Malvinas,
Memria de
la espera

Textos

CAJAS DE MEMORIA. Por Ángel Berlanga

Entre sus escasos elementos personales, algunos soldados conscriptos argentinos llevaron a las Islas Malvinas una cámara de fotos. El 2 de abril de 1982 la dictadura presidida por el general Galtieri recuperó las islas, ubicadas a 346 kilómetros de Tierra del Fuego.
La expectativa de una guerra con Gran Bretaña comenzó a latir desde entonces. Con la intención de registrar esos momentos de sus vidas, en la incertidumbre de una aventura quizás corta, quizás fatal, estos soldados retrataron a sus compañeros y fotografiaron pertrechos y paisajes, escenas de la vida cotidiana en sus posiciones de combate durante esos días helados. Ese territorio: fotos de entrecasa.
Imposible imaginar que esas imágenes se convertirían, años después, en documentos visuales extraordinarios de la Guerra de Malvinas. Muchos de los compañeros retratados morirían allí.
Ubicadas al este de la Patagonia, las Malvinas son un archipiélago de más de doscientas islas que forman parte de la plataforma continental. Estuvieron bajo gobierno argentino hasta 1833, cuando la corona británica expulsó a las autoridades locales y se adueñó de un territorio que, diez años después, proclamó como colonia. Durante casi un siglo y medio la Argentina reclamó constantemente por vía diplomática su soberanía. Hacia abril de 1982, cuando el general Galtieri dispuso el desembarco en las islas, la dictadura militar llevaba ya seis años al frente del período más siniestro de la historia argentina, con miles de asesinatos y desaparecidos. Las Fuerzas Armadas
involucraron en la guerra a miles de jóvenes de 19 y 20 años, civiles reclutados a lo largo y a lo ancho del país para el servicio militar obligatorio que, en este contexto, fueron conducidos al amasijo.
En la Guerra de Malvinas combatieron 23.544 argentinos; unos 12.000 eran conscriptos. Con hambre y frío, armamento obsoleto y escasa planificación, combatieron como pudieron. Durante los 73 días que duró el conflicto murieron 255 combatientes ingleses y 649 argentinos; entre estos últimos, 296 eran colimbas, como se llamaba popularmente a los jóvenes reclutas civiles. Para gran parte de los soldados sobrevivientes fue muy difícil después reinsertarse en una sociedad que inicialmente les dio la espalda, que no les reconoció su coraje y su tragedia. Tras sus días en Malvinas, se estima que unos 500 soldados se suicidaron.
Hay una historia detrás de cada cámara fotográfica en manos de aquellos muchachos, detrás de las circunstancias en que fueron tomadas sus imágenes. Algunos rollos de negativos volvieron al continente entre las ropas de los heridos en combate; otros consiguieron
eludir las requisas inglesas luego del cese del fuego. Todos hicieron lo imposible para traer consigo esas “cajas de memorias”, los registros de esas semanas en las islas. Durante más de treinta años cada excombatiente atesoró esas fotografías como recuerdos personales. Fueron parte de su intimidad, materiales guardados de aquella experiencia que conservaron, que compartieron muy cada tanto con sus propios allegados. En esas fotos vemos lo que sus ojos miraron. Fotos que nos dicen: Sí, yo estuve ahí.
Y es tanto lo que hay detrás de esa afirmación y de estas fotos. En los últimos años, muy de a poco, esas imágenes empezaron a abrirse camino, a circular, a alumbrar detalles, a narrar sus historias. Un par de conscriptos primero, varios otros después, compartieron sus fotos de esos días en Malvinas para exhibirlas en galerías, escuelas, universidades. Son documentos invalorables que han sido catalogados y archivados para su preservación y divulgación; y son la parte que se ha visibilizado, porque todavía quedan muchas fotografías
atesoradas, dispersas por el país, que esperan su destino de salir a la luz.

*Periodista y docente.

MALVINAS, MEMORIA DE LA ESPERA. Por Daniel Riera*

Hay muchas maneras de mirar estas fotos. Cada uno elige la que mejor le parece. La guerra de Malvinas duró dos meses y medio, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, y terminó con una victoria inglesa, 649 soldados argentinos muertos, y otros cientos (no hay estadísticas fehacientes que precisen la cantidad) que con el tiempo se fueron suicidando. Las posiciones sobre el conflicto varían entre los propios excombatientes. Algunos lo consideran el último zarpazo de la dictadura para perpetuarse en el poder, otros le aplican calificativos como “gesta” y otros por el estilo. Todos están convencidos de la justicia de la causa: no todos lo están de la oportunidad del conflicto bélico.

Los soldados que fueron a Malvinas habían cumplido o estaban cumpliendo el servicio militar obligatorio. En algún momento de la historia argentina el servicio militar fue obligatorio, aunque no todos los jóvenes cumplían con él: sólo aquellos que salían sorteados por la lotería nacional para hacerlo. Una lotería decidía si les dedicaban un año de sus vidas a las Fuerzas Armadas. Una lotería decidió que fueran a la guerra.

En estas fotos se ven pibes. Si consideramos que los soldados que combatieron correspondían a las clases 61, 62 y 63, tenían entre 18 y 21 años al momento de la guerra. El primer libro que recogió las experiencias de los ex combatientes de Malvinas fue “Los chicos de la guerra”, de Daniel Kon, sobre el cual luego se filmó la película del mismo nombre. Algunos excombatientes se manifestaron ofendidos luego por esa denominación, como si les estuvieran faltando el respeto o negándoles aptitudes y compromiso. No parece haber sido esa la intención. En estas fotos se ven pibes que luego envejecieron de golpe, pibes que luego pelearon de la mejor manera posible por su país y/o por sus vidas y/o por las de sus compañeros, y/o por las tres cosas, y/o por alguna motivación personal que jamás conoceremos. En estas fotos se ven pibes que, en todo caso, no eligieron estar allí.

En estas fotos se ven pibes con sus carpitas, con sus palas, con sus fusiles, con sus mates. Muchos de ellos sonríen. Todavía no empezó la guerra. Todavía no se sabe si será posible evitarla. En estas fotos se ve la guerra antes de la guerra.

En estas fotos se ven pibes de buen ánimo, esperando un momento que llegará y que, cuando llegue, será durísimo: el combate contra el imperio británico, contra soldados profesionales, mayores en edad, con mejor armamento, mejor capacitados para la guerra y guiados por mejores estrategas.

En estas fotos se intuyen las dificultades que el propio territorio a ser recuperado presentará a los combatientes. En estas fotos se sienten el viento y el frío.

¿Cuántos de estos pibes murieron en combate? ¿Cuántos de estos pibes recibieron heridas? ¿Cuántos de estos pibes se quitaron la vida luego? ¿Cuántos vieron morir a sus compañeros? ¿Cuántos fueron humillados o estaqueados por sus superiores?

Después de la guerra de Malvinas, buena parte de la sociedad civil reclamó el fin del servicio militar obligatorio, también conocido como “colimba”, sigla que significaba “corre”, “limpia” y “barre”. Raúl Alfonsín lo incluyó en el listado de las 100 promesas de su campaña electoral. Fue una de las promesas que no cumplió.

Por aquellos años las Fuerzas Armadas adoptaron una costumbre nunca oficializada en ningún libro: el “forreo” a los jóvenes que se salvaban por número bajo. La excepción al SMO debía constar en el Documento Nacional de Identidad con la firma de una autoridad militar, para que hubiera una constancia legal de que el “salvado” no era un desertor. La pequeña venganza consistía en no firmar la excepción sino a la sexta o séptima visita, al cabo de varios meses.

El servicio militar obligatorio se terminó recién en 1994, bajo la presidencia de Carlos Saúl Menem, tras la muerte del soldado Omar Carrasco. Lo mataron a golpes. Por el crimen fueron condenados un subteniente y dos soldados. La baja jerarquía militar de los condenados hasta hoy despierta sospechas respecto de quiénes pudieron haber zafado. Carrasco fue el último colimba. Al estado argentino no le habían bastado los muertos de Malvinas.

Una de las fotos registra el hundimiento del Crucero General Belgrano, que determinó la muerte de 323 soldados, casi la mitad de los muertos argentinos durante la guerra. Es insoportable pensar que en ese momento preciso están muriendo 323 personas. En esa foto no se ven pibes, pero están, y 323 de ellos están muriendo.

En otra de las fotos está el soldado Miguel Galloto, desnudo, desnutrido. Valga este documento espeluznante tomado por el doctor Oscar Rojas para entender que los soldados argentinos no sólo se enfrentaron a las tropas británicas.

Hay muchas maneras de mirar estas fotos. Cada uno elige la que mejor le parece. Hay muchas maneras de mirar estas fotos pero ninguna de ellas excluye el respeto, el agradecimiento, el dolor por los que ya no están.

*Escritor y periodista.

MALVINAS. SÍ, YO ESTUVE AHÍ . Por Silvia Pérez Fernández*

I
A 40 años de la Guerra de Malvinas, las fotografías que componen esta muestra permiten pensarla y pensarnos. Durante mucho tiempo, conocimos de forma muy parcial lo ocurrido a lo largo de los setenta días que duró el conflicto armado; el amplio espectro de los hechos fue distorsionado con alevosía por quienes apostaron a una salida airosa del régimen del terror y la desaparición. Las pocas imágenes fotográficas a las que accedimos entonces –y durante mucho tiempo– a través de la prensa, brindaban una información demasiado sesgada puesto que habían sorteado la doble censura que la dictadura local y el enemigo victorioso impusieron a los medios de comunicación. A la construcción de una narrativa y una visualidad interesadas que supone todo enfrentamiento bélico, se sumó el cínico ocultamiento gestado desde la impunidad del poder militar. La épica mentirosa de la dictadura comenzó a desmoronarse tras la derrota pero, la misma sociedad que osciló entre el apoyo y el rechazo a la guerra, fue mayoritariamente indiferente ante los excombatientes. Poco y nada supimos de sus vidas en los meses y años posteriores, aun cuando la inmensa mayoría del pueblo argentino exudaba antimilitarismo y pedía juicio y castigo. Durante casi 16 años los jóvenes, apenas adolescentes, que volvieron con vida del horror guardaron sus recuerdos, dolores y angustias en medio de la soledad, la indiferencia y el desamparo. Un hiato se abría entre las memorias de los excombatientes y una memoria social en que primaron el olvido y la desafección. Sólo las acciones de las propias víctimas que habían entregado todo Malvinas es lo más importante de lo que yo hice posibilitó su consideración pública y la obtención de unos magros reconocimientos y derechos. La deuda de la dictadura primero y de la democracia después, llevaron a que la cantidad de muertos en combate fuera equiparada por la de suicidios la verdad es que vine un poco trastornado. De haber contado con un Estado que los asistiera y una sociedad que los abrazara, probablemente hubieran podido convivir un poco mejor con sus tormentos y fantasmas. Los compañeros, camaradas, hermanos –así se llaman entre sírecuerdan con precisión y dolor los nombres, apellidos y procedencia de los caídos, y llevan consigo sus imágenes. Habían ido juntos a la guerra, atravesados por un sentimiento que está tan supuesto como insuficientemente estudiado es lo que tenemos que poner en agenda: qué es Malvinas.

II
Las fotos que integran esta muestra aportan a esa reflexión. Son parte del archivo que en 2017 comenzaron a crear los reporteros gráficos Martín Felipe y Diego Sandstede, cuando procuraron encontrar fotografías que enriquecieran el repertorio acotado de las imágenes periodísticas. Recorrieron distintos puntos del país entrevistando a cada excombatiente abierto a compartir sus fotos y recuerdos. Lo hicieron con una consigna bien precisa: sólo querían recabar la mirada del colimba, el soldado que por estar cumpliendo o haber apenas finalizado el servicio militar obligatorio fue llevado a batallar nadie sabía ni entendía lo que podía ser una guerra. Este recorte es de fundamental relevancia, al quedar excluidos el punto de vista de la jerarquía y cualquier tipo de aproximación profesional. Asimismo, este conjunto de imágenes también expresa la continuidad de cierta práctica fotográfica que algunos mantenían en la vida de los cuarteles. Vemos en esta muestra la voluntad de registrar todo aquello portador de algún significado: helicópteros, buques, tanquetas, pero también fotos hechas en el interior o desde la ventanilla del avión que los llevaba a las Islas mi felicidad, mi alegría, mi sonrisa enorme creo que pasaba por esto, ir a una aventura. Retratos grupales en que, junto a las armas y la bandera, está la pose de equipo de fútbol. Retratos individuales con la iglesia como fondo o en posición de combate cuando recién llegamos teníamos tiempo de sacarnos fotos. Vistas de rocas, pasto y agua; de lluvia, frío y nieve; atardeceres estaba sacando las fotos del paisaje y una hora después sufrimos nuestro primer bombardeo. Momentos de ocio, disfrutando del sol en la cubierta. Los lugares cotidianos: pozos, carpas, galpones. Abrazos, puños en alto y humor en alguna producción. Los momentos compartidos: las comidas, los descansos todo esto es antes de la guerra. Otras tomas refieren concretamente a acciones militares: la captura y traslado de soldados ingleses, la recuperación de un combatiente argentino herido en el buque británico Canberra las sacó una doctora, nuestra traumatóloga, que pasaba todos los días a vernos. También está la fotografía que un médico sacó al soldado que al finalizar la guerra pesaba 38 kilos. Y las hechas durante el rescate de las balsas tras el hundimiento del Crucero General Belgrano salvarnos 770: es una tragedia exitosa… vaya paradoja. Unos pocos pudieron lograr imágenes de cuando sus familiares los recibieron al regresar. Es que la cámara fotográfica fue un objeto anhelado al momento de ir a Malvinas. Si no la había propia, fue pedida a un familiar ¿no es cierto, tía? O mandada a buscar durante la guerra. A tal punto estaban ante un acontecimiento histórico, que antes de embarcar y como despidiéndose del continente, dos combatientes juntaron su dinero compramos juntos la cámara. A una de las pocas mujeres que estuvieron, su padre le encomendó que fotografiara todo, así después podía ver todo lo que ella había vivido. Las familias también hicieron llegar cámaras y rollos en las encomiendas. A pesar de que Malvinas cambió desde el 1 de mayo, los soldados continuaron con sus registros durante los mismos combates y hasta el último día.

III
Estas fotografías nos afectan muy directamente porque reconocemos en ellas atributos propios del álbum familiar. Nos topamos con horizontes torcidos, cascos que asoman diminutos en la inmensidad del paisaje, el dato apuntado con birome en el reverso, motivos fuera de foco, cabezas cortadas, cielos desproporcionadamente grandes, esmeros por un cuidado estético, la sombra proyectada del fotógrafo, encuadres ortodoxos y heterodoxos, tomas subexpuestas, flashazos impiadosos, unas pocas Polaroids. De inmediato distinguimos ciertas peculiaridades físicas: esquinas redondeadas, ángulos oscuros, dominantes de todos los colores, formatos cuadrados y rectangular tradicionales, copias en tamaños “normales” y mal procesadas. También están allí el clásico cuernito, el registro de alguna travesura, un cigarrillo entre secreto y distendido, junto a rarezas indescifrables. Como en el álbum familiar, una foto quizás te llena de todo un día de recuerdos; hay historias de separaciones él se iba al Chaco y yo me iba para Santa Fe, así que en Río Grande hicimos las copias; tenemos que tener las fotos en las manos, no necesito papel, pero sí necesito ese papel porque es donde los recuerdos que por ahí son muy livianos se vuelven a tornar realidad; algunas imágenes pesan demasiado, en uno de esos enojos me acuerdo de haber tirado todo lo que tenía que ver con Malvinas y, por último, están los muertos. También, como en el álbum familiar, estas fotos son representaciones de una estética tan popular como las cámaras con que fueron tomadas. Estas fotografías fundan una intimidad pública que se sitúa en las antípodas de las imágenes que nos informaron sobre Malvinas.Es que estas fotos son también sobrevivientes. Los rollos expuestos fueron sacados de las Islas de forma clandestina eludiendo ambos ejércitos: dentro de la ropa interior, entre las vendas de los heridos, a través de quienes viajaban al continente, escondidos en recovecos del uniforme. Esa trama resistente y solidaria se extendió después de reveladas me pedían y compartimos, yo me quedé con estas en que estoy solo.

IV
Se entiende entonces el valor que tiene para el excombatiente conservar y obsequiar cada una de estas fotografías. Igual que el prolongado silencio del regreso, la mayoría de estas imágenes estuvieron guardadas. Cada momento está cargado de una trascendencia singular: el inicial, en que se tomaron; el de los periplos para eludir las requisas; el primer reparto; un periodo de olvido voluntario o involuntario; finalmente, la posibilidad de otorgarles una significación pasan a ser parte y fundamental de la vida para poder sobrellevar un montón de cosas. Un recorrido que cada cual transitó como pudo fue en algún año posterior que las acomodé y las guardé, y que a algunos hoy les resulta difícil reconstruir me parece recordar que las tenía en un álbum, no tengo idea (de) cómo fue el transcurso de esas fotos. Hay quien envolvió los álbumes en la bandera argentina. El armado de este archivo llevó a alguno, inclusive, a permitirse hablar de Malvinas por primera vez en 40 años porque antes todos estos años no podía. Las fotos posibilitando la palabra. El amor de la foto, dice la mamá que perdió a su hijo. Malvinas puede ser pensada desde muchos puntos de vista y atendiendo a otras tantas dimensiones de análisis, en que los contextos históricos no son neutrales porque permiten lecturas renovadas y la propia emergencia de temas antes soslayados. La lucha feminista posibilitó la voz a las instrumentadoras en el hospital pasaron 29 años para poder contar nuestra historia que habían sido destratadas indiferencia agresiva por ser mujeres. Del mismo modo, la autorreflexión de los reporteros sobre la fotografía de prensa producida en Malvinas derivó en la recuperación de las hechas por los excombatientes. Ello habilita a todxs, hoy, acceder a zonas profundas de su subjetividad a veces me identifico y a veces no me identifico en esas situaciones después de tantos años. La potencia política de este archivo reside allí, al emerger como antagonista sensible a la fotografía de medios y gobiernos, preservando la exposición diáfana de los sentimientos y valores de quienes estuvieron ajenos a las disputas en el terreno de la imagen. Estos testimonios fotográficos brindan a la sociedad nuevas herramientas para involucrarse con Malvinas. Son expresión de una politicidad otra, en tanto registros de un acontecimiento colectivo construido a partir de las marcas individuales el hecho que cortó mi vida en dos partes. Y porque para quienes las atesoran, estas fotografías llevan adheridas otras evocaciones sentir el aroma de la humedad, de la turba, es un olor particular que tiene Malvinas. Los excombatientes las tomaron y las conservan sin cobrar noción suficiente de que esto podía servir para la historia. En medio del vértigo y fugacidad con que actualmente circulan las imágenes fotográficas, para ellos la fotografía hasta te valida, es decir “sí, yo estuve ahí”.

*Socióloga, fotógrafa y docente.