la ocasión para mostrar su escasa simpatía por el idealismo de su compañero impuesto, al final, sera él mismo el que dispare a bocajarro contra el policía, haciéndole un agujero en la frente, un gesto que le permite a Twala, afirmar que, finalmente ha comprendido.
Se trata de una resolución radical, y claramente favorable a la violencia contra los verdugos del apartheid, una orientación casi opuesta a la de este biopic conjunto en el que, si bien se exalta el sacrificio de Mandela (Sidney Poitier que si bien puede representar al Mandela actual, liberado, difícilmente lo podemos reconocer como el animado joven del proceso de Rivonia). En la primera parte se reconstruye las actividades del líder africano, mientras que en la segunda se abarca todo el proceso que va desde la caída del "halcón" Botha al periplo de la "paloma” De Klerk sobre el que se enfatiza sobre todo su labor por dar el giro de 180 grados, todo para dar salida, para reformar (“se reforma lo que se quiere mantener”, nos dijo Arias Navarro) un sistema acorralado.
De Klerk cree necesario cambiar para salvaguardar unos intereses que, de otra manera, no habría tenido garantizado. Se trata por lo tanto de una miniserie "oportuna", producida al calor del Premio Nobel compartido. Se nota que la oportunidad tuvo más peso que los demás detalles, y Mandela y De Klerk más bien parece un docudrama, eso sí con actores famosos y con una puesta en escena más cuidada de lo habitual, que propone un mensaje conciliador que da la impresión que olvidarse de hacer notar que se trataba de una fase histórica, que, de ninguna manera, podía considerarse como un "happy end" sin más. Suele ser emitida periódicamente por Tele 5….
Como personaje, Mandela tiene una intervención especial en la ambiciosa Malcom X, de Spike Lee, y en la que aparece con toda su autoridad moral dando una clase a los niños sobre las sinrazones del racismo. Se trata de un momento "documental" inserto bastante torpemente en una acción que no encuentra su punto de cierre, pero cuyo valor testimonial resulta indudable, sobre todo considerando el perfil "extremista" de Malcom X…
Mandela, Malcom X, aquí habría mucha tela que cortar.
(*) Con algunas variaciones, este texto forma parte de mi libro Grita libertad: el cine contra el apartheid, que los lectores y lectoras interesados lo pueden encontrar en la editorial virtual Els Arbres de Fahrenheit
El cineasta francés René Vautier, quien el lunes recibió el Mikeldi de honor en la inauguración de Zinebi, se mostró ayer orgulloso de «haber formado y ayudado a los africanos a expresarse por sí mismos». Sus películas se proyectarán dentro del ciclo «African frames».
Ane ARRUTI | BILBO
«Un merecido homenaje a una pasión sin tregua por la libertad, en particular por la libertad de expresión, cuyas raíces se encuentran sin duda en sus convicciones humanistas e ilustradas», expresó ayer Luis Eguiraun, el programador de Zinebi.
René Vautier (1928, Camaret) explicó ayer ante los medios su modo de entender y utilizar el cine. Durante la ocupación alemana formó parte de la resistencia francesa. «Tenía 15-16 años, me dieron una granada y tuve que lanzarla contra un camión lleno de alemanes. Entonces vi lo que era matar personas. Decidí que las armas convencionales no serían nunca más las mías. La fotografía y la cámara de vídeo serían de ahí en adelante mis únicas armas», expresó Vautier.
Su vida cambió cuando el la Liga de la Enseñanza le encargó en 1950 la realización de una película para «mostrar cómo vive la gente del África occidental bajo la Administración colonial, demostrando las buenas acciones del colonialismo». Vautier se topó con una realidad totalmente diferente a la que esperaban que mostrara y fue entonces cuando comenzó a utilizar su arma. De ahí surgió «Afrique 50». «Se convirtió en una película anticolonialista».
El material de rodaje fue confiscado a su regreso a casa pero se las ingenió para sustraer 21 de las 60 bobinas incautadas. Con ellas pudo terminar el montaje pero la película le costó una condena de cárcel -junto a Félix Houphouêt-Boigny, futuro dictador vitalicio de Costa de Marfil-.
Al salir de la cárcel en 1952, se unió a la lucha de la resistencia argelina. Fue el director del Centro Audiovisual de Argel y en 1963 dirigió «Peuple en marche», sobre la lucha estudiantil y la resistencia nacional argelina. «Quería mostrar a aquellos que luchaban por liberarse, por independizarse. Quería utilizar el cine para mostrar la necesidad de cambio».
Vautier quiso dejar claro en todo momento que a él nunca le interesó hablar por los africanos. «Lo que hice fue mostrarles y enseñarles lo que tenían que hacer para que ellos mismos emprendieran su propio camino. Yo me quedé allí, con ellos, dándoles indicaciones. Cree una escuela para que hablasen ellos y estoy muy orgulloso de que ahora ellos utilicen la imagen para contar lo que está ocurriendo».
«Este premio es un homenaje a todos aquellos que ayudaron a que África vuelva a ser africana», terminó el cineasta.
Muy de cuando en cuando vuelve a aparecer el peliculón en el que nada falla, en el que todos y cada uno de los miembros del equipo técnico y artístico dan lo mejor de sí mismos como contagiados los unos de los otros. Daniel Monzón ha de ser consciente de que ese milagro del cine, inexplicable por lo que tiene de magia, sólo se da una vez en la carrera de un cineasta, así que siempre será recordado por «Celda 211». Otro tanto se puede decir de Luis Tosar, que hace el papel de su vida, el papel soñado.
Sin que sirva de precedente hago votos porque haya una segunda parte, tras un final que me ha dejado con las ganas, supongo que como a la mayoría, de saber lo que pasa con Malamadre. Acaba el motín retirado en camilla, pero con el aliento suficiente en su maltrecho cuerpo como para dedicarle una sonrisa amenazadora al traicionero narco colombiano encarnado por Carlos Bardem.
La proclamación crítica de «Celda 211» como la película del año se queda corta, ya que tan prodigiosa obra supera la barrera que se creía insalvable en la competencia con el gigante de Hollywood dentro del cine de género. No tiene nada que envidiar en cuanto a acción sin tregua a ningún drama carcelario norteamericano, con la ventaja de que puede permitirse ser pesimista en sus conclusiones, e incluso hacer que el chico (Alberto Ammann) y la chica (Marta Etura) mueran.
La visión que da del sistema penitenciario es desoladora, sin dejar ningún beneficio de la duda a los programas de rehabilitación, porque lo que se busca es la aniquilación de la persona mediante la privación de libertad. Basta que el funcionario novato se quedé accidentalmente aislado en una celda para que se convierta en un amotinado más, una vez cruzada la línea que separa el proteccionismo bajo una democracia formal de la total inseguridad en un régimen cerrado donde se vulneran los derechos más elementales.
El simulacro de negociación por parte de los representantes del gobierno confirma que la corrupción proviene del exterior.
En «Vertige», la cinta con la que hoy se inaugura la Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia, la tensión se transforma en terror lleno de sobresaltos. A 200 metros de altitud, cinco escaladores creen estar a salvo en la cima. Pero lo peor está aún por llegar.
Oihane Larretxea Gara, Donostia
«Vertige», la ópera prima del francés Abel Ferry, será la encargada de inaugurar hoy la 20a. Semana de Cine Fantástico y de Terror en Donostia. «Tenía claro que no quería ni efectos especiales ni trucos de ningún tipo; quería que todo fuera de verdad, sin trampa ni cartón» señaló ayer Ferry en su comparecencia ante la prensa. El director hizo especial hincapié en ese aspecto y es que, debido a lo arriesgado de la mayoría de las escenas, Ferry sólo quería a «los actores más valientes».
Y no era para menos la disposición que se requería a los intérpretes, y es que «Vertige» narra la excursión que cinco amigos hacen para practicar escalada, siendo los barrancos y acantilados los principales escenarios.
Ninguno de los cinco actores seleccionados eran profesionales de la escalada, pero, a pesar de ello, no se echaron atrás ante el reto. Aunque Ferry matizó que todo se hizo con la supervisión y ayuda de unos guías profesionales de la escalada, a la hora de la verdad fueron los actores los que se colgaron de la cuerda. «Hay escenas verdaderamente emocionantes y ellos han sido muy valientes haciéndolas. En la escena del puente colgante, por ejemplo, una de las chicas queda suspendida en el aire a 200 metros de altitud, una escena que se grabó en una sola toma» cuenta Ferry.
«No se emplearon especialistas en ningún momento -prosiguió-. A esto me refiero cuando mencionaba el realismo que quería reflejar». Las paredes verticales son, en gran medida, las verdaderas protagonistas de «Vertige», según Ferry, y es que, gracias a ello, «el riesgo que siente el espectador y la tensión constante que se crea es aún mayor», señaló el director.
Nada es lo que parece
La intención del cineasta consistió, desde el principio, en mezclar el género de aventuras -valiéndose para ello de la montaña- con el de terror. «La versión inicial del guión, que la hice por encargo, salió demasiado sangrienta, parecía `La Matanza de Texas', así que la pulimos un poco, hasta que obtuvimos la combinación perfecta entre la aventura inicial y el terror posterior».
El filme enseña que no todo es lo que parece o, al menos, que nada es tan sencillo: tras muchas dificultades y más de una amenaza de caer al vacío, los jóvenes creen que una vez en el bosque están a salvo, ignorando que, precisamente, los problemas acaban de comenzar.
«Vertige» dará el pistoletazo de salida a seis días de cine fantástico y de terror. El 6 de noviembre, además, llegará a todas las salas comerciales.
Desde mañana hasta el 6 de noviembre, Donostia se convertirá en el escaparate anual del género fantástico. Un cita obligada para quienes desean descubrir lo que se esconde en la cara oculta de lo real. Sólo nos queda afilar nuestros colmillos para hincarle el diente a nuestra yugular cinéfila más retorcidamente divertida durante seis noches.
Koldo Landaluze
Gara
Sobre fondo del lago de Gladys Enea se asoma la imagen de un Frankenstein sospechosamente parecido a Loquillo. La imagen iconográfica de aquella criatura del doctor Frankenstein acompañado por una niña que filmó James Whale recuerda a la multitud de seguidores del género fantástico que llegó el momento de abandonar las sombras y ocupar las salas del Teatro Principal y el Victoria Eugenia durante una semana que «La Crisis», cual voraz criatura infernal, ha limitado en seis días.
José Luis Rebordinos, uno de los responsables principales de la Semana de Cine Fantástico y de Terror, ejerce de guía de lujo a la hora de adentrarnos entre los paisajes terroríficos que se asomarán desde la gran pantalla. Antes de iniciar este viaje sin garantía de regreso, resulta obligado descubrir el secreto de este certamen.
«De entre las cosas que hemos hecho desde Donostia Kultura relacionadas con el cine -afirma Rebordinos-, la Semana de Cine Fantástico y de Terror es de las que menos complicaciones acarrea. Me resulta más complicado haber puesto en funcionamiento el Festival de Cine y Derechos Humanos, haber mantenido, con sus constantes idas y vueltas, los ciclos de Nosferatu y, por supuesto, el Festival grande que es el que mayor atención requiere. Todo ello tiene que ver porque tratamos con un género que es muy agradecido».
«Los seguidores del cine fantástico son muy fieles y muy apasionados. Para ellos es todo un lujo saber que, una vez al año, van a contar con un escaparate en el que podrán ver la mejor representación de lo que tanto aman. Algunas ediciones son de su agrado y otras, en cambio, no. Te lo hacen saber y te aseguran que regresarán el año que viene. En ese sentido, jugamos con cierta ventaja».
La siguiente cuestión se nos antoja lógica: ¿Qué poder de persuasión tiene el género fantástico?
«Tiene una vertiente muy cercana a los sentimientos y a las emociones a flor de piel -dice Rebordinos-. Por un lado, te puede hacer sentir mucho miedo, pero con la tranquilidad que da el saber que, en cuanto abandones la sala, sólo tienes que enfrentarte a los miedos reales y, por otro lado, es un género muy divertido porque esos miedos muchas veces son tratados con humor. La unión entre miedo y risa hace que la gente no se sienta indiferente ante lo que ha visto proyectado».
«Aunque pueda parecer contradictorio, una rama del cine fantástico, al igual que el cine negro, es un género muy apegado a la realidad. Si te fijas en las modas por las que ha pasado este género, descubres que esas modas están muy relacionadas con lo que estaba ocurriendo en la sociedad. Hoy en día por ejemplo, el cine de terror y fantástico que predomina en Europa es muy comprometido, porque analiza desde su particular óptica los miedos que genera en la sociedad la progresiva falta de libertades, los horrores de las guerras imperialistas y la sensación de saber que estamos siendo muy controlados».
«Hoy en día el género está muy fuerte. A finales de los 90 bajó el nivel de calidad de manera muy preocupante. Pero desde EEUU llegó un encadenado de éxitos provenientes del cine independiente que obligó a las grandes compañías a invertir y reflotar el género. El cine de terror actual está muy apegado a la realidad cotidiana y tiene mucho humor. Quizás esto se deba a que puede ser una especie de respuesta a los tiempos de crisis que padecemos».
Metidos de lleno en este viaje al centro del terror y lo fantástico, Rebordinos nos recuerda el papel de «termómetro de lo irreal» que ejerce un certamen como el de Donostia. «Dentro de Europa, los estados francés y español son los más importantes. Los franceses siguen muy de cerca lo que se hace por aquí y prueba de ello es un documental que vamos a proyectar: `Viva la muerte! Autopsie du cinéma fanastique espagnol'. Su autor Yves Montmayor dedica un espacio a Sitges y a nuestra Semana y analiza, junto a diversos autores, como Jaume Balagueró, las claves de este éxito».
Escaladores y geishas-robots
Los dos grandes bloques de esta edición son Oriente y el estado francés.
«La inauguración corre a cargo de la producción gala `Vertige', de Abel Ferry. Es una película ligada a esa tipología denominada survival en la cual un grupo de urbanitas debe sobrevivir en un territorio inhóspito y hostil. En esta ocasión, una cuadrilla de escaladores novatos padece todo tipo de contrariedades mientras ascienden por una montaña. El tema no parece muy suculento a primera vista, pero la fuerza y el vértigo que sufre el espectador gracias a la pericia con la que han sido filmadas las escenas de altura, hacen que este filme se convierta en una experiencia sobrecogedora».
«La clausura llevará la firma del japonés Noburo Iguchi, que nos presentará `RoboGeisha'. Es una película tan extrema como divertida, en la que se narran las andanzas de una especie de androide geisha que lleva una prótesis de katana en el culo y una sierra radial en la boca. La verdad es que ha levantado mucha expectación, porque en cinco minutos se agotaron las entradas para verla. Dentro de este tipo de cine gamberro que se hace en Japón también proyectamos `Vampire Girl vs. Frankenstein Girl', de Yoshihiro Nishimura».
«La aportación japonesa en esta edición se completa con tres películas más. Por un lado está la tercera entrega de Tetsuo, dirigida por Shinya Tsukamoto y que lleva por título `Tetsuo: The Bullet Man', y las dos últimas provienen del Anime. Ambas son muy diferentes y especiales. Por un lado proyectamos `Sword of the Stranger', una historia de animación sobre un samurái solitario que cuenta con un magnífico diseño visual y un repertorio espectacular de duelos y, por otro, podremos disfrutar con la segunda entrega de la saga `Evangelion'».
Propuestas delirantes
Si seguimos al dictado el periplo macabro que nos dicta la Semana, tropezamos con propuestas lúdico-festivas tan delirantes como la del noruego Tommy Wirkola en «Dead Snow». Un grupo de estudiantes de Medicina se convertirá en objetivo de un grupo de zombis nazis. Bulgaria aporta una peli de «bichos» que harían palidecer al mismísimo Kafka. La metamorfosis escarabajo-humano adquiere su dimensión más estrafalaria en «Infestation», de Kyle Rankin. En nuestra ruta conoceremos a las amantes lésbico-vampíricas y los terribles miedos filmados por un grupo de estudiantes en «Dread».
Tras su triunfal paso por Sitges, Christian Alvart hace una escala en Donostia para presentarnos su pesadilla filmada «Pandorum»; terror claustrofóbico cuya acción transcurre en el interior de una nave espacial a la deriva. Avalada por Tim Burton moveremos los pies al compás de la maravilla de Shane Acker «Número 9»: un filme de animación que incluye un repertorio de canciones compuestas por el maestro Danny Elfman.
También Sundance aporta una de sus películas más contundentes: «Grace». Tras lograr cierta notoriedad gracias a su corto «Mean to End», Paul Solet ha dado el salto al formato largo con esta estremecedora crónica en la cual un bebé se alimenta de sangre.
Para completar el viaje, nos decantamos con una de las propuestas más esperadas: «'Paranormal Activity' es una de las grandes sorpresas del momento. Se rodó con un presupuesto de 12 mil euros y, en su primera semana de proyección, fue la película más vista de EEUU. Lo de esta película es un caso curioso: Oren Peli la rodó en el 2007 y, según cuentan, Steven Spielberg vio una copia y dijo que aquello había que estrenarlo porque era un auténtico peliculón.
El propio Spielberg se ha encargado de respaldar esta película rodada con una modesta cámara de vídeo y que narra las pesadillas cotidianas compartidas por una pareja en una casa azotada por fenómenos paranormales».
Otros terrores y fantasías paralelos
Orbitando alrededor de la Semana de Cine Fantástico y de Terror se han creado diversos espacios en los cuales los seguidores del género fantástico pueden enriquecer su paseo por lo sombrío. Mientras las pesadillas y criaturas imposibles de H. R. Giger han encontrado alojamiento en la sala Kubo-Kutxa hasta el 10 de enero y en la sala ArteKo hasta el 12 de diciembre, los mundos y personajes que un día habitaron los cómics se unen a esta fiesta.
La obra del argentino Juan Jiménez, uno de los ilustradores y dibujantes de cómic más prestigiosos del género, puede ser visionada en Okendo Kultur Elkartea y en la galería Vito 021. El colorido y vitalismo de Álex Orbe y Manu Ortega pueden ser contemplados, respectivamente, en la Ernest Lluch K. E. y Udal Liburutegi Nagusia del Alberdi Eder y la obra de Eva Conde, «El bosque de silencio», en el vestíbulo de los cines Príncipe.
Los aficionados también tendrán la ocasión de revisitar las fronteras que imaginaron los autores de la publicación referencial «Métal Hurlant» y, finalmente, la compañía Teatro Corsario nos devolverá a aquellos paisajes y pesadillas que un día creó Edgar Allan Poe gracias a su obra «El cuervo».
«La música sí puede cambiar las cosas», dijo Fermin Muguruza al presentar su documental en el Festival Internacional de Cine Documental de Ciudad de México (DOCSDF). «Cambia a las personas, las hace levantarse para luchar». Su recorrido traspasando puntos de control militar en Palestina en busca de músicos locales, le ha «transformado», aseguró. «Este año fui otra vez en agosto, a presentarles la película, porque es suya», recordó en una entrevista. La proyección fue como una fiesta y después lo celebraron con un concierto donde se armó «bastante desmadre», dijo. «Esa noche Palestina fue libre».
El músico de Irun proyectará su filme en varios auditorios de la capital mexicana. Entre ellos, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y una «jaima» instalada por el festival en un céntrico parque. El cantante mantiene una estrecha relación con México. «Llevo viniendo 17 años, aunque hacía dos y medio que no estaba», narró. Su última actuación fue en el Zócalo capitalino, la mayor plaza pública del país, donde congregó a decenas de miles. Muguruza reconoció que tiene poco tiempo para los libros pero que sigue leyendo todo lo que escribe el «Subcomandante Marcos», de la guerrilla zapatista.
Preguntado por si tiene intención de realizar otro documental, respondió que «tendría que ser algo sobre música, porque es donde mejor puedo canalizar lo que sé». Respecto a volver con Kortatu o Negu Gorriak, «no juntaría ninguna banda, porque me parece un acto muy poco consecuente, lo único que aportan son dosis de nostalgia y por supuesto pasar por caja», afirmó, aunque no dijo que no a hacer «guiños» en sus conciertos.
Presentada por el Goethe-Institut, en el docBsAs podrá verse la versión abreviada de la magnífica película-río que el omnívoro Alexander Kluge le dedicó el año último al tratado clave de Karl Marx. Jean-Luc Godard señaló alguna vez que existen dos tipos de cineastas: los que quieren hacer películas a cualquier precio y los que quieren hacer una película determinada. A la segunda categoría habría que agregarle un inciso: una película determinada que se considera imposible de filmar.
Sergei M. Eisenstein (1898-1948) pasó a revistar definitivamente en la última de estas subcategorías cuando a fines de la década de 1920 se propuso adaptar el farragoso contenido de El capital (1867), el tratado económico-político de Karl Marx, al lenguaje cinematográfico.
Eisenstein, la mente más brillante y minuciosa de aquel cine que conjugaba vanguardia y revolución, no pudo consumar el proyecto, pero es la inevitable alma tutelar que preside Noticias de la antigüedad ideológica: Marx, Eisenstein, El capital, la película de nueve horas y media que el año último, mientras el mundo entraba en una nueva crisis financiera, dio a conocer el alemán Alexander Kluge.
Tal vez fuera necesaria una filmografía como la alemana (que ya alumbró proyectos fílmicos tan monumentales como Hitler, de Hans-Jürgen Syberberg, y Berlin Alexanderplatz, de R. M. Fassbinder) y un cineasta omnívoro, esa figura artística e intelectual que parece pertenecer al siglo XX antes que al actual, para poder reflotar el proyecto.
Kluge (Halberstadt, 1932), como prueba su biografía, pertenece a esa especie en extinción: estudió derecho e historia, frecuentó a Theodor Adorno y el Instituto de Investigación Social, colaboró con Fritz Lang y fue uno de los propulsores del Nuevo Cine alemán que tuvo su bautismo de fuego, en los años 60, con el Manifiesto de Oberhausen.
El adjetivo omnívoro puede entenderse de manera todavía más precisa si se ven sus películas (Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos, entre otras) o se lee El hueco que deja el diablo, el único de sus libros que circula en español y en el que los breves relatos pasan con fluidez de un accidente automovilístico sufrido por Hitler en 1931 a la tragedia de Chernobyl, de la perra Laika y el final de Cartago a la película dilecta de Walter Benjamin o los filmes perdidos de Murnau.
Noticias de la antigüedad ideológica (que el Goethe-Institut presentará en el docBsAs en la versión de menos de una hora y media, abreviada por su autor) también aprovecha "el mundo fantástico de los hechos objetivos" que frecuentan sus relatos. No se limita a ser la seca puesta en escena de un libro áspero y abstracto; por el contrario, aprovecha todas las líneas de fuga que permite el texto de Marx.
Los excursos de la película son extensos y variados: un diálogo con el poeta Durs Grünbein sobre la versión didáctica en verso homérico que Bertolt Brecht realizó del Manifiesto comunista hace contrapunto a una excelsa conversación con el escritor Hans Magnus Enzensberger. En ella, ambos imaginan (Kluge, hay que decirlo, es un entrevistador excelente) de qué manera podría haberse representado la crisis de 1929 o podría dar forma a un poema sobre temas en apariencias tan áridos como la economía.
Kluge es fiel a Eisenstein con una perseverancia siempre inteligente. Después de filmar Octubre, su opus sobre la Revolución de Octubre, el director soviético había llegado a la conclusión de que el único desafío creativo que le quedaba era abordar El capital. "La estructura de la obra surgirá de la metodología del cine-palabra, cine-imagen, cine-frase", consigna en octubre de 1928, en una de las entradas de su diario.
Su libro de cabecera en aquellos tiempos era el Ulises de Joyce, que lo inspiró en su proyecto de filmar a Marx. El cineasta, que se encontraba afectado por una ceguera temporaria, se reunió con el escritor irlandés (que al mismo tiempo pensaba en él o Walter Ruttmann para llevar a la pantalla grande su novela).
"No soportaba la idea de tener que reducir las 29 horas de filmación, que para él eran muy importantes, a dos horas -cuenta el propio Kluge en una reciente entrevista en el Frankfurter Allgemeine Zeitung-. Como ya no puede leer en voz alta [estaba perdiendo la vista], Joyce pone un disco en el que lee el Ulises. A partir de allí ambos tramaron una ´dramaturgia esférica´, un cine sin narración lineal; las cosas deben girar unas alrededor de las otras, tal como lo hace un sistema planetario, en todas direcciones. Esto es épica, ya el Talmud babilónico había sido escrito de esta manera."
El crac financiero de 1929 y la desconfianza de los potenciales productores le darán el golpe de gracia al proyecto.
Kluge siguió esa estructura esférica que habían ideado el cineasta y el escritor. Su película está conducida por leyendas y consignas escritas que cambian de tipografía y color de pantalla, manteniendo siempre alerta la atención. El procedimiento recuerda el distanciamiento estipulado por Brecht y las frases que intercala en sus obras el propio Godard, otro creador de ambiciones teóricas. Actores leen fragmentos de El capital de maneras diversas (desde la salmodia al recitado), pero también de otros textos de Marx. La prosa, pese a su frialdad técnica, se revela así de una vitalidad casi narrativa.
Una de las virtudes de la película proviene del efecto que el curioso modo de distribución tiene sobre su forma: la película -el dato quizá diga mucho sobre el futuro del cine- no fue pensada para su estreno en salas comerciales, sino para ser editada en DVD (por la editora Suhrkamp).
El film tiene, a pesar de la riqueza de sus estribaciones, un núcleo duro. Se trata de El hombre en la cosa, un corto autónomo firmado no por Kluge sino por Tom Tykwer. La imagen de una calle, un edificio, una mujer que camina, luego corre y queda inmovilizada es la coartada para presentar un "pequeño Marx explicado a los niños".
Haciendo foco en algunos de los muchos elementos que componen la instantánea, la lente va desbrozando las redes de historia material que acumula cada uno de esos objetos, de la tela y las botas de la mujer al portero eléctrico o las cerraduras, del adoquinado a la goma de mascar o la colilla aplastada contra el suelo.
La escena final, con una muchacha que busca en el cementerio de Highgate, en Londres, la tumba del filósofo, es reveladora. Marx no está bajo el gran busto que lo conmemora, sino en los confines más silvestres del terreno, resguardado por una lápida en pésimo estado. No es, sin embargo, un final nostálgico. A Kluge no le interesa reivindicar a un Marx hace tiempo muerto. Lo ve, en todo caso, como una usina de ideas para reflexionar sobre la experiencia humana. Como él mismo sugiere: es el "boy-scout que nos puede guiar a través de un mundo altamente complejo y llevarnos de vuelta a la antigüedad".
El constructivismo de Rodchenko y Popova deslumbra en Madrid Ángeles GarcíaEl País, Madrid
"Las calles son nuestros pinceles, las plazas nuestras paletas". La proclama artístico-bolchevique es del poeta Vladímir Maiakovski. Y viene a resumir inmejorablemente el ideal de muerte a la creación burguesa y sacrificio del artista en favor de las masas para cumplir su papel de agitación cultural. En torno a Liubov Popova (1889-1924) y Aleksander Rodchenko (1891-1956), geniales propagandistas, pivotó la cristalización más acertada de aquellas aspiraciones: el movimiento constructivista.
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía ofrece las claves de esta explosión de colores y conceptos más allá de las ideologías en "Popova y Rodchenko. Definiendo el constructivismo", que hoy se abre al público.
La muestra resulta fascinante. Viene de triunfar la temporada pasada en la Tate Modern de Londres y reúne 350 piezas entre pintura, esculturas, carteles, libros, fotografías y películas. Los carteles gigantescos abruman por su claridad y la eficacia de sus mensajes. Era el signo de los tiempos revolucionarios. Se construían bibliotecas de formas geométricas que recorrían Rusia adornadas envueltas en la soflama. Y las fiestas proletarias y los palacios se convertían en un campo de experimentación donde volcar un imaginario socialista repleto de aristas.
De la suma de tanta agitación cromática y de ideas resulta la exposición más potente de la temporada del Reina Sofía. "Es una muestra de plena actualidad en la que se habla de un momento, entre 1917 y 1924, en el que un grupo de artistas consiguen romper con la idea de la autoría aislada, logran una implicación entre el arte en la vida cotidiana y utilizan los elementos técnicos para facilitar la comunicación entre la pieza artística y el espectador", explicaba ayer en las salas del museo Vicente Todolí, director de la Tate Modern y comisario de la muestra junto a Margarita Tupitsyn.
Aprovechó la oportunidad para hablar de la importancia de revisar las vanguardias europeas del periodo de entreguerras (Bauhaus, vanguardia industrial...). "Al centrar el montaje en Popova y Rodchenko devolvemos la importancia que cada uno de estos artistas tuvo como individuo. Ambos trabajaron al margen de presiones. Se vuelcan con entusiasmo en un momento en el que creen en una revolución que luego les aparta".
Si resultaron soslayados por la historia, el diseño y la publicidad se encargaron de rescatarlos como auténticos generadores de influencia. En la época, los llamamientos políticos, el teatro y el cine fueron sus principales clientes. Y los fondos limpios y los mensajes directos de esos primeros momentos de la revolución, el mejor de los vehículos.
La muestra recoge también la importancia de la mujer en todo el movimiento constructivista. Esclavas en un mundo proletario dominado por hombres, el arte permite a la mujer una presencia de la que nunca había disfrutado. Esa equiparación de sexos está perfectamente delimitada en las salas del museo. La segunda parte de la exposición se centra en los últimos trabajos de ambos, antes de ser relegados por el realismo socialista impuesto por Lenin.
Cuando Popova muere en 1924, con sólo 35 años, Rodchenko se centra en la fotografía y el cine. Inquietudes éstas muy presentes en la muestra. El broche al recorrido lo brinda la proyección de dos peculiares películas: La periodista, de Lev Kuleshov (1927), y Moscú en octubre (1927), de Boris Barnet.
¿Qué hay después de «Una vida de cine», premio que recibió Pedro Olea en el reciente Zinemaldia? Él lo tiene claro: más trabajos. El director de Bilbo ha estado los últimos días en pueblos de Araba buscando localizaciones para su nuevo trabajo «la Coartada del diablo», que pretende rodar en primavera. Con la adaptación de la novela de Manuel Moyano, se acerca a alguien «lo más parecido posible a un vampiro», para cerrar su círculo sobre personajes de leyenda.
Itziar Amestoy Gara, Gasteiz
El director de Bilbo Pedro Olea se está acostumbrando últimamente a recibir premios por su carrera. Primero fue la Espiga de Oro del Seminci (Festival de Cine de Valladolid), dentro de Zinemaldia de este año recibió el premio «Una Vida de Cine» que concede Kutxa, y también estuvo en la reciente edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya que se celebra en Sitges. «Parece que me quieren jubilar», bromeaba ayer. Pero él tiene un antídoto: más proyectos.
Desde nuevas incursiones en el teatro, documentales o videos para acompañar un recital poético; el director de Bilbo tiene una agenda muy ajetreada para los próximos meses.
Dentro de esta vorágine creativa, se enmarca su nueva película: «La coartada del diablo». Acercándose al género de terror sicológico, es una adaptación de la novela homónima de Manuel Moyano. Cuando la leyó, Olea pensó que así podía cerrar un círculo dentro de su filmografía. «Con la invitación a Sitges, por ser un director que se ha acercado al terror o a lo fantástico de una forma de autor, de una forma especial, no de género; me han hecho ver los temas que he tocado», resume. Como interés sitúa la búsqueda por lo que hay de realidad detrás de los personajes de leyenda.
Así, relata su inicio en este círculo con el hombre lobo -dirigió en 1971 «El bosque del lobo», donde mostraba a un verdadero condenado a muerte que, por la falta de cultura, la miseria y supersticiones del siglo XVII, se creía alobado-. Luego abordó las brujas con «Akelarre», donde defendía su inteligencia y explicaba la brujería. «Eran listísimas, competían con los titulados en Medicina de Salamanca y se enfrentaban al falo de la Iglesia con el útero femenino de las cuevas, eran auténticas feministas», describe. Luego llegaron los zombis en «La bandera negra».
Por ello, para cerrar el círculo, asegura que le gustaría hacer una de vampiros. «Es difícil encontrar un vampiro de verdad, pero con esta novela he encontrado lo más parecido a ello, alguien que está en la cama sin moverse». Su objetivo es dejar abierta esa ambigüedad entre qué es el mal y qué no lo es, si está dentro o no.
En búsqueda de localizaciones ha estado los últimos días por pueblos de Araba, visitando el jueves la zona de Maeztu y el viernes la de Trebiñu. El primer día no acabó contento, pero ayer comentaba complaciente que el pueblo de Trebiñu le había convencido. La película tendrá tres ejes: el pueblo -en el que encaja ese lugar «perdido en el tiempo sin demasiada restauración», según el director-, un caserón medio abandonado y un antiguo sanatorio abandonado. Encontrado el núcleo, considera que será fácil situar los otros dos lugares dentro de Araba.
Así, además, también cerrará una fase, ya que, según explica, ha rodado en el resto de herrialdes de Euskal Herria.
Ayuda en el guión
Con la novela en sus manos, Olea se dispuso a escribir el guión y esbozó una primera versión. Aun así, reconoce que es más «director que guionista» y que a él le salen «demasiado literarios». Respecto a sus habilidades y carencias, asegura que sabe distribuir una historia y hacer una estructura, pero en los diálogos tiene «tendencia a explicar demasiado».
Pero con intención de hacer las cosas bien, ha contado con el trabajo de Michel Gaztambide, un excelente guionista, según Olea, que antes ya ha trabajado con Julio Medem (en «Vacas») o Enrique Urbizu (en «La caja 507»), para que le «quite literatura y haga más imagen». Una vez finalizado el guión -ya lo están moviendo por el mundo de las subvenciones-, y si las cercanías alavesas le convencen, prevén que el rodaje se pueda llevar a cabo en la primavera del año que viene.
Tan sólo la primer parte de «Una Vida de Cine»
Uno de los últimos premios que ha recibido Pedro Olea fue el que otorga Kutxa dentro del Festival de Cine de Donostia, «Una vida de cine». Al director, sin embargo, le gustaría añadir la coletilla de «primera parte» al galardón recibido. Y es que Olea tiene entre manos tantos proyectos que no está dispuesto a que le jubilen a base de premios. En cartelera teatral está su adaptación de la película de Rafael Azcona «El Pisito». «El éxito de crítica y público me animan a seguir con el teatro», asegura. Pero hay mucho más.
Lleva rodada la mitad de un documental que, siguiendo el estilo en el que realizó «Athletic, un siglo de pasión», pretende abordar lo que la familia Olaeta ha aportado al ballet vasco mientras recorre la historia del siglo pasado. Por último, estos días se encuentra trabajando en un encargo de su amigo Joan Manuel Serrat. El catalán está preparando un espectáculo-recital con poemas de Miguel Hernández que ha musicado y que adornará con la proyección de vídeos -que también se incluirán en el DVD disco-libro que pretende editar-. «A mí me ha tocado el mejor: la `Elegía a Ramón Sijé´».
Gracias a su participación en los diseños de «Alien, el octavo pasajero», H. R. Giger (Chur, Suiza, 1940) se convirtió en todo un referente del género fantástico. La sala Kubo-kutxa y la galería Arteko de Donostia exponen hasta el 6 de enero un amplio catálogo, compuesto de 106 piezas, dedicado a este singular constructor de pesadillas biomecánicas.
Koldo LANDALUZE | DONOSTIA | GARA.NET
Desde muy temprana edad, Hans Rudi Giger fantaseó con los mundos imposibles que le legó la lectura de los clásicos fantásticos. Durante su niñez y adolescencia en Chur, capital de Grubünden, uno de los cantones más montañosos de Suiza, alimentó una serie de gustos y aficiones que dictarían su posterior discurso creativo y que, en la mayoría de los casos se componían de lugares secretos y personajes y figuras grotescas. En su mente se citaron las crónicas macabras de Vlad Tepes El empalador, el mito de la Bella y la Bestia, una fascinación por las armas, la música de jazz, los cráneos y huesos, el arte egipcio y una desmedida obsesión por el sexo. De todo ello nació un modelo creativo atípico que chocó frontalmente con los arquetipos del arte contemporáneo.
Su relación con la creación se inició a partir de su ingreso en la Escuela de Artes y Oficios de Zurich en 1962, donde logró un diploma de diseñador industrial y de interiores, se interesó por los diversos movimientos artísticos y desarrolló su creatividad, sobre todo su habilidad para el dibujo. Contra todo pronóstico y lejos de decantarse por un estilo «saludable» que invitara al optimismo existencial, Giger apostó por querer mostrar un mundo hostil y perturbador, angustioso, macabro y poblado por los aspectos más sórdidos de la vida, hecho que contrasta con la visión «tradicional» de los diseñadores. «En aquellos días -afirma el propio H. R. Giger- asenté mis cimientos creativos en la lógica que suponía pertenecer a una familia de químicos. Ello queda reflejado cuando utilizaba y mezclaba los diversos materiales pictóricos con los que trabajé. Mezclaba gasolina y óleo para dar con la textura y tonalidad que requería un estilo que se decantaba, claramente, hacia la unión entre la máquina y la carne humana. Mi gran descubrimiento fue el aerógrafo. Tener en la mano aquella especie de pistola me permitía pintar desde la distancia. Mientras perfilaba las líneas de un cuadro, sentía que disparaba directamente a la obra».
La obra de H. R. Giger se sitúa en la parte oscura de la existencia, en las cavernas y entre las tinieblas, en un lugar claustrofóbico, húmedo y convulso donde perviven desde tiempos inmemoriales máquinas enigmáticas, seres imposibles, texturas inauditas y monstruos nacidos de todo tipo de pesadillas. Al contrario de otros muchos creadores, Giger cuenta con un estilo propio y muy reconocible, que él mismo ha bautizado como «biomecánico», en el que, con una apabullante destreza, mezcla múltiples formas de origen biológico y los más variados elementos tecnológicos. La carne se funde con el metal, lo orgánico se licúa entre plásticos y desechos industriales, y anatomías humanas y animales se convierten en algo diferente cuando son devoradas por cables, tubos, sensores y conectores. «Es mi forma de ver lo que nos rodea -prosigue Giger-. Ya en mis primeras obras y bocetos, realizados con lápiz y tinta china, advertía de los miedos apocalípticos que generaba la escalada atómica. Pero, más allá de la fuerza visual de las formas, lo que busco es inquietar al espectador con el trasfondo; con lo que apenas se ve, pero que, en realidad, resulta más terrible. Pretendo indagar en los paisajes sicológicos de la mente humana y, por ese motivo, mi forma de plasmarlo en una escultura o en un cuadro se adecúa a esas formas tan particulares donde nunca se sabe dónde empieza la máquina y termina el ser humano».
La gran eclosión creativa de H. R. Giger vino motivada por su aportación al cine y, sobre todo, por su participación en la magistral película «Alien, el octavo pasajero», de Ridley Scott. Después de esta experiencia, el artista suizo se convirtió en un personaje público, acosado por los medios de comunicación que deseaban indagar en los aspectos más recónditos de su vida privada. «Alien» le reportó un Óscar, fama y reconocimiento, pero marcó para siempre su posterior discurso hasta llevarle a un estancamiento creativo. Trabajó en los 80 y 90 como diseñador de criaturas, monstruos y atmósferas, y como asesor creativo y artista conceptual en multitud de producciones. Pero, pese a sus trabajos en el medio cinematográfico, su relación con el cine ha sido la historia de un constante desencuentro: proyectos fracasados («Dune», «The tourist», «Dead Star»), ideas mal utilizadas («Poltergeist 2», «Species») y problemas a la hora de figurar en los créditos («Alien 3»). Cuando Giger rememora estos frenéticos días de cine, únicamente guarda palabras de elogio para Ridley Scott. «Trabajar con él en `Alien' -dice- fue un placer: era muy receptivo y, a la vez, muy exigente, un auténtico profesional que inculcaba su entusiasmo al resto del equipo. Dominaba todas las facetas y aspectos que rodean a una película y eso se nota mucho en el resultado final». Cuando se le pregunta por la experiencia atípica que supuso «Alien, el octavo pasajero», el artista esboza una tímida sonrisa y responde. «Lo cierto es que nunca más se volvió a repetir una experiencia como aquella. Yo llegue a esa película por mediación de Alejandro Jodorowsky y Moebius, quien quedó impactado con las ilustraciones que hice para mi libro `Necronom V'. En aquellas ilustraciones ya estaban las bases y líneas del alienígena y Moebius, que participaba en la película diseñando los trajes de astronauta, se trasladó a París para hablar conmigo. Ridley Scott buscaba algo novedoso, no quería marcianos verdes. Quería algo aterrador, y cuando Moebius le enseñó `Necronom V', hizo que me llamaran de inmediato. Al principio, únicamente me iba a encargar del diseño del alien, pero después hice los de nave y los diversos episodios vitales que sufre la criatura hasta que alcanza su aspecto más reconocible. Es decir, diseñé los huevos y aquellas crías que se abrían paso a través del pecho de los astronautas».
Aquel trabajo inusual no pasó desapercibido y, además de serle concedido el Óscar al Mejor Diseño de Escenarios, le abrió las puertas de par en par al cine. A pesar de la brillante tarjeta de presentación que fue «Alien, el octavo pasajero», su relación con el mundo del cine ha sido más bien desafortunada. Su trabajo sólo aparece en tres películas, además de «Alien» y «Swissmade 2069», y de manera muy limitada. En «Poltergeist 2: el otro lado», realizó numerosos diseños de monstruos, muertos, vómitos y cavernas subterráneas, que fueron interpretados incorrectamente por el equipo de efectos, ya que Giger enviaba por fax sus dibujos y no podía supervisar personalmente la producción. En Japón participó en el diseño del monstruo Goho Doji para la película «Teito Monagari». El resultado artístico del filme fue pésimo y el propio creador recuerda de esta manera a su «criatura»: «Parecía actuar como un pollo espantado».
Años más tarde se repitió la experiencia cuando le fue encargado el diseño de la criatura extraterrestre de «Species», de Roger Donaldson, y criticó con dureza el mal empleo que se hizo de sus diseños. «La mayoría de las ideas -recuerda- y aportaciones fueron ignoradas. Utilizaron mi nombre como reclamo publicitario. Fue un desastre».
Curiosamente, y a excepción de la película de Scott, Giger sólo guarda muy buenos recuerdos de aquellos filmes que nunca vieron la luz y las animadas charlas que mantuvo con el chileno Alejandro Jodorowsky cuando este quiso trasladar a la gran pantalla la monumental «Dune», del escritor Frank Herbert. «Jodorowsky reunió un plantel creativo sin precedentes. Estábamos Chris Foss, Dan O´Bannon, Salvador Dalí, Orson Welles, Pink Floyd, Moebius y yo. Lo ambicioso que resultaba el proyecto provocó el rechazo de los inversores y cayó en el olvido. Más tarde, Ridley Scott quiso reflotarlo, pero resultó inútil. Finalmente se hizo la versión de David Lynch producida por Dino de Laurentis, pero esta nada tenía que ver con lo que teníamos en mente».
H. R. Giger promete que seguirá inventado mundos. Incluso parece animado ante un inminente proyecto cinematográfico. Por el momento, el padre de aquel terrorífico octavo pasajero que se coló en la nave Nostromo, se conforma con el pleno disfrute que le reporta saberse propietario de su propio museo en la localidad suizo-francesa de Gruyères.
Un paseo por el horror a no perderse
Como antesala de lo que será la inminente Semana de Cine de Terror, la sala kubo-kutxa y la galería Arteko de Donostia albergarán la que, hasta el momento, se ha considerado como la más completa exposición dedicada a H. R. Giger. Hasta el 6 de enero, los visitantes podrán dejarse llevar por la imaginación y cruzar los oscuros umbrales imaginados por este artista suizo. Cuadros de gran y pequeño formato, piezas originales de la cabeza de alien, diseños pictóricos de la célebre película de Ridley Scott y la proyección de varios documentales centrados en su obra, cohabitan en este imprescindible recorrido creativo de un artista atípico y poseedor de un talento innato para el horror.